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El fin del Almirante Weldergreen


Terror y Suspense

18-10-2007 14:32
Por: Oicífide

¿De dónde puede surgir nuestro peor enemigo?


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Me cuesta entenderlo. No soy capaz de encontrar una razón para que siga ahí, en mis propias narices, otra vez más. Es inútil que le hable, que le provoque con insultos. No sirve de nada que le bombardee con infinitas interrogaciones, y es que él no me responde. No muestra otro estímulo ante mis gestos ni mis voces que el de sonreír burlón. Con esa expresión fría, insolente, desabrigada de todo calor humano.

Es una persona extraña, un hombre que refleja la maldad que bulle en su mente. Es tan diferente a mí… con su aspecto descuidado, la dañina fijación que mantienen en mí las oscuras cuencas de sus ojos… que me regocijo. Me siento reconfortado comprobando lo alejado que me hallo de que mi aspecto cause tanta desconfianza como la que él me produce.

Al principio le tomé por un burdo imitador, un idólatra que me seguía a todas partes. ¡Madre mía! Hasta gozaba de su aduladora presencia aquellos días.

Lo veía desde el butacón, en el salón de lectura, espiándome. Bajaba a la plaza y allí estaba él, asomando su rostro desde cualquier resquicio. Vigilándome mientras jugaba al billar en el club marítimo. Hasta me pareció verlo un día, mientras paseaba con mi amada, en los muelles, poco antes de que ella me dejase.

Sé que quizá vosotros hubieseis actuado de otra forma ante tal persecución. Pero yo no era capaz de enfrentarme, ni siquiera de intentar despistarle por las calles. No soy una persona valiente; mi coraje me ha limitado toda la vida de manera incesante. A causa de mi personalidad ciertamente timorata, y a pesar de que le daba importancia al hecho de que un desconocido se pegase a mí como un sabueso, no actué. Preferí esperar, y me mantuve alerta.

Aunque debí, al menos, comentarle el tema a uno de mis camaradas, tampoco quise implicarlos. Y ahora me arrepiento de no haber intentado encarar el problema.

Lo encajé con la desidia e impotencia que se encaja el puñetazo de un contrincante al que te sabes muy inferior. Había entrado en la segunda fase, en la que comencé a percibir con certeza que aquel tipejo no era un admirador… nada de eso.

Agotado por la plomiza presencia que no me dejaba ni al sol, ni a la luz de la luna, yo conjeturaba, intentando formarme una vaga idea de cuál era su origen, de dónde se ubicaba su vivienda, de quiénes podrían ser sus más allegados, de por qué se podía permitir vivir sin ocuparse en un empleo, y, cómo no, qué era lo que le atraía de mi persona.

Su cara, de la que primeramente supuse que estaba embriagada por la viveza y la duda, se convirtió entonces en un áspero retrato de sombría estampa.

La ironía que reflejaba su mueca bucal escondía una hostilidad que se completaba con el rictus facial, invariable.

No sólo había mutado su faz. No era el esperpéntico y desequilibrado gesto con que me escrutaba, la única permuta que descubrí en él. Ahora, aquel despreciable ente se atrevía a seguirme hasta las escalinatas de mi morada. Cruzaba el pórtico, saltándose las verjas circundantes de la finca. Entonces, lo veía allí apostado, bajo los chopos, apoyado en las cristaleras del cenador, observando cómo regresaba a mi refugio.

Temí que los criados se percatasen de su intrusión en los terrenos de la familia, rezando para no verme obligado dar explicaciones, con muchas menos ganas de tener que mandar a los guardias para que interviniesen. Mi última pretensión era aproximarme a él.

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Ahora la inquietud que me atenazaba, era puro pavor. Esta vez se había pasado. El muy canalla, atrevido como una raposa, no dudaba en entrar en mi propia casa para continuar con su acoso. Le puede ver desde muy cerca, justo como lo veo ahora. Con las cejas abultadas, el cráneo abombado, los pequeños y escondidos ojos, la nariz fina con cierta altura, ese bigote cuidadosamente recortado sobre los labios, finos y pardos.
Desde aquella escasa distancia me escrutaría durante semanas. En el baño, en los estrechos corredores, por las aceras de la avenida, en mi propio despacho, en la calidez de mi dormitorio.

Y yo, tonto de mí, presa del pánico, seguía sin levantar una mano, sin avisar a los que me rodeaban. Que parecían ignorar, o quizás evitaban mentar, como yo, su existencia.

Ese hombre era un psicópata, satisfecho de hacerme la vida cuesta arriba, dispuesto a mantenerse firme. Cualquiera preferiría pasarle por alto, viendo su intimidatorio frente facial.

