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Relato titulado Los pelícanos
El sol era crepuscular y de un rojo tan ensangrentado que pareciera un corazón latiendo, y los pelícanos, cómo todos los días, y tal vez a la misma hora, sobrevolaron el cielo. Viéndolos tan blancos sobre una atmósfera tan rojiza dibujaban un bonito pañuelo rojo de lunares blancos.
Abatieron las alas y en sus ojos de pelícano contemplaron pequeños surcos en la superficie del mar, que nacían y a la misma vez se desvanecían, dejando una vez desaparecieron la tranquilidad absoluta. Lanzáronse contra el mar cual torpedos fatales para no encontrar nada, unos tras otros, y mientras los mismos pelícanos apesadumbrados se elevaban nuevamente para batirse en duelo con los océanos estériles los otros se retiraban. Era aquel océano un cerón de infinitos víveres, y ahora, como nunca había pasado, éste le negaba sus alimentos. Después, resentidos, volvían a las playas para descansar porque un esfuerzo de esta proporción sin alimentarse era como media vida y para sus crías era la vida entera después del tercer día sin comer.
Su memoria de pelicano es tan escasa que tan sólo recuerdan el día anterior, pues no se preocupan y ni siquiera cuestionan el por qué de esta hambruna. Viven, como se suele decir, al día, al igual que el ermitaño que algunas mañanas los esperaba en la playa después de que se hubieran abatido contra el mar y, agarrándolos por el cuello, metía la mano en el buche y llegaba hasta las entrañas para robarles los peces que tanto trabajo les había costado pescar, y al día siguiente bajaba con su hijo y su cometa y andaba entre los pelícanos, y éstos, que son unos buenazos, jugaban con ellos sin inquina ninguna, pues su escasa memoria no les dejaba retener odios ni tampoco afectos y sólo el mar verde era testigo.
No había un verde esmeralda en el universo como el de estas playas. Esto mismo le pareció al ermitaño, único habitante en el invierno de este virgen rincón, y abogado de talante indolente que ante todos presumía de haber tenido el valor para dejar su trabajo en la ruidosa ciudad e instalarse aquí pescando con sus propias manos, cuidando la naturaleza y supervisando la educación de su niñito, según él con unos valores allá perdidos en los estercoleros de alguna ciudad que otra. El hijo se llamaba Germán en honor a él mismo y lo admiraba tanto que lo mimetizaba hasta en la forma de guiñar el ojo. Su madre murió en un accidente de coche y desde ese momento su padre, ferviente defensor también de no contaminar, le obligó a ir andando a todos sitios, o en su defecto a montarse en tranvías eléctricos. El día que German hijo le pidió una bicicleta faltó poco para producirse una tragedia: su padre le advirtió de los peligros que conllevaba circular por las vías llenas de conductores desaprensivos y poco tiempo tardó en que el niño se concienciara de que ir en bicicleta era un suicidio consumado, y su padre, muy hábil para solucionar cualquier problemática, le compró una bicicleta estática para no frustrar al niño y todas las noches el pedaleo sustituyó a la lectura convirtiéndose en su mayor afición y obsesión hasta que enfermó.
Hubo una época de enfermedades en este lugar paradisíaco. German hijo enfermó al igual que el padre. Tuvieron diarreas varias y en ningún momento quisieron traicionar sus principios, y sin acudir a ningún médico urbano ellos mismos se automedicaron con una especie de arbusto que cocían a fuego lento y que una vez templado ingerían no sin persignarse antes. Los síntomas perduraron durante días, y el flato, y también las colitis matutinas, vespertinas y nocturnas, tardaron en recuperarse; cuando lo hicieron habían perdido muchos kilos y sintieron un hambre atroz. Sólo de pensar en comida les hacía segregar una baba repugnante, como de medusa blanca. Así de vuelta a su rutina intentaron robar los peces a los pelícanos, pero el mar también enfermó y éste escupía miles de chochas y medusas a las orillas porque los malos tiempos llegan para todos, para el ermitaño y para los pelícanos también, y German padre se quedó sin aves a quien robar sus peces.
Acostumbrado a no hacer gran esfuerzo, excepto asarlos a la brasa, a estas alturas era una desfachatez intentar aprender a pescar, y pasó toda la mañana espiando a las aves que regresaban del mar, y entre todas ellas divisó un pez coleando en el pico de una de ellas y sin dudarlo fue a por él. German se sorprendió y utilizó el término de pelícano con casta para definir a aquel ave que se resistía más que ninguna, pero era innegable que sus delicadas manos de abogado llegarían a abrir el pico del animal y de él extrajo un enorme pez y cogido a la cola del pez un cangrejo de grandes pinzas que asiéndose al dedo meñique de German le hizo sangrar. Unas gotitas de sangre cayeron sobre el pico del pelicano, sus ojos se tornaron del mismo color y el de sus crías tomaron un tono rosáceo y siguieron revoloteando, muy agitados con sus vientres hinchados hasta que anegados de estupor y hambre perecieron, siendo su padre pelicano y el mar verde testigo de todo. Y tras esto voló solo, lo más alto que pudo ascender, lanzó un grito quejumbroso por sus crías y por el regusto que se le quedó tras la gota de sangre del ermitaño, hasta el anochecer.
En los atardeceres, como era costumbre de German hijo, pedaleó con su bicicleta estática, en su habitación, pero esta noche se sintió acalorado y abriendo la ventana dio unos pasos hacia atrás al ver a un pelicano merodear la casa. No se alarmó hasta el cuarto día consecutivo y él, como buen niño, informó de todo a su padre que, tranquilizándolo, le dijo que seguro que vendría por comida avisado por el humo de la barbacoa, porque él se estaba dando cuenta de algo y era que el océano se estaba quedando baldío y pobrecitos de los pelícanos, que sería mejor que dejen de pescar y se dediquen al pastoreo. German hijo sonrió por la ocurrencia de su padre y se durmió.
Como todos los días salieron a volar la cometa y desde lejos otearon a una bandada de pelícanos y cuando éstos pasaron sobre sus cabezas derribaron la cometa roja y una vez la cometa había llegado al suelo, uno de los pelícanos se separó del resto y precipitándose sobre el niño lo golpeó en la cabeza y debió ser un mal golpe porque German hijo no volvió a levantarse. El ave retomó el vuelo con su cráneo roto para caer sin fuerzas en el mar y, al cabo de los minutos, las olas lo devolvieron aún con vida a las orillas, y el ermitaño, aun amando como nadie la naturaleza muerta y viva, lo espero con los ojos llorosos para pisarle el cráneo hasta su muerte.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Errático |
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17-10-2007 14:31 |
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El concepto del relato está bien, pero creo que no te has parado a pensar en su estructura. El comienzo es un buen arranque, pero luego da la impresión de que divagas. Creo que si lo hubieras estructurado de un modo más efectivo hubiera ganado en fuerza hacia el final.
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Buena historia |
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18-10-2007 17:58 |
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La historia me ha gustado, me ha parecido triste y terrible. Me ha dejado un poco melancólico.
En cuanto a la forma, no es mala, pero tienes que pulirla un poco más en mi opinión, porque no conduce bien el hilo de la historia, y te recreas a veces en cuestiones que pierden al lector. Tal vez tendrías que haber trabajado un tono más onírico pero sin perder la estructura.
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