El camino del asesino (1/3) |
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18-10-2007 14:01
Por: ladyagatha
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La casa Rozenburg, líder del Reino de Falborzz, ha decidido acabar de una vez por todas con la amenaza de un posible ataque orco. Fraus, comandante de la milicia, se encargará del ataque a su campamento. Pero desconoce que un asesino del sur ha sido contratado para evitar que tenga éxito.
El caballo piafaba nervioso y arañaba el suelo con las pezuñas levantando puñados de tierra y hierba que crecía entre las piedras. Su jinete estaba pendiente de lo que había al otro lado del terreno. Entrecerró los ojos intentando ver más allá de lo que la estrecha visera de su casco le permitía para estudiar de manera más exacta la situación de cada enemigo. Su caballo volvió a corcovear y la joven tiró de las riendas, infundiendo valor en su montura.
-Señora, esperamos sus órdenes -murmuró un caballero a su lado. La dama estaba tan absorta en la contemplación del campamento enemigo que se había olvidado de dónde se encontraba y cuál era la posición que ocupaba.
Fraus se quitó el casco para hablar con sus hombres. Sus cabellos dorados caían en una cascada de bucles y rizos perfectos, enmarcando un rostro redondo de piel nívea; ahora sin embargo lo llevaba sujeto en la nuca para evitar que le molestase durante la pelea. Su barbilla era pequeña, sus labios carnosos sin llegar a ser exagerados y sus ojos, pequeños y almendrados, tenían un color verde, similar al color del mar cuando amanece. Ni siquiera la cicatriz que marcaba su rostro, desde el pómulo izquierdo a la mandíbula atravesando la mejilla, lograban afear sus delicadas facciones, algo endurecidas por la experiencia.
Aunque la mujer era joven -algunos afirmaban que no había llegado a cumplir las dieciocho primaveras- había participado en gran cantidad de batallas. Era famosa por su estricta manera de acatar las órdenes, pero también lo era por la cantidad de veces que había desoído las mismas. Las ocasiones en las que había actuado ignorando las órdenes que se le habían dado, su tropa se salvó de una muerte segura. Con nuevas órdenes, había elegido un grupo de caballeros para atacar un campamento enemigo. El mando de la hueste, de la situación y de la misión era suyo. Y también la responsabilidad de lo que ocurriera. Eso era lo que más preocupaba a Fraus. Eso, y las posibles bajas que sufrieran en las próximas horas.
Intentó no pensar en ello cuando alzó la mirada para abarcar a todos los hombres que la acompañaban. Paseó la mirada por todos ellos, infundiéndoles valor con su expresión de serena seguridad. Algunos guerreros eran más jóvenes que ella y otros le doblaban la edad. Muchos la conocían desde que habían entrado en el ejército y habían participado en las mismas batallas que ella, bajo su mando. Estos hombres se encontraban seguros si ella los comandaba.
El caballero que estaba al lado de la dama, el mismo que le había llamado la atención hacía unos minutos, un hombre de rostro barbado y cabello cano, controló que su caballo permaneciera en el sitio, rió con ganas y miró a la mujer.
-Se diría que no estás segura en el puesto que ostentas, señora -murmuró Ignatius en tono mordaz, aunque Fraus sabía que sólo lo simulaba. Él casi le triplicaba la edad y estaba más curtido en batallas que ella, por eso era el hombre de mayor confianza de la joven.
-No pienso ofrecértelo, si es lo que insinúas -sugirió ella compartiendo las risas, a las que se sumaron las de todos sus hombres. Al instante siguiente, la joven dejó de reír y colocó el casco sobre la silla, apoyando sendas manos sobre el penacho que lo adornaba. Se inclinó hacia delante con una seria expresión, pero sin perder una deslumbrante sonrisa-. Dentro de dos semanas estaré visitando a mi querida hermana en la mansión de los Rozenburg, en ese palacio tan lustroso y hermoso rodeado de tierras verdes bañadas por las orillas del lago Izabal. Imaginad dónde querréis estar vosotros, y puede que se haga realidad. No debemos permitir que esos seres de ahí lleguen siquiera a pisar la misma tierra que nosotros pisamos. Si os veis caminando solos, en medio de verdes campos bañados por el sol, la hierba fresca creciendo alta entre vuestros pies descalzos, ¡no temáis! Estaréis en el Paraíso, y ya estaréis muertos -gritó alborozada la mujer, recibiendo las risas de todos los guerreros de la hueste-. ¡Mis guerreros! Lo que hacemos en esta vida tiene su recompensa en la eternidad. ¡Si estáis listos, prestad vuestras espadas y vuestra fuerza por la noble causa del Reino! -los hombres respondieron desenvainando sus armas al unísono, gritando satisfechos ante la efusividad de su comandante.
Fraus se colocó el casco y giró la montura en dirección al campamento enemigo, demasiado lejos para oír el griterío de los caballeros. La destartalada disposición de las tiendas y hogueras, distribuidas sin ningún orden ni concierto, era signo de la escasa disciplina que tenían los enemigos a los que se iban a enfrentar; no resultaría una batalla muy complicada. La dama tragó saliva, apuntó con la espada al frente y su hueste se colocó en posición perfecta y cuadrada para marchar detrás de ella. Mientras avanzaban por el valle, aceleraron el paso de las monturas.
-¡Por el Rey y por el Reino! -gritó en plena carga cuando alcanzó a ver en la lejanía al primer enemigo, un orco que montaba guardia medio dormido sobre su lanza.
