La sacerdotisa de la vidriera |
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05-12-2007 14:33
Por: Solharis
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... era el servidor de la sacerdotisa de la vidriera y seguía cada movimiento y detalle de su cuerpo. Se condenaría pero no sin llevarme de la mano hasta la morada de Satanás, su señor.
Señor, he pecado, y temo, sé, que volveré a hacerlo si tú no lo evitas. Sólo tú sabes lo que ocurre en mi corazón y en mi mente; y sabes que soy un renegado, un traidor, un apóstata… Que cada día te proclamo omnipotente y creador de todas las cosas ante tus fieles y ellos se santiguan y me escuchan arrobados desde los bancos de la iglesia. Son gentes sencillas y cristianas que creen las palabras que les digo aunque yo mismo no las crea. También les digo que eres misericordioso, aunque esto tampoco lo creo y dudo de que puedas perdonar la hipocresía y la mentira. ¡Soy un hombre débil!
Señor, te digo que sigo siendo un hombre de fe. Pero es que esa fe pertenece ahora a una divinidad menos poderosa pero sí más tangible, que hace que me estremezca al sentir su poder sobre mí como en otro tiempo lo hice leyendo las sagradas escrituras.
Ah, me ha dado demasiadas muestras esa divinidad de su terrible poder, y mientras tanto sigo esperando la prueba que tanto he anhelado y que no has querido darme: la prueba de que existes. Ahora me siento hastiado de seguir esperando y ni siquiera estoy seguro de que puedas escucharme desde algún lugar y en este momento. ¿Para quién escribo entonces si no puedes leerme? Ni yo mismo lo sé.
Esa divinidad de la que te hablo, en cambio, vive en cada uno de nosotros y al final de cada uno de nuestros pensamientos. Ha sabido doblegarme y vencerme, y ha hecho de mí un apóstata.
Si todo lo ves, Señor, sabes que le rindo culto con frecuencia. Tan a menudo como puedo me despojo de la negra sotana y del rígido alzacuello, la señal de humildad que antes llevaba con agradecimiento y que ahora siento como un nudo alrededor de mi garganta y de mi espíritu, la más pesada de las cadenas. Con pantalones y camisa, lejos del pueblo, no soy más que un hombre más entre tantos.
En la ciudad nadie me mira como si fuera alguien especial, un sacerdote de la Iglesia Católica. Allí, en la urbe construida con soberbia y hormigón, cada cual vive a su aire y se ocupa de sus propios pecados sin pudor. No saben quién soy y ni siquiera se dan cuenta de cómo brillan mis ojos cuando me acerco al templo...
He estado muchas veces delante del templo y no por ello dejo de estremecerme cada vez que, en un letrero anaranjado y de neón, leo las sagradas siglas que invitan a entrar: SEX. Repito para mí las tres letras y suenan cortantes, implacables y contundentes como la divinidad que me somete a un culto de sensualidad y egoísmo brutal.
¿Cómo pudieron los hombres aceptar la presencia de semejante lugar? No se santiguan ni se escandalizan al verlo, sino que en la céntrica calle las multitudes están siempre de paso y no se horrorizan por nada; ni siquiera le prestan atención, porque están demasiado ocupados mientras contemplan extasiados los escaparates de las tiendas. Esperan comprarlo todo porque para ellos todo se vende y se compra, también la perdición...
Siempre que entro al templo, hallo que hay más acólitos allí que en mi iglesia. Ojean ansiosos las revistas y los vídeos. Son sus imágenes sagradas e impactan mis sentidos porque, allá donde miré, sólo puedo encontrar mujeres hermosas, solas o acompañadas, desnudas o en ropa interior, posando majestuosas o en obscenas posturas, pero siempre sugerentes... Es obsceno pero no puedo dejar de mirarlas. Pienso en nuestra señora María, mujer de gracia y pureza, y me horrorizo con tan marcado contraste entre ella y esas mujeres de perdición. Los acólitos las miran con fanatismo, con los ojos febriles y excitados... y yo también lo hago, preguntándome si todas esas cosas que se ven en las portadas pueden ser ciertas. No podía creer que hombres y mujeres pudieran pecar de tantas y variadas formas. Ahora sé que es verdad.
