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El público aplaudía y jaleaba a los guerreros para que comenzara el espectáculo, y no tardaron en recibir la respuesta. Todo el estadio enmudeció en el momento en que las lanzas estuvieron a la distancia adecuada para impactar. Landin sabía de la destreza de su rival, así que decidió lanzar un amago, apuntando primero con la lanza arriba a la derecha, para en el último segundo, con un depurado golpe de muñeca, bajarla y apuntar a la izquierda, el lugar más desprotegido de su contrincante, justo por encima del brazo con el que sujetaba la lanza. Era un golpe delicado dado el riesgo que corría, pero el noble bretoniano confiaba totalmente en sus habilidades. Y su destreza obtuvo recompensa, puesto que sintió cómo la lanza se quebraba al impactar contra el peto de su rival. Pero se confió demasiado al pensar que ya lo había hecho todo, y alzó su escudo demasiado tarde para poder detener el golpe de Gregor, que logró impactar en el hombro de Landin. El choque fue terrible y los dos jinetes salieron despedidos de sus monturas para ir a parar con sus huesos al suelo. Las lanzas se hicieron trizas pero habían cumplido su cometido. Ambas armaduras eran increíblemente resistentes dado que estaban encantadas, así que cumplieron su cometido protegiendo a sus portadores de una muerte segura, pero no pudieron evitar el daño completamente. El hombro de Landin estaba dislocado, y se colocó a duras penas como le habían enseñado, no sin dolor, y no quedó en las mejores condiciones ni mucho menos. Por su parte, Gregor tenía al menos dos costillas rotas, pero eso no era nada nuevo y, aunque no podría combatir al cien por cien, había estado peor en otras ocasiones y había vencido.
Sin más miramientos, los caballeros desenvainaron sus espadas y sus filos brillaron con la luz del Sol. Las runas en el arma de Landin brillaban con intensidad al ser tan elevada la temperatura del lugar. Se colocaron en posición de lucha y se examinaron minuciosamente durante unos segundos, mientras avanzaban con paso lento y firme el uno hacia el otro. En el momento en que parecía que alguno de los dos se lanzaría al ataque llegó Elrik corriendo, con la espada en alto, y dispuesto a acabar con su rival sin más dilación. El poder latente de su espada se sentía en todo el lugar, ya se fuera un hechicero o no, dado el increíble poder del arma. Gritando con todas sus fuerzas, se lanzó a por un imperturbable Landin, que le esperaba con la espada y el escudo en posición defensiva, intentando no dejar ni un solo resquicio que Elrik pudiera aprovechar. Los golpes se sucedieron rápidamente, mientras Gregor observaba. No le gustaba luchar con ventaja numérica, y no quería herir a su compañero o que sucediera a la inversa.
La superior habilidad de Landin se estaba imponiendo, y Elrik se iba desgastando poco a poco, sin ser capaz de herir a su oponente, de hacerle el más mínimo corte. Landin sabía del poder de esa arma, y por eso se esforzaba al máximo para evitar que le golpeara. Bloqueaba los golpes con el escudo, los paraba con la espada, provocando que saltaran chispas, o los esquivaba con gráciles fintas. Pero siempre sin contraatacar para que no ocurriera ninguna desgracia. Pero también sabía que no podía estar así por siempre, y en cualquier momento la nobleza de Gregor podría ser sustituida por las ganas de ganar aprovechándose de la ventaja que podría tener. Además, su hombro maltrecho se resentía cada vez más ante los continuados impactos recibidos, y en cualquier momento podía dislocarse de nuevo y fallarle. No podía permitir que eso ocurriera así que decidió que si no arriesgaba no ganaría, y decidió buscar el momento adecuado para contraatacar. Y no tardó en encontrarlo, puesto que Elrik estaba cansándose poco a poco y sus golpes habían bajado en intensidad y velocidad. Los minutos que estuvo golpeando el escudo de su rival habían hecho mella en él, pero había logrado su objetivo en parte. A pesar de que no había herido a su oponente, y éste no se había desgastado tanto como él: por cómo sujetaba el escudo parecía que su hombro estaba causándole un dolor más grande de lo que aparentaba, y en poco tiempo le sería prácticamente inútil.
