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Los golpes se sucedieron a una velocidad a la que al ojo le costaba seguirlos. A pesar del cansancio, los dos bravos guerreros se estaban empleando a fondo, lanzando estocadas, tajos, patadas y golpes de todos los tipos. Todo valía. En juego estaban el honor y la vida, y eso podía hacer que un hombre moviera montañas. Pero había algo que podía hacer que un hombre moviera un continente entero, algo cuyo funcionamiento nadie entendía del todo bien… la Fe. Poco a poco, Landin se estaba imponiendo. Sus golpes eran apenas una milésima de segundo más rápidos, y tal vez un poco más fuertes. Desde fuera no se apreciaba, pero Gregor y el propio Landin lo sabían. Esta vez era el imperial el que retrocedía sin remedio, bajo una lluvia de golpes asestados con destreza. No podría aguantar así apenas unos minutos, pues su anterior ataque le había dejado apenas sin fuerza, y le costaba llevar el ritmo. El calor hacía que sudara aún más de lo normal, y sus pulmones estaban llenos de azufre, con lo que le costaba respirar un mundo. Su experiencia le dijo que debía encontrar un golpe definitivo, y rápido, o moriría irremediablemente. Había estudiado la secuencia de golpes de Landin y, a pesar de tener un gran abanico de ataques, había un lugar que a veces le quedaba apenas un poco desprotegido, allí donde debería estar el escudo. Ése sería su objetivo. Esperó pacientemente, defendiéndose cada vez con mayor dificultad, a que ese flanco quedara desprotegido, y al fin llegó su oportunidad. Atacó con velocidad y precisión, encontrando el hueco necesario por el que introducir su espada. Y logró su objetivo, pues atravesó la armadura de su rival, y se introdujo por entre sus costillas. Parecía que su plan había dado resultado, pues sintió como la sangre le llegaba hasta los pies. Notó la cálida sangre mojándole las manos, los pies, e incluso su propio pecho y la espalda. Entonces se dio cuenta de que algo no iba bien. Aquella era su propia sangre. Miró hacia abajo y comprendió. Su espada había atravesado el peto de Landin y le había herido de gravedad, pero, a la vez, la espada del bretoniano había entrado limpiamente por debajo de su propia pechera, atravesándole el estómago de lado a lado. Parecía que al fin iba a acabar todo.
Los dos caballeros se mantuvieron el uno frente al otro, sujetando las espadas con sus últimas fuerzas mientras la vida se les escapaba. Pero la herida de Gregor era mucho peor, y en cuanto Landin soltó su espada, el imperial se desplomó de espaldas, soltando su espada y dejándola clavada en el costado del bretoniano, que se la arrancó a la vez que profería un grito de dolor. La arrojó a los pies de Greg, y se acercó a él tambaleándose. Se quitó el yelmo y el peto puesto que ya no los necesitaba, y los dejó caer contra el suelo, produciéndose un estruendo metálico. El público gritaba y le animaba a acabar con el combate de la forma más cruel y sangrienta posible, y se encaminó a hacerlo. Cogió su espada por la empuñadura y la extrajo del cuerpo de Gregor con un sonido de succión, a la vez que el imperial gemía de dolor, pues no podía hacer otra cosa. Landin alzó su espada y se preparó para dar el golpe de gracia. Miró a su alrededor y vio que todos le incitaban a hacerlo; miró a su damisela, que le devolvió una cálida sonrisa y, por último, posó sus ojos sobre el señor de la isla y su elegido, que sonreían satisfechos y le hicieron un gesto para que acabara con su enemigo. Entonces centró su atención sobre el cuerpo que había a sus pies. Miró fijamente a Gregor, que le devolvió una mirada llena de respeto y de perdón. Comprendía que tenía que matarle, y así lo haría. La espada del caballero comenzó a descender rápidamente hacia el corazón del imperial y, cuando parecía que iba a acabar con su sufrimiento, se detuvo a apenas unos milímetros de su objetivo.
-No lo haré -gritó de repente Landin, a la vez que soltaba la espada y miraba desafiante al señor de la isla.
-Claro que lo harás -le replicó éste, que le miró con odio. De repente, Landin sintió que algo penetraba en su interior. El poderoso hechicero estaba intentando doblegarlo bajo su voluntad. Tras unos breves instantes de lucha, en los que nadie, excepto los magos y el propio Deragaar parecían entender lo que ocurría, el mago volvió a hablar–: Vaya, veo que tienes una voluntad férrea, Landin D’anguile.
-Sólo yo y mi Dama decidimos mi camino -replicó éste, burlón.
-Está bien. Haremos esto: dejemos que nuestro público decida… ¡Querido público! La vida del perdedor está en vuestras manos, ¿que decidís? -Dicho esto, estiró su mano y extendió el dedo pulgar, dejándolo paralelo al suelo. Si el dedo señalaba hacia arriba, viviría. Si señalaba hacia abajo, moriría.
Inmediatamente, el público comenzó a agitar sus dedos. Al principio, todos apuntaban hacia abajo, puesto que querían ver más sangre. Pero, poco a poco, algunos dedos empezaron a señalar hacia el cielo, al creer que acabar así con la vida de ese valiente guerrero sería como sacrificar una res. En pequeño número al principio pero siendo cada vez más, al final todos los dedos señalaban hacia arriba. Daba igual la raza o la clase social del espectador, al final todos pensaban que aquel hombre merecía vivir, por el espectáculo que les habían dado entre los dos. Landin miró al público primero y al señor de la isla después, cuyo dedo se elevó lenta y casi dolorosamente. Parecía que era el único que quería que Gregor muriera.
-Está bien. No acabes con su vida. Pero la herida que le has abierto en el estómago acabará con él en pocas horas. -dijo el hechicero con malicia.
-No. Como ganador del torneo exijo mi premio. Quiero que le curéis a él, y que resucitéis a su aliado. Ésa es mi petición y mi deseo. Renuncio a mi premio a cambio de esto -replicó Landin con voz firme y convincente.
-¿Estás seguro de que eso es lo que quieres? ¿Realmente renuncias a tu premio, sin el cual no tendrás posibilidades de vencer a mi paladín?.
-Así es. Para ganar, sólo necesito una espada y mi Fe. Y tarde o temprano tú y tu paladín lo comprobaréis.
-Que así sea, Landin D’anguile. Te nombro vencedor del torneo, pero no recibirás tu premio. A cambio, las heridas de tus dos contrincantes serán curadas, aunque no podrán ayudarte en la última lucha. La final, ha terminado.
Tras decir ésto, el señor de la isla lo dejó todo en manos de sus secuaces, y desapareció junto al vampiro, dejando tras de sí sólo un rastro de polvo.
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