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La sacerdotisa de la vidriera


Otros Relatos

05-12-2007 14:33
Por: Solharis


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Señor, así fue el principio de mi caída. Porque volví para verla otra vez. Había muchas mujeres para elegir pero yo soy un hombre fiel. Quería someterme a una única sacerdotisa y lo hice. Y mi mente fue de nuevo un sucio torbellino mientras ella se sonreía por todo lo que podía hacer conmigo...

Fue creciendo la confianza y empezamos a hablar algo más. Hasta que un día tuve una desagradable sorpresa.

-¿Eres sacerdote? –me preguntó.

-¿¡Cómo lo sabes!? –solté inmediatamente, en vez de callarme discretamente la boca.

-Jajaja, es que no suelen hablarme en latín...

¡Qué necio había sido! Era cierto: había alabado todo su cuerpo en latín. Siempre he adorado esa lengua antigua y que es la de tu Iglesia Católica. Ahora la había mancillado, utilizando la lengua con la que te había alabado para alabar un cuerpo lujurioso en mis momentos de excitación. De todas formas, ella pareció más divertida que escandalizada.

-¡Eh, tranquilo! Muchos sacerdotes vienen a estos sitios y aquí, ante todo, hay discreción. –Y me hizo un guiño.

¿Hay muchos, Señor, como yo? No lo había pensado antes y fue un pensamiento que me entristeció. ¿Acaso no los ves? Los sacerdotes no somos tan fuertes para servirte, Señor. Yo, al menos, no lo soy.

Pero el pecado no harta ni calma. Había adorado a la sacerdotisa pero quería más... Te había traicionado en pensamiento y sólo deseaba hacerlo en hechos. Quería tocarla y recibir la Comunión de esa malvada e implacable divinidad.

Por suerte, pensé, no se trataba sólo de resistir o no la tentación. Existía también el problema económico y los servidores de la Iglesia no tenemos contados recursos para proporcionarnos caprichos. La entrada en el templo y en las capillas no era gratuita y parecía imposible reunir el dinero suficiente para convencerla para algo más. Dejé de comprar periódicos, libros, etc. pero incluso así me costaría reunir el dinero.

Y entonces cometí el mayor de los pecados. Señor, ni siquiera tengo valor para contártelo, aunque tú lo sabes si estás en algún lugar. Sabes que siempre he tratado de paliar mi falta de fe con las buenas obras y por esto he aprovechado mi posición como sacerdote para promover las causas benéficas. Recoger dinero para una buena causa me parecía una de las formas más eficaces para lograr el interés de mis feligreses.

Pero este año fue distinto. Estaba corrompido hasta la médula cuando terminó la colecta. Vi una gran cantidad de dinero, reunido por la buena voluntad del pueblo, y sentí la más horrible de las tentaciones... ¡Un pecado lleva a otro! ¡Jamás había sentido el poder de la avaricia pero ahora el de la lujuria me arrastró a él!

Pasé la tarde entera pensando y en silencio. Ese dinero era para las misiones de mis buenos amigos en África. ¡Ojalá hubiera acompañado a aquellos viejos compañeros del seminario a esos países de miseria y necesidad! Puede que hubiera conservado mi fe y la paz de espíritu ayudando a otras personas y luchando por una buena causa, pero no lo hice. Recé muchas veces pero no me animaba. ¡Si tú hubieras respondido! Pero yo rezaba y cada vez que terminaba de hablar sólo había silencio. Te pedí una señal y no me la diste. Me enfurecí y me desquicié... Finalmente te abandoné y renegué de ti. Cogí parte del dinero para visitar la ciudad del pecado esa misma noche.


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Fue la noche en la que acabé de condenarme. Sabes, Señor, que yo era virgen y mi mayor deseo había sido presentarme así ante ti. Creía, aunque no lo reconociese, que la castidad era suficiente mérito para que se me perdonasen los demás pecados. Pero yo estaba corrompido hasta la médula y no me importaba nada...

La sacerdotisa se extrañó de mi impaciencia, de mi deseo. No esperaba que yo quisiera encontrarme con ella fuera del cristal. Al principio no quiso aceptar pero cedió: era mucho dinero el que le ofrecía.

-Espera fuera y estoy contigo.

Esperé sentado entre toda la imaginería erótica de la tienda. Sentía que el corazón me iba a explotar y tenía miedo. No de ti, Señor, sino de ella. Ah, era una fiera y yo iba a encontrarme con ella sin la vidriera entre los dos. Qué fácil sería para ella devorarme...

-¿Qué? ¿Nos vamos? –me dijo. Había salido al fin, llevaba un jersey de lana y pantalones. Supongo que le gustaba el anonimato cuando acudía a trabajar. De todas formas, era ella: los labios, el cabello largo y lacio, los pechos que se meneaban al andar... Todo en ella era provocación y pecado.


Salimos a la calle y apenas sí nos miraban. ¿Qué tenía de extraño que un hombre que iba camino de los sesenta años caminase al lado de una provocativa mujer mucho más joven? Sí, ella era más joven en años pero yo lo era más en espíritu e inocencia. Realmente era un adolescente que hasta hacía muy poco tiempo había sido un niño.

El trayecto fue corto hasta la pensión. Ella conocía bien el sitio e imaginé que no era el primero que la había acompañado allí.

-Será sólo una hora –le dijo al dueño de la pensión. Yo no me atrevía ni a levantar la vista. No lo hice hasta que llegamos a la habitación.