Gaski entró en su tienda claramente malhumorado. Aunque realmente era difícil diferenciarlo de su estado normal, aquella vez su fastidio era incluso tangible. Llevaba semanas planeando un ataque al reino vecino de Falborz, habiendo conseguido establecer una poderosa base al este de la capital con sus mejores hombres. El jefe orco había conseguido incluso unir a dos de las tribus más peligrosas del continente a sus filas, pero ahora ambos caudillos habían decidido dejar de lado la contienda, alegando que carecía de interés para ellos un simple asentamiento humano.
El orco giró tres veces sobre sí mismo y colocó el puño cerrado delante de él, mirándolo detenidamente, un ademán que indicaba que su estado de humor era demasiado susceptible para tratar de hablar con él. Respiró varias veces por la nariz, enfurecido e intentando calmar su brutal temperamento, pues podría hacer marchar a sus guerreros contra las huestes de los dos caudillos y hundirlos en el fango de aquel valle infesto de barro y hierba mojada. Llevaba lloviendo varios días y hacía unas horas que había parado; gracias a eso sus hombres se calmaron, por que llevaban días sin encender fuegos y tenían frío. Cosa que volvió a enfurecer a Gaski, y el puñetazo fue para una banqueta que acabó hecha trizas.
-Espero que no se trate de Tadzin o Brzerck esta vez -comentó una voz a uno de los lados de la enorme tienda del soberano orco; parecía divertida con la situación, incluso.
-Caín... -comenzó Gaski, pero el humano alzó una mano, gesto que acalló al caudillo.
Estaba sentado en la zona más oscura de la tienda, con ambos pies cruzados encima la mesa, una mano en el regazo y la otra apoyada en brazo del trono de Gaski, arrellanado cómodamente. El orco dejaba pasar esta actitud tan prepotente por parte del hombre y sacudió la cabeza, asumiendo, aunque no lo quisiera, que su interlocutor no mataría a los dos caudillos orcos que tanto lo irritaban.
-Aumenta tu parte del trato -sugirió.
-Ya lo he hecho -rezongó Gaski.
-No habrás sido lo suficientemente persuasivo entonces -comentó el humano despreocupadamente.
El orco se plantó frente a él en dos zancadas intentando que su altura, claramente superior, pudiese intimidarlo; pero éste no se alteró en absoluto. Dejó caer la mano suavemente en el pomo de la daga que le pendía de la cadera izquierda y sonrió, apoyando el rostro sobre el puño derecho que tenía en el brazo del trono. Gaski retrocedió un paso, furioso, impotente, y vencido. Ni siquiera podía estar tranquilo en su tienda con la presencia amenazadora del asesino que tan nervioso lo ponía.
El humano se levantó en un solo movimiento, tan rápido y fluido que en una fracción de segundo estaba frente a Gaski. Debía haber cumplido las treinta primaveras, pero su aspecto aún era joven, de no ser por esos ojos grises que no dejaban traslucir ninguna muestra de pasión o sentimiento. Era alto, aunque más pequeño que el enorme orco; sus músculos endurecidos y su figura resistente como un muro, a pesar de su delgadez. Tenía el pelo negro y no muy corto, con algunos mechones ondulados sobre los hombros. Una barba de varios días ensombrecía sus mejillas, pero parecía calculada; quizás no desaparecería, pero tampoco crecería. Un hombre como él no parecía ni por asomo lo que se dice alguien descuidado. Su piel tenía un atisbo de bronceado, sin duda por la dureza del sol del desierto que llevaba años soportando y que le conferían un aspecto más amenazador si eso era posible. La sola presencia de aquel hombre transpiraba fuerza y una evidente confianza en sí mismo. La seguridad de quien sabe que lo tiene todo ganado y que nada está fuera de sus posibilidades. No era la confianza de alguien temerario; era la confianza de alguien que había sobrevivido a todos y cada uno de los enfrentamientos en los que se había visto involucrado. Alguien con menos entereza que Gaski habría rechazado una audiencia con ese personaje.
Llevaba una capa parda muy oscura colgada de los hombros, con la capucha echada sobre la espalda. De su cinturón colgaban dos armas: en la cadera derecha una espada larga y en la izquierda, una daga con vaina roja a juego con el mango de hueso. Ceñía una armadura de cuero flexible pero tan resistente como el acero, que le hacía ganar en agilidad, confiriéndole más libertad de movimientos. Unos movimientos tan estudiados, que parecían casuales, naturales. Ese hombre no caminaba: se deslizaba. No hacía ruido al andar, y todo a su paso se silenciaba, como sugestionado por algún conjuro. Solamente cuando se alejaba todo volvía a estar tranquilo.
Miró a Gaski y pasó por su lado para salir de la tienda sin decir nada más. El rey, que había estado aguantando la respiración, pudo expulsar el aire y relajar todos sus músculos.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Fecha: |
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muy bueno |
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02-06-2008 20:17 |
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me ha gustado mucho esta muy bien
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10 |
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26-10-2007 23:36 |
Muy bueno, se me a hecho un poquito denso (muy poco), pero quizas es por el semi-resfriado que tengo  . Pues eso, que espero el proximo, este me ha encantado. Felicidades por el relato.
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El camino del asesino |
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18-10-2007 16:46 |
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El personaje de este relato me recuerda a uno de los reinos olvidados.
Artemis entrery, ojos grises, pelo negro, barba de unos pocos dias, solitario, y una espada y una daga de armas
Me gusta tu relato. Eres buena para escribir novela fantastica. Animate y escribe algun libro
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