Pero esto es sólo la entrada. Más adentro están las capillas, y es aquí donde las sacerdotisas de las vidrieras rinden culto a su divinidad y nosotros las adoramos y a través de ellas le adoramos también a él.
Esto no lo sabía la primera vez que llegué, tembloroso por todas esas imágenes que colapsaban mis sentidos. Viendo entonces un pasillo, busqué en él refugio sin imaginarme que quería decir el letrero de “cabinas”. Atravesé la puerta y pasé de la sala de la tienda a un pasillo débilmente iluminado por bombillas fucsias. Intuí que me adentraba en el mismísimo infierno y no estaba muy desencaminado... A ambos lados del pasillo había muchas puertas y entré en una cualquiera que vi abierta. Y así encontré a la sacerdotisa.
La capilla no era muy grande. Estaba en semipenumbra y había un cómodo asiento delante de la cabina en la que ella estaba. Aislada por la vidriera, se me antojó más terrible que ninguna fiera salvaje. El pelo, de color caramelo, le caía largo y liso casi hasta la cintura. Los ojos eran cortantes y los labios lascivos. Los pechos... ¡Oh, Señor, ella estaba casi desnuda! Tan sólo un mínimo sujetador y una tira de cuero colgando de su cintura para cubrirse, y más que disimular se hacía desear más e invitaba al pecado...
Jamás había visto algo así. A decir verdad, jamás había visto una mujer tan ligera de ropa delante de mí. ¡Y yo que creía que era fácil evitar ciertos pecados! Bastó que llegara la primera tentación y sucumbí. ¿Cómo no quedar moralmente aplastado bajo sus pechos? Su carne lujuriosa y sujeta por el cuero me recordaba una juventud perdida, y ahora temo que desperdiciada, y me invitaba a abrazarla, besarla y hacer cosas que empecé a imaginar.
Completamente asustado, si no escapé corriendo de allí fue porque no podía dejar de mirarla. Sentía la fascinación de la presa que mira arrobada al depredador hasta el punto de dejar que se acerque y caer luego entre en sus garras. Yo era la presa.
-¿Qué? ¿Te decides a entrar? –me dijo, y me senté a toda prisa en el sillón.
Debí mirarla como un pasmarote porque ella se rió:
-¿Es tu primera vez, eh? No tengas miedo... aquí dentro no puedo hacerte nada –bromeó–. Bueno, ¿qué quieres que haga?
No respondí porque no entendí la pregunta. ¿Cómo iba a ordenarle nada si era yo el que hubiera obedecido cualquier orden suya sin protestar? Lo hubiera conseguido todo y así lo hizo al final... Callaba y me limitaba a mirarla con los ojos bien abiertos y empezando a imaginar cosas que sólo hubiera osado pensar en la intimidad de mi dormitorio...
Ella me miraba divertida, sabiéndose poderosa. Se llevó las manos a los pechos.
-¿Te gustan?
Era incapaz de decir nada pero no hacía falta. Deseaba la carne jugosa y fresca como un perro. Ahora sólo deseaba verla sin el sujetador. Se volvió de espaldas y lo desabrochó. Luego se mostró ante mí pero cubriéndose los pechos con las manos. Quería, y sabía, hacerse desear.
-¿Y ahora qué? ¿Ya sabes lo que quieres que haga?
Por fin, me atreví a hablar.
-Retire las manos... ¡Por favor!
Había perdido toda mi dignidad. Sentía la llamada de la terrible divinidad y no vacilaba en humillarme ante su sacerdotisa y suplicar su gracia. ¡Quería que se apiadase de mí y me dejase ver sus pechos!
-¡Por favor! -insistí, y mi tono lastimero debió sorprenderla. Y es que siempre he sido un humilde servidor tuyo, Señor, y ahora soy igualmente humilde con ese nuevo dios...
