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Continúa la exploración de la Dimensión de la Gran Fortaleza del demonio Altozdden
Nekart se despertó después de varias horas de intranquilo sueño. Su cuerpo se había reposado más que su mente, y se sentía con energía suficiente para continuar la marcha. Con el ánimo algo más entero, recuperado en cierto modo de los horrendos sucesos de las jornadas precedentes, decidió retomar las riendas de lo que consideraba eran sus obligaciones.
Comprobó el estado de sus armas y se encaramó a uno de los potros de tortura junto al que habían dormido. Su talla era colosal; se hubiera podido pensar que estaba dispuesto para acoger a un gigante. Otros de los instrumentos que se desperdigaban por doquier, por el contrario, estaban diseñados claramente para seres de su estatura. Algunos esqueletos en el interior de jaulas de metal, de damas de hierro y de gigantescos relojes de arena mostraban que aquella última apreciación era acertada.
Existía una extraña relación en el tamaño de las cosas que resultaba incongruente, perturbadora. Bajo aquellas cúpulas, a la sombra de los muros y las columnas pintadas en verde y rojo, se extendían mesas y utensilios que igualmente podían servir a enanos que a titanes. La propia arquitectura del lugar parecía adecuarse, con una extraña armonía, a aquel absurdo. El mercenario se alegró de no haber encontrado a ninguno de los habitantes de aquel lugar. También, en cierto modo, se alegró de tener a Draco en la compañía.
Con esta suerte de reconocimiento en la mente, descendió del potro de tortura y se acercó al brujo. Éste permanecía en el mismo lugar en el que le había dejado la noche precedente. Su sirviente diabólico le guardaba las espaldas. Sin pronunciar palabra, se situó frente al hechicero y le saludó marcialmente. Éste levantó la mirada del pergamino en el que estaba escribiendo.
-Veo que finalmente el perro reconoce al amo -siseó complacido-. Denota inteligencia por tu parte, mercenario. Supongo que querrás saber cuáles son mis planes para hoy. Es sencillo: mi siervo ha localizado en el centro de la estancia unos volúmenes que me complacerá estudiar. Allí trasladaremos el campamento. He preparado una pócima para los heridos, quiénes permanecerán a mi lado recuperándose, pues seguramente les necesitaremos más adelante. El resto de los hombres te ayudarán a inspeccionar la sala. No olvidéis mostrarme todos los objetos que encontréis. No creo que podáis discernir los importantes de los que no lo son.
Sin contestar verbalmente, pues temía no poder contener su lengua, saludó y se dio media vuelta. Despertó a Sgermic, a Ahax y a Sith, los únicos miembros de la partida relativamente íntegros, y partieron de inmediato a inspeccionar el lugar.
Durante horas registraron aquella extraña mazmorra abandonada, intentando encontrar algo de valor o, al menos, algún indicio de qué era aquel lugar. Únicamente encontraron una increíble gama de instrumentos de tortura devorados por el tiempo y sepultados por el polvo.
A mitad de la inspección, justo cuando llegó al borde de un gran foso rebosante de esqueletos de roedores, Nekart reparó en otro conjunto de blancas osamentas. Al otro lado de aquel agujero se podían contemplar los huesos de decenas de guerreros, mezclados unos con otros. Con una gran melancolía, el de Kilimar los observó.
-El destino de todo guerrero -murmuró Sith situándose a su lado.
-¿Morir y permanecer olvidado en el confín del universo? -contestó él dejándose llevar por el momento.
Sith agradeció sus palabras, que mostraban hasta qué punto su camaradería iba más allá de la simple relación profesional. No obstante, no quiso forzar la situación.
-He encontrado una chuchería que hará las delicias del brujo -dijo mostrando una estatuilla de obsidiana con la forma de un demonio sentado.
-Vayamos a mostrársela -repuso el capitán mercenario dando la espalda al campo de batalla cubierto de polvo-. Tendremos tiempo para continuar la búsqueda de nimiedades entre todo este óxido y carroña.
Sith asintió en silencio y, tras reunirse con Sgermic y Ahax, volvieron al nuevo campamento. Ahí estaba Draco, sumergido en la lectura de uno de los gruesos tomos que, encadenado, reposaba sobre un gran atril en el centro de la estancia. El resto de los miembros de la partida reposaba por tierra, envueltos en sus mantas más por crear una sensación de confort que por auténtico frío.
Los cuatro recién llegados se unieron a ellos en silencio y, poco a poco, se sumieron en el sopor generalizado. Para su sorpresa, Draco no ordenó levantar el campamento aquel día y, vencidos por el cansancio, los aventureros se abandonaron al intranquilo sueño que habían interrumpido el lo que hubiera debido ser el alba.
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