Su apariencia no era otra que la de un demente, un maníaco que me había tomado por su víctima. Caprichoso, cada día más audaz, instalado en mi mansión como cualquier otro de mis sirvientes. Y quizás mi padre lo había contratado, puede que, para nadie más que para mí, resultase improcedente su permanencia en mis dominios. Tal era mi temor hacia aquel ser, que no logré acumular fuerza de voluntad para plantear mi duda a mi progenitor.

¿Por qué seguí consintiendo su indecente hábito de perseguirme? ¿Cómo no agarré el toro por los cuernos antes de que llevase a cabo sus demoníacos planes? Sólo esos recuerdos son capaces de provocarme tiritera.

Si no fuera porque ahora me hallo a centímetros de esta abominación, y estoy petrificado, claro que temblaría.

No hace ni unos minutos que gasté todo mi valor, la poca entereza que reservaba para imprevistos (como este mismo) en dirigirme a la lóbrega cara de mi acosador.
En estos instantes pongo en orden mis pensamientos, y se agolpan en mi cabeza datos que había dado por inútiles. En estos momentos de estatismo puedo comprobar, gracias a mi memoria, que su faz empezó a aparecérseme después de mi discusión con el Capitán Stuart. Aquel día llegué, incluso, a desmayarme por la excitación. Lo sé porque mis correligionarios me lo hicieron saber al día siguiente.

Veo diáfanas las siguientes disputas que terminaron por causarme la degradación marcial. Él había estado allí, y yo lo había borrado de mi consciencia.

Le maldigo. Sí, como me oís, digo lo que siento. Ya no tengo tanto miedo, pues me invade la ira… de nuevo.

Él es el culpable. Mi caída es su objetivo. Para ello ha usado todo su tiempo. Para hundirme en la locura ha permanecido a mi lado. Él era quien me provocaba, el mismo que me susurraba con su desalmado hálito, impulsándome a pecar, a dañar a los que me rodean.

Él obtenía placer, mientras mis pies se iban metiendo más y más en el lodo de mi culpabilidad.

No me hubiesen expulsado de la comandancia si no hubiese seguido sus consejos sibilinos. ¿Cómo había podido olvidar sus presiones, sus comentarios? ¿Cómo podía haberlo hecho pasar a un segundo plano, convirtiéndolo en un mero espectador de mis actos?

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Y lo peor es saber que mis propias manos, y no las suyas, estas blancas palmas, y no las de él, son las autoras de un crimen. Son las manos asesinas, las manos que se aferraron al cuello de cisne de mi prometida, hasta dejarlo tumefacto.

No él, yo mismo...

Sólo hay una manera de terminar con él. De evitar que finalice con su maquiavélico objetivo. Sólo existe una forma de impedir que suplante mi identidad para siempre. Una única manera de librar al mundo de un terrorífico habitante.

Brilla el ligeramente curvado sable en el bastidor de ébano. La solución es fácil… aunque tengo tanto miedo... Mis pies ya no caminan hacia la espada, no se atreven a realizar una ejecución necesaria, vital…

Me siento fluir, noto cómo me diluyo en la pasta oscura, violácea, la que materializa su alma. El tipo del espejo me hecha un último vistazo, con una carcajada histriónica de depredador.

***

¡Por todos los santos! Ha costado. Me ha costado mucho deshacerme de él. De verdad, no me miréis atónitos. Día tras día soportándolo, semana tras semana, viéndolo reflejado en los espejos, en los cristales de las tiendas, en los charcos de las aceras. Ahora sé que sufrir aguantándole ha merecido este premio. Ya no estoy atrapado en su carcasa de carne. Yo soy quien moverá los ojos, y los labios, las piernas, y las manos… pero con total libertad.

Delante de mi cara, están mis cejas prietas, y mi frente elevada encima de mis ojillos bribones, mi cuidadosamente cepillado bigote, y bajo él, mis elegantes labios. Por fin, acompañando a mi nariz delgada de aristócrata.

Lo único que nunca dejaré de preguntarme es ¿por qué he tardado tanto tiempo en acabar con un ser tan débil?

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Sensación de déjà vu
18-10-2007 14:35
El texto está bien llevado, pero es una historia que suena tanto que no ha conseguido engancharme. El giro final es más original, pero suena demasiado a temas conocidos. Trastorno bipolar, Jeckyll, Hyde...

   RE: Sensación de déjà vu
07-11-2007 13:34
Si, teneis toda la razón, el parecido con los relatos de poe y stevenson no es pura casualidad.

De hecho sólo buscaba una perspectiva distinta, y una manera de afrontar esa perspectiva más visceral y directa que en esos casos.

Como siempre, se agradece grandemente vuestros comentarios.

   Clásico
18-10-2007 17:55
Opino con Akhul que el relato resulta un poco clásico en su concepción, e incluso un poco confuso en su forma (tal vez porque no acaba de atrapar al lector).

Sin embargo creo que es un buen texto, que apunta buenas maneras. Busca un estilo más propio, una historia más intensa y original.



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