No era muy grande el dormitorio pero ha quedado grabado en mi mente hasta en los últimos detalles. La cama cubierta por una sábana de color beige, la mesita de madera con una lamparita encima, el papel de las paredes... Un lugar extraño para recibir mi Comunión y abandonar tu culto, Señor. Fue allí donde cambié de religión.

La sacerdotisa volvió a despojarse de la ropa. El grueso jersey cayó al suelo y luego los pantalones, el sujetador... Yo la miré con tanta o más inquietud que las otras veces. Porque ahora no había un cristal entre nosotros. Ella era temible y no había nada que me protegiera.

-¿No te vas a desnudar?

Y me desnudé. Yo, que me había desnudado únicamente ante mi madre y cuando era muy niño, me desnudé delante de esa mujer. Apenas podía desabrochar los botones porque me sentía como un niño.

-¿Por qué me miras así? –me preguntó, divertida. Y es que me había dado cuenta del crucifijo que llevaba en su escote. Sí, la sagrada imagen de tu fe resbalaba por sus senos hasta reposar sobre el hueco que había entre sus pechos, valle del pecado y del placer. Esa imagen me conmovió. ¿Cómo podía ser que el Salvador se hubiera hundido allí?

Se dio cuenta del detalle y tuvo la delicadeza de quitárselo, pero era la señal de que todo estaba terminado. Dejé de mirar y me acerqué a ella, indeciso... y la toqué. Luego ella me acarició y me arrastró hacia la lujuria insatisfecha desde hacía más de cuarenta años. Lo que ocurrió fue tan elemental, tan simple, tan poderoso... La sensación resultaba tan intensa que pensé que no había tenido una experiencia realmente mística hasta entonces. Yo sentía que me iba a salir el alma por la boca y no encontré palabras en la Biblia para describir lo que ocurrió en unos pocos minutos. No, no encuentro en los escritos de los místicos algo que me ayude a describir el éxtasis del final, el momento en que mi alma escapó de mi cuerpo y la calma que vino después…

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Ella volvió a vestirse y yo me di la vuelta. No quería que me viese llorar. Y esas lágrimas terminaron de condenarme, si existe un infierno en verdad, porque no lloraba por arrepentimiento sino por la sensación de que había perdido algo importante de mi vida. Mi celibato no había sido un sacrificio digno sino una pérdida, una mutilación cruel de mi espíritu. Había esperado para descubrir que estaba equivocado, que no había valido la pena conservarme “puro”.


Pero a los cincuenta y seis años ya no puedo recuperar mi juventud. Quizás, si hubiera aprendido a amar a una mujer hace muchos años, hubiera sido un hombre feliz y que te hubiera servido mejor como los fieles que vienen a mi Iglesia. Puede que tuviese en estos momentos una mujer a mi lado y un equilibrio. Pero ya es tarde para amar y ser amado. Me arrastro por una vida de lujuria que me corrompe por entero. Éste es el resultado de una juventud desperdiciada en la falsa virtud: una vejez indigna. No contaré, Señor, todo lo que he hecho desde entonces. Porque acabé de gastar el dinero. Las prostitutas, la pornografía, las cabinas, las luces de neón... todo eso ha dominado mi vida y me ha consumido moralmente.

Ahora sólo puedo esperar una señal, la señal que tanto he esperado. Pero ya no confío en ti. Quizás no me respondas pero yo no puedo dejar de preguntarme si existes y por qué ha tenido que ocurrir esto. ¿Por qué?, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Bien llevado
11-02-2008 17:37
Me ha gustado como has llevado al pritagonista y como has reflejado sus sentimientos. Amí me ha parecido un personajillo patético de eso que deberían quedar uno o dos, que resultaba extremo, pero que era creible (y ese es un buen punto) .

   Tragicómico
05-12-2007 14:37
La verdad es que me ha impresionado el cierre del relato, el patetismo y la humanidad que trasmite finalmente el personaje dentro de un planteamiento que es más bien clásico. Muy conseguido el carácter del mismo, esa mezcla de inocencia y fanatismo herido.

Un buen trabajo.

   RE: Tragicómico
06-12-2007 11:47
Entonces me doy por contento porque es lo que pretendía hacer: un personaje que diera lástima por su ingenuidad. Pese a que no es nada tonto, es un completo ignorante de las relaciones humanas y eso lo hace chocante.
Me anima mucho tu comentario, compañero.

   RE: Tragicómico
05-12-2007 18:25
esta lectura es bastante erótica sin llegat a lo vulgar me pareció muy buena

   RE: Tragicómico
06-12-2007 11:49
dijo:
esta lectura es bastante erótica sin llegat a lo vulgar me pareció muy buena


Vaya, no te conectaste. Pero igualmente agradezco tu comentario. No me atrevería yo a espantar a Akhul con algo más vulgar...

   Muy buen relato
05-12-2007 18:33
Un gran relato, muy bien escrito y desarrollado. Transmite una gran humanidad, sin caer en el mal gusto o la truculencia.

El final resulta conmovedor, sobre todo porque se suele esperar resoluciones más impactantes pero mucho menos reales.

Después de otros relatos más ácidos, veo que dominas igualmente los de tono más humano.

Enhorabuena.

   RE: Muy buen relato
06-12-2007 11:44
Qué fama me estoy ganando con los relatos ácidos... Es broma, si me encanta, pero a veces hay que escribir algo más humano y creo que es una historia bastante verosímil. La verdad es que no creo que el celibato pueda ser bueno para la salud... :-(
Gracias por tu comentario.



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