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Relato finalista del I Certamen El Círculo de Escritores Errantes.
Félix adecentaba su indumentaria para el acontecimiento. Rober, el responsable de la sección de arte de la redacción, le había lanzado un SOS: Félix, por favor, acude a cubrir la exposición de Hristo por mí, no soy capaz de despegarme del retrete. Claro, respondió Félix, escueto. Experto en literatura, escritor frustrado, autor de varios estudios sobre los poetas románticos, guardaba en el cajón de un archivo seis novelas policíacas y cientos de relatos. Por tanto, había dedicado su ocupación al único oficio que podía desempeñar con holgura un narrador fracasado: crítico literario.
Arregló el nudo de la corbata ante el espejo de medio cuerpo. Mediana altura, no destacaba por ser grueso ni mucho menos flaco. Cabello castaño, de la tonalidad que poseen las tres cuartas partes de la población. Los ojos, del color de las avellanas, ni grandes ni pequeños. La nariz era del tipo que solemos nombrar griego, aunque no constituía un rasgo del que uno se acordara cuando conocía a Félix. El rostro, castigado por la agudeza de las hojas de afeitar, con aspecto de lija en varias zonas bajo el mentón con hoyuelo. Las patillas estaban rasuradas coincidiendo con las rectas varillas de sus gafas metálicas. Sufría de miopía a consecuencia de forzar la vista a diario, entre las líneas de múltiples libros, aunque hacía tiempo que las dioptrías no se incrementaban.
Recogió la americana del traje de su percha, pasándosela por los hombros. Listo para lo que le deparara el nuevo campo del arte, se despidió de su casa, afianzando el cerrojo con tres vueltas de llave.
***
La puerta giratoria casi le dejó aprisionado en la entrada de la galería. Nunca era capaz de salir de aquellas malignas trampas para personas. Su torpeza le hizo sentirse estúpido. Después de recuperar la compostura perdida, sacudiendo y arreglando su traje, buscó con rapidez el panel de las exposiciones: Hristo, segunda planta.
La galería dedicaba buena parte de la manzana que ocupaba al arte moderno, las blancas paredes atiborradas de pinturas que poco tenían de arte figurativo, manchas de color, siluetas asimétricas… Aquel no era el arte que había estudiado en su juventud. Velázquez, El Greco, Miguel Ángel, Rodin, Rubens, Rafael, Goya, habían sido unas cuantas referencias clásicas. ¿Cómo se enfrentaría a la crítica de la instalación de un escultor de vanguardia?
Por la escalera que conducía al segundo piso, Félix se topó con varias decenas de jóvenes vestidos a la moda que, en grupitos, entonaban alabanzas y entusiastas comentarios con relación a Hristo. Fenomenal, cacareaba un joven de largo flequillo cortado al bies sobre los ojos. Ha levantado ampollas en los sectores cristianos más conservadores, agregó otro muchacho. Espectacular, nunca veremos nada similar, alardeaba una mujer de ajustado vestido rosa, tacones de diez centímetros y pelo teñido de rubio platino.
La sala a la que accedió, tras dejar atrás a la pandilla de urbanitas, no le defraudó.
Los dos muros remataban, a decenas de metros por encima de su cabeza, en una bóveda apuntada, en la cual se abrían claraboyas de cristales policromados, aparentando las vidrieras de un templo de estilo gótico. Reflejos rojos, amarillos, verdes y azules, coloreaban la estancia, dotándola de un aura mágica, de una atmósfera que invitaba, sugerente y sensual, a la sorpresa, a la imaginación. Grandes focos halógenos, inscritos en el piso de pálido mármol, añadían calidez, a la vez que acentuaban en un primer plano la monumental obra del escultor húngaro.
Una docena de enormes efigies relacionadas con escenas religiosas posaban impenitentes, ubicadas en los puntos clave de iluminación para lograr el máximo efecto. No recordaba demasiado de sus clases de arte de la universidad, sin embargo, las técnicas empleadas en aquellas piezas de arte le resultaban soberbias.
El autor había conseguido un grado supremo de realismo en los rostros de las figuras; se le antojó, en ciertos momentos, que no eran piezas inertes de roca moldeada, sino auténticos seres humanos, estáticos cual mimos.
