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Continúa la exploración de la Dimensión de la Gran Fortaleza del demonio Altozdden
El llano de las esporas
Los exploradores de Creek se internaron en la caverna en busca de trazas o rastros que delatasen a cualquier posible habitante del lugar o cualquier amenaza oculta. Aquel lugar no era más extraño que cualquiera de los que ya habían atravesado, pero Jarja percibía una atmósfera todavía más siniestra.
Su hermano encontró, oculto bajo la vegetación del suelo, lo que pudiera haber ocasionado aquel presentimiento. Grandes bulbos violáceos yacían a cubierto bajo los densos matorrales, y, según le dijo Akena, estallarían bajo la presión de sus pasos. Aquella caverna podía ser una auténtica trampa mortal. Volviendo a colocar el manto de vegetación con cuidado, los dos exploradores continuaron su rastreo. Jarja no tardó en encontrar trazas de grandes pájaros; buitres, a juzgar por sus deposiciones y sus huellas. Justo en aquel momento, cuando se preguntaba qué tipo de buitre podría vivir en una gran caverna como aquella, aparentemente cerrada y sin carroña, una gigantesca bandada de aquellos animales alzó su vuelo de entre los matorrales y cayó sobre ellos.
Eran grandes y negros como las zarpas de una pesadilla. Llenaban el aire con sus graznidos y con sus plumas, desprendidas en sus furibundos aleteos sobre los exploradores. Sus picos y sus garras buscaban ansiosos la carne oculta bajo las armaduras de cuero endurecido.
Jarja empuñó su lanza y con grandes arcos intentó mantener alejados a los pájaros. Sin embargo, éstos, gracias a su gran número, pronto dominaron la situación. Consiguió ensartar a un par de ellos antes de que hincasen sus garras sobre sus hombros. A partir de aquel momento fue una lucha enloquecida por la supervivencia.
La lanza no le servía para batir a los buitres que se aferraban a su espalda, y ni su hermano, sobrepasado por su número, ni sus compañeros, que se batían ferozmente en la plataforma de la espiral de muertos, podrían acudir a su rescate. Sabiéndose solo, Jarja se batió como un animal acorralado.
A los pocos minutos, su hermano caía debilitado por numerosas heridas, y media docena de feroces buitres se avalanzaban sobre él, devorando su carne allí dónde la armadura no alcanzaba a protegerlo. Enloquecido ante aquella imagen, el bárbaro arremetió contra las aves que le rodeaban y cargó hacia su hermano. Al vulnerar la guardia de aquella manera, los animales encontraron hueco en sus piernas dónde clavar sus afiladas garras. Seriamente herido, Jarja hincó la rodilla en tierra y se preparó para una última defensa.
Lo último que alcanzó a vislumbrar, antes de perder el conocimiento, fue a Darkoon, el guerrero solitario, saltando desde la plataforma hacia ellos. Después fue la negrura, atravesada únicamente por los gritos desesperados de moribundos y heridos.
***
Minutos después recuperó la conciencia. El propio Darkoon le había arrastrado de vuelta a la plataforma, dónde los supervivientes se vendaban las heridas y reagrupaban a los caídos. Junto a su hermano Akena, portado por su salvador, yacía el cadáver de Talion, el joven guerrero al que Sith había traído de su natal Saxai. Algo más lejos, Jala, la hermosa muchacha del Mar de Bruma, y su amante, el amable Beilic, yacían desfigurados por los picotazos pero enlazados con inmensa ternura en un último abrazo. Junto a ellos permanecía sentado Crai, el curtido veterano, en silencio. Pues ni aun habiendo perdido una mano y a dos camaradas se permitía lágrimas que pudieran resbalar por sus mejillas. Demasiadas cicatrices.
Nekart, su capitán, no desfallecía a pesar del macabro final de aquella batalla. Seguían en territorio hostil y no permitiría que su grupo cayese en una nueva emboscada. Demorándose tan sólo para prender fuego a los camaradas perdidos, el de Kilimar reorganizó la marcha del grupo. Atravesarían aquella caverna antes de descansar. Tal vez tras ella encontrasen algún refugio.
Jarja se demoró un instante ante el fuego que devoraba a su hermano junto con el resto de sus compañeros muertos. Quería elevar una última plegaria por su alma, para que pudiese encontrar el camino de vuelta a su aldea y esperarle con sus antepasados. Pero no sólo eso. También quería elevar un juramento de fidelidad a Darkoon, al guerrero que le había rescatado de las garras de aquellos buitres infernales y que había evitado que el cuerpo de su hermano sirviese de carroña. A aquel solitario muchacho quería unir su destino, fuera dónde fuese que les condujesen sus pasos.
Sellado el juramento en las mismas llamas que reducían a Akena a cenizas, Jarja dio media vuelta y siguió al resto de la expedición. Quedaba una larga marcha por delante hasta que alcanzasen aquel arco de medio punto casi invisible en la penumbra, y sus miembros todavía estaban resentidos por el ascenso a través de la escalera de caracol y la intensa batalla que habían librado.
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