La lucha entre Elrik y Landin se estaba prolongando más de lo esperado, y ambos decidieron matar o morir en los siguientes golpes, pues sus fuerzas les estaban abandonando. Elrik concentró toda su fuerza en un golpe que siempre le había dado muy buenos resultados. Lanzó una estocada de arriba abajo por el lado izquierdo de su oponente, pero en el último momento cambió la dirección y el golpe se convirtió en ascendente desde abajo a la izquierda hacia arriba. Tenía esa técnica tan depurada que sorprendió incluso a un caballero tan diestro como Landin, que a duras penas logró interponer el escudo entre su cuerpo y la espada. El impacto fue tan fuerte y pilló al bretoniano tan mal defendido que su hombro acabó por dislocarse de nuevo y soltó el escudo. Para el público parecía que el combate estaba ya decantado del lado de Elrik, pero no era así. Al atacar con tanta fuerza, no le dio tiempo a colocar de nuevo su espada en posición defensiva y eso, contra un guerrero como Landin, sólo significaba una cosa: la muerte. El golpe fue perfecto. Rápido, certero y limpio. Impactó en un resquicio de la coraza de Elrik, a la altura de la cintura. Entró por ahí fue ascendiendo por el cuerpo del imperial, cuyas entrañas mancharon el suelo mientras la espada de su enemigo le quitaba la vida. La sangre cayó por la espada de Landin hasta llegar a la empuñadura, que sintió su calor. El arma había llegado a su destino puesto que había alcanzado el corazón de su desgraciado enemigo, que miró a Landin con una mezcla de miedo y satisfacción, al contemplar el escudo en el suelo. Fue lo último que vio, pues su corazón acababa de ser atravesado y murió en apenas unas décimas de segundo. El brazo de Landin sostenía el cuerpo inerte de Elrik en pie, y en cuanto retiró la espada con un movimiento veloz y limpio, el cuerpo sin vida cayó sobre un charco de sangre y vísceras.
El noble bretoniano jadeaba por el esfuerzo, y una mueca de dolor cruzaba su rostro, aunque nadie podía verlo puesto que su finamente decorado yelmo le cubría la cara por completo. Acabar con aquel escudero le había costado más de la cuenta, de hecho ya no podía sujetar su escudo, y había tenido mucha suerte de que sus entrenados reflejos le hubieran permitido parar el último golpe de aquella espada encantada, puesto que si no ahora sería su cuerpo el que reposaría inerte en el suelo. Al contemplar el rostro de Elrik vio que no era miedo lo que había en su rostro, sino satisfacción. La satisfacción de un trabajo bien hecho. Entonces comprendió. Aquel hombre valiente había dado su vida por su señor para ponerle el combate en bandeja, a sabiendas de que si Gregor ganaba a él lo resucitarían. Entonces pensó que aquella lucha fraticida no tenía sentido. Miró a todas partes en busca de una respuesta, y la encontró. Allí estaba su damisela, aquélla por la que él luchaba y daría la vida, como había hecho Elrik, si fuera necesario. La desilusión que estaba llenando su corazón se transformó en Fe. Fe capaz de mover montañas, de llevar miles de hombres a encontrarse con su fatal destino. Aquello era por lo que él luchaba. Por su Fe, y por su honor, y por encima de todo, por su Dama, que le contemplaba desde algún lugar. Las fuerzas renacieron en su interior, y a pesar de que no curarían su maltrecho hombro, le permitirían luchar hasta el final. Se encaró hacía Elrik y se dirigió hacia él. Pero antes, lanzó una última mirada al cuerpo sin vida de Elrik y rezó una oración por su alma. “Eras un hombre valiente”, pensó, “pero los combates no se ganan sólo con valentía, y no será tan fácil vencerme… Ahora te toca a ti, Gregor Von Volk.”