San Jorge y el dragón. Leyó en una de las placas informativas. La escultura, un grupo de grandes dimensiones, representaba un caballero medieval, pertrechado con la armadura metálica completa, montando un caballo encabritado. El jinete alanceaba con su arma el pecho de un dragón de terroríficas fauces que había lacerado el vientre de la montura con sus garras. Parpadeó y, cuando Félix cerró los ojos, los personajes se pusieron en movimiento, al igual que un viejo carrusel, reanudando su ancestral contienda. Intuyó que el asta del caballero sería corroída cuando entrara en contacto con la ácida sangre de la sierpe. A pesar de eso, el guerrero de alto yelmo y bermeja cruz latina sobre el pecho de la sobreveste, aparentaba afianzar su embate, hundiendo la lanza en las entrañas de la bestia con los últimos redaños de su fuerza. Se imaginó el semblante de esfuerzo del santo guerrero apretando los dientes, implorando a su Dios para que le inspirara en el último asalto de la ciclópea lucha. El demonio, encarnado en la forma del reptil, agitaba el hocico abierto, tratando de alcanzar con una de sus temibles y ponzoñosas dentelladas al buen cristiano…
Las voces de los visitantes le sacaron de la ensoñación. Félix tomó una libreta del bolsillo interior de su americana, anotando unas frases con la pluma. ¿Las siete y media? Pensó, echando un vistazo al reloj. ¿Había pasado tres cuartos de una hora ensimismado ante una escultura? A menos que se apresurara no le daría tiempo a evaluar la exposición.
El crítico miró de reojo a un Daniel entre los leones, repleto de verismo. Fue capaz de distinguir los diferentes mechones retorcidos en las melenas de las fieras, dándole volumen al pelaje, casi como si sus cabellos se agitaran por el movimiento, las bocas abiertas, mostrando los potentes y aguzados colmillos para desgarrar la carne del condenado, los fuertes músculos de las patas de las bestias, que se marcaban en el gris pétreo del alabastro. Mas el éxito del conjunto lo constituía la expresión de terror de la figura humana, el rostro lleno de pánico de Daniel, ante la expectativa de ser devorado por los felinos.
Félix se escurrió entre una pareja adicta a las instantáneas, encarando la siguiente escultura. Casi escondida tras la angosta penumbra de una pareja de focos, parecía encastrado a propósito en aquel puesto, con el fin de pasar desapercibido, aunque Félix advirtió el engaño y se detuvo delante de la obra.
El cuerpo de un ángel languidecía contra un muro pétreo, en un escorzo a un metro de altura, atravesado por una decena de lanzas. Ángel Caído, escribió entusiasmado sobre su cuaderno. Se extrañó de que no hubieran aprovechado la iluminación para resaltar la que, sin duda, era la mejor estatua del artista, merecedora de un lugar privilegiado en la instalación.
La mueca de sus facciones demostraba la expresividad y realismo que había conseguido el autor. Los rasgos se desdibujaban, se retorcían, forzados, la boca entreabierta, los ojos cerrados a medias en un gesto de angustia infinita. La cabeza flexionada frente al espectador, el cabello ondulado enmarcaba sus rasgos andróginos, los músculos del cuello tensos. Las extremidades superiores se extendían a diferentes niveles, mostraban los tendones y las fibras de una atlética y hercúlea constitución. Las venas engrosadas en los bíceps, querían estallar y esparcir su contenido en derredor. Las manos eran fuertes, los dedos, delicados, colgaban sin vida. El tórax, girado noventa grados sobre su eje, permitía contemplar parte del costado, allí donde brotaban dos astiles de lanza y el organismo aparentaba encogerse ante la recepción de los dardos.
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¿Los ángeles tenían sexo? Aquel sí, desde luego. Lucía un órgano sexual masculino bien proporcionado. Las piernas desarrolladas, cruzadas una encima de otra por las pantorrillas y ensartadas con una nueva lanza. Los tobillos y los pies de bellas formas, perfectos, descendían extendidos sin llegar a tocar el piso.
Las alas, que permanecían desplegadas, medirían seis metros según sus estimaciones, quizá más, constituyendo la característica más espectacular del conjunto. Los apéndices alados se asemejaban a los de las aves, empero a una escala titánica. La reproducción del plumaje era muy veraz, recreando cada una de las plumas con asombrosa precisión, dándoles una cualidad aterciopelada y suave. Difícil de creer la maestría y la pericia del artista que había trazado hasta el más ínfimo detalle en la piedra. A Félix le recordó el dramatismo de La Piedad de Miguel Ángel. Simulaba una crucifixión, la crucifixión del ángel caído, castigado por su rebeldía.