Por fin retiró las manos y vi sus pechos. ¡Cómo era posible tanta belleza! Luego empezó a contonearse. Sus piernas eran como poderosas columnas y yo me sentí tan excitado que me eché al suelo de rodillas. Se extrañó pero siguió moviéndose. ¡Yo me hice idólatra en ese momento! Pero en vez de adorar ningún estúpido becerro de oro la adoraba a ella, la sacerdotisa, tan poderosa e inalcanzable que yo sólo era digno de arrastrarme delante de ella. ¡Qué confusión de sentimientos! Quería besar sus pies y decirle que era mi dueña y que le pertenecía... Quería que me dijese que era suyo y quería que saliese de la vidriera y me obligara a todos los actos de lujuria posibles. Yo me creí en ese momento capaz de hacerlo todo.
-¡Quiero que te desnudes! –le imploré, y ella se quitó el trozo de cuero que cubría su sexo, con una sonrisa de poder.
Ahora estaba completamente desnuda y yo no podía creerlo. No estaba suficientemente preparado para aquello. Nunca había visto a una mujer así, tan poderosa. Comprendí por qué las mujeres pierden a los hombres. Me había parecido siempre tan estúpido que un hombre pudiera preferir su perdición para fornicar con una mujer... Pero yo deseé perderme por ella más que otra cosa en el mundo y pensé las más sucias palabras. Quería arder con ella en el infierno más húmedo y caliente. Mi alma ardería como ardía mi cuerpo y no me importaba absolutamente nada. ¿¡Es que algún hombre puede resistir a esto!? ¡Yo no puedo, Señor!
Su cuerpo se movía con agilidad y yo, que soy sacerdote y creo saber captar la atención de la gente, era el servidor de la sacerdotisa de la vidriera y seguía cada movimiento y detalle de su cuerpo. Se condenaría pero no sin llevarme de la mano hasta la morada del mismo Satanás. Si tuviera la certeza de que existe un infierno quizás no la hubiera seguido pero cada vez estoy menos seguro de ello; todo son dudas.
Yo sólo sé que, pocos minutos después, estaba arrodillado, gimiendo y abrazando el cristal que había entre la sacerdotisa y yo, contemplándola con los ojos vidriosos mientras alcanzaba el clímax de la perdición...
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Bien llevado |
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11-02-2008 17:37 |
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Me ha gustado como has llevado al pritagonista y como has reflejado sus sentimientos. Amí me ha parecido un personajillo patético de eso que deberían quedar uno o dos, que resultaba extremo, pero que era creible (y ese es un buen punto) .
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Tragicómico |
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05-12-2007 14:37 |
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La verdad es que me ha impresionado el cierre del relato, el patetismo y la humanidad que trasmite finalmente el personaje dentro de un planteamiento que es más bien clásico. Muy conseguido el carácter del mismo, esa mezcla de inocencia y fanatismo herido.
Un buen trabajo.
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RE: Tragicómico |
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06-12-2007 11:47 |
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Entonces me doy por contento porque es lo que pretendía hacer: un personaje que diera lástima por su ingenuidad. Pese a que no es nada tonto, es un completo ignorante de las relaciones humanas y eso lo hace chocante.
Me anima mucho tu comentario, compañero.
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RE: Tragicómico |
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05-12-2007 18:25 |
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esta lectura es bastante erótica sin llegat a lo vulgar me pareció muy buena
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RE: Tragicómico |
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06-12-2007 11:49 |
dijo: esta lectura es bastante erótica sin llegat a lo vulgar me pareció muy buena
Vaya, no te conectaste. Pero igualmente agradezco tu comentario. No me atrevería yo a espantar a Akhul con algo más vulgar...
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Muy buen relato |
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05-12-2007 18:33 |
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Un gran relato, muy bien escrito y desarrollado. Transmite una gran humanidad, sin caer en el mal gusto o la truculencia.
El final resulta conmovedor, sobre todo porque se suele esperar resoluciones más impactantes pero mucho menos reales.
Después de otros relatos más ácidos, veo que dominas igualmente los de tono más humano.
Enhorabuena.
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RE: Muy buen relato |
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06-12-2007 11:44 |
Qué fama me estoy ganando con los relatos ácidos... Es broma, si me encanta, pero a veces hay que escribir algo más humano y creo que es una historia bastante verosímil. La verdad es que no creo que el celibato pueda ser bueno para la salud...
Gracias por tu comentario.
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