Gregor había contemplado con desesperación cómo Elrik moría, pero sabía que no podía haber intervenido porque no habría sido justo. Y también sabía que si ganaba, lo traerían de vuelta a la vida. Así que eso sería lo que haría. Miró a Landin durante unos segundos, y, tras sopesarlo, arrojó su escudo a la lava, donde se desintegró en segundos. Landin contempló asombrado la escena, y no pudo hacer otra cosa que agradecer el gesto de su adversario.
-Gracias -dijo- pero no era necesario.
-No hay de qué -replicó Gregor-, me gustan los combates justos, y por lo que tengo entendido creo que a ti también.
-Así es. Lamento lo de tu compañero, pero las cosas son así. Comprenderás que tenía que matarle para ganar, como tendré que hacer contigo -le respondió a la vez que se colocaba en postura de lucha, desafiante.
-Intentálo… Aquí me tienes.
-¡¡Por mi Damaaaaa!! -bramó Landin, y se lanzó al ataque, dispuesto a acabar de una vez por todas con el combate.
-¡¡Por la míaaa!! O quién sea -replicó Greg, y se lanzó al a refriega con la espada en alto.
El público rugió contento ante lo que habían visto y lo que quedaba por ver, y no quedarían decepcionados.
El choque de espadas hizo que saltaran chispas, y por unos segundos los dos se quedaron ahí, cara a cara, intentando doblegar a su oponente para obtener cierta ventaja, pero ninguno pudo, así que se retiraron al unísono, y se lanzaron de nuevo a la carga. Ésta vez obtuvo la iniciativa Gregor, más fresco y descansado. Lanzaba estocadas con la velocidad del rayo y precisión de cirujano, pero Landin sabía defenderse y paraba la mayoría de los golpes, esquivando el resto con elegancia. Pero Greg no estaba dispuesto a darle ni un respiro, y se lanzó de nuevo a la refriega. Uno, dos, tres, lanzaba golpes sin parar, por arriba, por abajo, por el centro… pero no lograba romper la defensa de su rival. Entonces una idea comenzó a formarse en su ya poco lúcida cabeza. A pesar de que el intenso calor le nublaba los sentidos, su mente era muy ágil, y eso era muy importante a la hora de combatir.
Continuó presionando a Landin, que se defendía como podía, cada vez más cansado. Iba retrocediendo poco a poco mientras Greg le atacaba y le obligaba a ir hacia atrás. Entonces el plan de Gregor comenzó a tomar cuerpo para los espectadores. Landin estaba ya muy cerca del borde del círculo de piedra, y si seguía así se precipitaría a una muerte segura en pocos instantes. El bretoniano trataba de salir de la trampa en la que estaba, pero la determinación de Gregor era grande, y sus golpes rápidos y potentes. Ya sólo estaba a dos pasos del borde y sólo podía defenderse. Desesperado, Landin lanzó una patada a la espinilla de su rival, dándole el tiempo suficiente como para echarse a un lado y salir de esa situación. No le gustaba usar ese tipo de estratagemas, pero cuando la vida está en juego todo vale.
Tras salir de esa situación, se tomaron un respiro para recuperar fuerzas. Gregor se frotó la espinilla aún dolorida mientras recuperaba el aliento. Había invertido gran parte de sus fuerzas en intentar llevar a cabo su plan y no lo había conseguido, a pesar de haber estado a punto. No sabía qué rumbo tomarían ahora las cosas, pero tenía que ganar, por su orgullo y por Elrik. Jadeando, se irguió, apretó la empuñadura de la espada con todas sus fuerzas hasta que los nudillos se le pusieron blancos, y se lanzó de nuevo al ataque. Casi a la vez, Landin cargó dispuesto a, esta vez sí, acabar de una vez por todas.
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