Una fotografía, se dijo. Sí, siempre que aquello fuera posible, el escultor no había contado con una instantánea de la efigie angelical como modelo en el que inspirarse. La escena destilaba patetismo, las alas cercenadas de parte a parte y el resto de la composición, le trajeron a la mente la imagen de un insecto disecado sujeto con alfileres a un corcho de coleccionista.
Los ojos petrificados se movieron, entornándose, buscando los suyos. Los labios trataron de moverse para formar las palabras: Ayúdame, Félix…
Félix había escuchado aquellas palabras. La inquietud le advirtió que se marchara.
-¿Podría ayudarle en algo? -le sobresaltó una voz con acento extranjero a su espalda.
-No, gracias -replicó, incómodo. Acaba de darse cuenta de que él y el recién llegado eran las únicas personas que permanecían en la sala; la hora de cierre debía estar próxima. Delante de él estaba plantado un hombre apuesto, bien vestido, de mediana edad, un ojo azul, el otro verde, nariz aguileña, frente huidiza y mentón puntiagudo adornado con una perilla oscura. Sus manos no cesaban de moverse, se retorcía la barba, se tocaba el cabello oscuro, se rascaba la sien...
-Permítame que me presente: Hristo -le estrechó la mano, Félix se encogió, pues estaba helada.
-¿Es usted el autor?
-Sí, yo soy el creador de estas maravillas -estiró los brazos en un intento de abarcar por entero la estancia.
-Enhorabuena. Mi nombre es Félix Moreno. Son fantásticas.
-¿Le gustan? Me alegro. ¿Es usted aficionado al arte?
-Un poco, en realidad realizo críticas sobre libros en una revista cultural de tirada local.
-Literatura, me entusiasma la literatura. ¿Escribe artículos sobre arte también?
-No acostumbro a hacerlo; le hago un favor a mi compañero que se sentía indispuesto.
-Entonces, ¿se lleva una buena opinión? -inquirió frotándose la mano izquierda con la derecha.
-La mejor. Le aseguro una buena crítica. ¿Se quedará mucho tiempo por aquí? -intentó averiguar.
-Apenas un par de semanas más. Después volaremos a otras ciudades para que aprecien la belleza de mi arte tan bien como ha hecho usted.
-Gracias, debo marcharme.
-A escribir la crítica, supongo. Me gustaría leerla.
-Sí, eso es. Encantado de conocerle, ha sido un gran honor -contestó, ansioso por dejar a aquel hombre junto a sus reproducciones.
-El placer ha sido mío. Espero que me envíe ese artículo suyo.
-Cuente con ello, se lo haré llegar. Adiós.
-Adiós.
Félix bajaba por las escaleras cuando escuchó de nuevo la voz de Hristo. Decidió regresar sobre sus pasos, caminando con cautela. El artista regañaba y advertía a alguien. Félix permanecía oculto, parapetado detrás del murete de la escalera.
-…que os sirva de lección a los demás…
No podría asegurar a ciencia cierta si había oído aquellas palabras, ya que su escondite distaba más de cien metros del escultor. No alcanzó a averiguar qué decía ni con quién parlamentaba tan vehemente… Desde su posición veía su silueta con nitidez. El artista desapareció en dirección a unas escaleras que Félix no había advertido con anterioridad. ¿Y si se marchaba? A continuación, Hristo regresó. Portaba una lanza de unos dos metros en sus manos. Estaba rematada en una aguda cabeza metálica triangular, en apariencia muy afilada.
-…no escarmentarás nunca. Me obligas a castigarte… -se situó delante de la efigie del ángel-… por última vez, ríndete. Sométete a mi poder. ¿Te niegas?
Blandió el asta hacia la estatua y, con un violento empellón, introdujo la punta del arma en el pecho del ángel. Para sorpresa de Félix, la lanza no se rompió al chocar contra la piedra, sino que fue penetrando poco a poco. Cuando el extremo asomó por el flanco de la escultura, Hristo dejó de empujar.
El esfuerzo recorría su cara, gotas de sudor inundaban la frente. Se las secó con el dorso de la mano. Temblaba.
