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Romántica historia musical donde un niño aparentemente huérfano, intentará encontrar a sus padres a través de un don natural que posee para la música. Una historia perfecta, diferente, melosa pero a la vez típica, que a pesar de su escasa o nula publicidad, los incondicionales de la música disfrutarán.
“Escucha… ¿La oyes?... La música, la oigo en todas partes, en el viento, en el aire, en la luz… nos rodea, sólo tienes que dejarte llevar, sólo tienes que… escuchar. En el lugar donde crecí, no querían dejarme escuchar la música, pero cuando estoy solo, es como si saliera de mí, y si pudiera aprender a tocarla… me escucharían, sabrían que soy suyo, y me encontrarían”. “Hay veces que te la intentas robar, pero yo creo en la música, igual que otras personas creen en los cuentos de hadas…” Así es como empieza la película, en un campo de trigo, un principio prometedor y lleno de magia.
Imaginaros un trozo de dos vidas tomadas en un momento en que se cursaron juntas, con identidad de aspiraciones y conjunción de ensueños, o lo que es lo mismo, un flechazo, un amor a primera vista, aderezado por una correspondencia tácita totalmente mutua. El momento en el que se produce ese encuentro todo es perfecto, mágico, pero cuando llega el momento de la despedida, y deciden dejar ese momento atrás en el recuerdo como uno más, con el tiempo se dan cuenta que ese momento fue el más especial en sus vidas, se sienten incompletos, y lo que antes los reconfortaba de una manera u otra, la música, después en cierto modo la temen y la odian de igual manera, pero es esta misma la que los guiará cual baldosas amarillas a Alicia en el país de las maravillas…
Él, Jonathan Rhys Meyers (Match Point), es un joven guitarrista con muchísimo talento, y ella, la guapísima Keri Russell (Felicity), es una violonchelista también con un prodigioso don para la música. Ambos, tras esa especial noche, dejan también consigo el nacimiento de un niño, el cual es totalmente desconocido para ambos por diversas circunstancias que se van desarrollando en sus vidas.
El resultado de esa unión es August, Freddie Highmore (Arthur y los Minimoys). Con tan solo once años, y en su búsqueda por encontrar a sus padres, empieza a ganarse la vida como músico callejero, tutelado por el algo despiadado y misterioso “brujo” Robin Williams. Pronto todos descubren que este niño es todo un portento musical, un prodigio fuera de lo común, totalmente a la altura del mismísimo Mozart, y este hecho es el que en mayor o menor medida le ayudará en su búsqueda hacia sus padres.
“¿Sabes qué es la música? Una conexión armoniosa entre todos los seres humanos”. Una perfecta definición entre tantas otras sentencias totalmente adecuadas y válidas que se dicen en esta película. El director Kirsten Sheridan nos relata una sentimental y entrañable historia que huye de tantísimas producciones frías y sin emoción que últimamente parece que tanto nos rodean.
Personalmente no alcanzo a entender cómo una película que rebasará los 30 millones de dólares de recaudación en los Estados Unidos haya pasado tan de puntillas en España, y tanto es así que un servidor, si no hubiera sido por la encarecida recomendación de un amigo, ni tan siquiera la hubiera conocido, ya que ni la vi anunciada en carteleras, ni por televisión y ni mucho menos en el mismísimo cine. En esta línea también discrepo totalmente con las dos feroces críticas que están publicadas en Filmaffinity. Si os fijáis, la nota, y las opiniones de los pocos que la han visto, no se muestran para nada acordes con las mismas.
La banda sonora, como no podía ser de otra manera, es uno de los aspectos más cuidados de la película, y no dejará indiferente a nadie. Por otro lado, el guión, a pesar de ser bastante típico y previsible, es un factor que no se oculta en ningún momento, se sabe y te cuentan que va a ser así, que eso es exactamente lo que vas a ver, porque es una historia que va a lo que va: a contar una dulce e idílica historia de amor, llena de sentimentalidad, ternura, emoción, y en busca, por qué no decirlo, de la lágrima. Si el espectador se mete en esa situación, de que va a ver, por así llamarla, un cuento de hadas, lo entenderá todo y saldrá bien gratificado de la misma.
Si estáis cansados de ver siempre lo mismo, y queréis ver algo distinto, diferente, mágico y entrañable (las dos palabras que no puedo dejar de repetir), al igual que hicieron conmigo, os lo recomiendo de todo corazón, con las premisas que ya os he puesto en antecedentes. No os esperéis encontrar ninguna obra maestra, ni ningún musical al estilo Moulin Rouge. ¿Nunca habíais visto antes a nadie intentando buscar y encontrar la felicidad a través de la música? Tal vez sí, y aquí esa búsqueda se traduce de manera literal. La película persigue y consigue una historia aceptable, totalmente digna de ser vista, y que consigue su propósito sin más: entretener al espectador en un sueño que, creemos, sólo puede pasar en las películas. ¿Y dónde si no?
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