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Relato breve con final abierto, que habla sobre el miedo a la soledad, a ser anónimos... a no ser nadie.
Miguel entró en su habitación y dio un portazo; aún sentía la bofetada que le acababa de dar su madre. Se sentó encima de la cama y se acurrucó al lado de un gran chimpancé de peluche que le había tocado hacía unos años en la feria del barrio. Se sentía mal, sabía que no tenía que haber jugado con la figurilla de porcelana, pero tampoco había sido su culpa que se le escapase de las manos; había sido de forma involuntaria.
Se incorporó con pereza y apagó la luz de la habitación. Oscuridad. No distinguía nada. Dio unos cuantos pasos, calculando su posición para no chocar con la mesita y volvió a su cama, donde se recostó de nuevo.
Lloró. Lloró durante largos minutos. En silencio, no quería que su madre supiese que estaba llorando, no le iba a dar ese placer. Entonces, de repente, oyó un fuerte gruñido que se extendió por su habitación y reverberó en las paredes de pladull. Miguel dio un salto del susto y corrió hacia la puerta, pero tropezó con algo grande, grandísimo, y peludo.
—¿Quién eres? —preguntó Miguel mientras intentaba levantarse, pero algo pesado le impedía moverse.
—No soy nadie —respondió una voz grave, que se asemejaba bastante al gruñido que había oído con anterioridad.
—Si no eres nadie —dijo Miguel— ¿cómo es que contestas?
La voz tardó un rato en responder, pero cuando lo hizo sonó más lenta y quejumbrosa que en la primera ocasión.
—No soy nadie —y Miguel se percató de que más que un gruñido era un lamento, parecía una voz muy triste.
—Todo el mundo es alguien —argumentó Miguel mientras intentaba zafarse del que le estaba hablando.
—Pero yo no pertenezco al resto del mundo —dijo aún con mayor lentitud—. Por eso no soy nadie —y Miguel oyó un suave resoplido.
—Pero, ¿por qué dices que no eres nadie? ¿Te llamas así?
—No —contestó enseguida—. Nadie me quiere, nadie me cuida, nadie juega conmigo…—y lanzó un resoplido aún más grande que el primero. Oliver sintió una brisa de aire cálida en su cara.
—Alguien te tiene que querer. ¿Quizá tu madre? —preguntó Miguel, que se extrañaba de que alguien no tuviese con quien jugar.
—Nadie es mi madre.
Y Miguel sintió cómo el gran peso que hasta ahora le había oprimido el pecho y parte del estómago desaparecía con suavidad hasta quedar en un simple cosquilleo. Se incorporó con algo de miedo, aunque no tanto como al principio.
—¿Y no tienes amigos?
—No, no puedo tener amigos. Nadie quiere ser mi amigo —seguía con su voz ronca y pesada.
Entonces Oliver sintió cómo una mano peluda, gigantesca, le cogía de la cintura y le columpiaba con delicadeza hasta la cama.
—¿Nadie? —se extrañó Miguel, que comenzaba a tener lástima de aquel ser tan extraño.
—Nadie.
—¿Cómo te llamas?
—No tengo nombre, soy nadie.
—¿Nadie?
—Nadie, aunque algunos me llamen nada.
—¿Quién te puso ese nombre tan feo?
—Nadie.
Miguel cada vez entendía menos, pero se dejaba acariciar con gusto por las manos peludas. Eran suaves y esponjosas. Ya se le había pasado el miedo, y el enfado, y las ganas de llorar. Ahora estaba preocupado por nada, o por nadie, pero estaba preocupado.
—Nadie —repitió para sí mismo Miguel—, no entiendo.
—Ni yo tampoco —comenzó a titubear la voz, que parecía que en cualquier momento estallaría a llorar.
—¿Y de dónde has salido? ¿Estabas debajo de la cama?
—No, no estaba en ningún sitio. Ya te he dicho que no soy nadie —dijo en un tono más serio—. Sólo he venido para decirte… decirte que soy nadie porque así lo quise.
Miguel miró en la dirección de la que provenía la voz, intentando ver a alguien, quizá un monstruo o un animal grande, pero sólo veía oscuridad y dos puntos brillantes, algo azulados, que tintineaban de un lado al otro de la habitación.
—Así lo quise —repitió la voz—. Quería ser nadie, nunca quise ser algo, lloraba por las noches y me escondía debajo de la cama. No quería a mis padres —se detuvo unos segundos, como si estuviese recordando algo lejano—, ni a mis amigos, ni nada. Y pasaba el rato solo... Y ahora… soy nadie y nada. No sé si me entiendes…
—Creo que sí… —dijo Miguel mientras tanteaba un brazo grueso aún más peludo que las manos.
Se oyó un golpe suave en la puerta, después otro, y la voz alta y clara de la madre de Miguel se hizo hueco en la habitación. Miguel se levantó y, muy despacio, fue a encender la luz. Se dio la vuelta. Nadie. Había nada, o lo que es lo mismo, no había alguien. Y, muy lentamente, abrió la puerta.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Buen cuento |
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16-12-2007 22:57 |
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ME ha gustado, al final resulta un texgto intermedio entre un cuento clásico para niños y un cuento de misterio. Me ha gustado en especial la tensión que se creo alrededor de "Nadie" y el niño, con esa incertidumbre sobre que pasará.
Eso sí, creo que el cuento da para más y te animo a que le alargues, en especial
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RE: Buen cuento |
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16-12-2007 22:59 |
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En especial la parte en la que el Oilver comprende (ups una mala pasada esto del mensaje cortado)
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ASFAFSAF |
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16-11-2007 19:03 |
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BUEN CUENTO
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Bonita fábula |
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29-10-2007 19:43 |
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Como siempre, un verbo inspirado y una historia conmovedora. Un cuento moderno. Y es que, Nadie es tan importante...
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Una idea interesante... |
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24-10-2007 15:16 |
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...que creo que podrías haber explotado más. No sé si conocerás una canción de Reincidentes que se titula "Vota Nadie". Durante toda la letra se juega con la palabra de un modo que podría darte alguna idea.
Nadie te dará trabajo. Nadie te comprenderá. No hay que echar la culpa a Nadie. etc.
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RE: Una idea interesante... |
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06-01-2008 23:41 |
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Ha sido interesante, tratar de descubrir el dolor y a la vez la tristeza, pero arrogante de Nadie, tratar de salvar su destino, quebrantado por la irrupción de la madre.........también te animo a que lo continúes.
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