El saliente aún cimbreaba. Félix estaba atónito. Contempló cómo la lanza se iba trasformando del gris de la roca en un proceso que comenzaba desde el interior de la obra hacia el mango de madera. En unos segundos, el arma terminó de petrificarse. El artista, con un gesto satisfecho, le dio la espalda y anduvo con lentitud, desapareciendo por las escaleras opuestas que Félix no había visto. Éste no sabía si estaba sufriendo alucinaciones, o el suceso había sido real.
Observó por última vez el conjunto. La lanza se había acoplado a la escultura, volviéndose de la misma textura, al igual que si hubiera formado parte de ella desde su creación. Un nuevo prodigio desfiló ante sus ojos.
Diminutas gotas de un líquido espeso correteaban por el astil del arma, perdiendo velocidad a medida que se aproximaban al cabo del arma.
Infundiéndose valor, se atrevió a adentrarse en la estancia otra vez. Sólo le sirvió para percibir, despavorido, que el ángel sangraba por su reciente herida y que las perlas rojas se tornaban de la consistencia de la piedra, dejando a su paso regueros pétreos.
Una única gota por poco logró escapar de la maldición de la piedra, permaneciendo colgada por un fino hilo durante un suspiro. Sin conseguirlo, quedó como un elemento que otorgaba más verismo, si cabía, a la obra de Hristo.
Félix huyó corriendo, sin pararse a pensar si había sido testigo de un hecho mágico, conjuro o ensalmo.
El guardia de seguridad le retuvo hasta que comprobó su identidad y el motivo por el cual estaba todavía en el museo, una hora más tarde del cierre de las puertas. Dadas las oportunas explicaciones, Félix regresó a su casa. Allí, sentado en el sillón, rememoró los sucesos que había presenciado, preguntándose si no habría sido víctima de un truco de ilusionista o de una sugestión. Quizás había soñado la escena que ahora se le antojaba auténtica, tal vez, por culpa del cansancio acumulado. Se pellizcó dejando en la piel del brazo un cardenal. No había imaginado nada de aquello. Seguro.
Antes de perder el hilo de su inspiración, comenzó a escribir el artículo. El título de la crítica fue: Hristo, arte real como la vida misma.
A partir de entonces, Félix no se inmiscuyó en nada que estuviera relacionado con el arte.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Buen relato |
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20-12-2007 16:06 |
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Aunque creo que el cierre no aprovecha toda la ambientación ni la tensión creada. Es simpático y tiene su gracia salirse con el imprevisto antiheroico, pero creo que pierde por intensidad. Quizás hubieras podido forzar más la máquina antes de pararla.
En cualquier caso, como digo, un buen relato. Espero leerte unos cuantos más.
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RE: Buen relato |
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20-12-2007 20:49 |
Hola. Sí tal vez tengas razón, pero tendría que haberlo alargado bastante. Además, creo que la reacción del protagonista, o por lo menos eso pretendía, se parece a la de una persona normal, que se ve envuelta en un suceso que no es capaz de explicar.
De todas formas gracias por tus comentarios Akhul.
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Revisitación de un clásico |
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21-12-2007 09:10 |
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Un buen relato, que mantiene el interés y que está muy bien escrito. Supone un giro sobre los crímenes del museo de cera, que me atrae por la intensidad de las representaciones, con tintes míticos.
Como puntos fuertes destacaría la ambientación, algunas descripciones y la agilidad del diálogo.
Sin embargo coíncido con Akhul en que el final está poco aprovechado, y la tensión creada se diluye un poquito. Igualmente creo que pierde un poquito al principio por un exceso de descripción (¿es tan importante conocer tan minuciosamente el aspecto físico del protagonista?) y algunos detalles a pulir (p. ej. en mi opinión hay que introducir desde un principio la idea de que aunque es critico literario - ¿?detalle que tampoco aporta nada a la historia -hace una crítica de arte por un favor a un amigo, y no dejarlo para la conversación final, porque el lector, o al menos a mi me ha pasado, se lo cuestiona antes; o que el rostro de Daniel refleje miedo ante los leones -porqué, si precisamente la parábola es al revés-, o que el angel caído esté crucificado -debes señalar este detalle, pues, que yo sepa, al amigo lucifer no le crucificó nadie, y reina tranquilamente en los infiernos...-)
Pero, vamos, nada que desmerezca un gran relato, vivo e intrigante.
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