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Una ciudad cualquiera


Relatos de Ciencia Ficción

19-02-2008 16:50
Por: An saura

Relato sobre los desastres de la guerra en todo su "esplendor".


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Una ciudad cualquiera

Ruido de disparos, el retumbar de las explosiones: eso es lo que se escuchaba aquel día en mi ciudad, una ciudad cuyo nombre he preferido arrinconar en la memoria hasta el día de hoy. El día en que he decidido narrar lo que viví aquel funesto día.

El día comenzó como cualquier otro. Mi madre me sacó de la cama al grito de “¡Que llegas tarde otra vez!” Sacudí el sueño de mi mente con un par de parpadeos mientras contemplaba los pósters de grupos de música y los libros de las estanterías. Con un largo y sonoro bostezo me levanté de la cama y comencé a vestirme con prisa. Salí de mi habitación colocándome el cinturón mientras bajaba las escaleras y entré en la cocina para meterme algo en el cuerpo para resistir el día en el instituto. Me despedí de mi padre, que me respondió con un breve “Adiós” con el entrecejo fruncido, y de mi madre, y salí a la calle con la mochila a cuestas. Ésas eran las últimas palabras que escucharía de mis padres el resto de mi vida, pero el aquel momento no podía imaginármelo.

Tal vez hubiera podido advertir que algo ocurría por la cara de preocupación de mi padre, pero con catorce años no se presta atención a esos detalles. Recorrí las seis calles que me separaban del instituto todo lo velozmente que podía con una pesada mochila a la espalda y llegué a la puerta principal al toque de campana, como siempre. Subí al primer piso del edificio del instituto junto con la multitud que se apelotonaba en unas escaleras demasiado estrechas para aquel volumen de humanidad. Entré en mi clase y me senté en mi lugar junto a la ventana, desde la cual se podía ver buena parte de la ciudad gracias a la loma en la que estaba ubicado el instituto. Bajo mi ventana había un parterre con chinarro desde el cual se podía subir al tejado del pabellón deportivo, algo que siempre hacía algún gilipollas todos los años; esa estadística no fallaba nunca.

Junto a mí se sentó Iris, una buena amiga a la cual comenzaba a mirar con ojos menos inocentes que los de un simple amigo. Hablamos durante unos minutos sobre el fin de semana y de lo que habíamos hecho antes de que entrara nuestra profesora. Era aquel tipo de profesora que hacía que todos los chicos, por problemáticos que fueran, atendieran en sus clases, o más bien le miraban las tetas y callaban porque, para qué engañarnos, era una de nuestras sex symbol de principios de la adolescencia. Iris solía gastarme bromas sobre la forma en que mirábamos los chicos a esa profesora; nos comparaba con zombis descerebrados con mucha, pero que mucha razón. Aquella mañana la profesora llegó a clase sin arreglar, algo extraño y poco común en ella. Su rostro tenía una expresión distraída y preocupada a la vez y no parecía demasiado concentrada en sus explicaciones: era como si su mente anduviera lejos de allí. Entonces ocurrió.

Un resplandor de luz inundó la clase, seguido de un estruendo que reventó todas las ventanas e hizo que cayeran sobre nosotros trozos de cristal. Por fortuna, me había vuelto hacia Iris para cubrirla nada más percibí el resplandor de luz, lo que hizo que sólo recibiera algunos leves cortes en la descubierta nuca. Miré el rostro de terror de Iris y le pregunté si tenía algún corte antes de mirar al resto de la clase. Algunos de mis compañeros de clase tenían cortes en cara y brazos y en todos ellos había una expresión de desconcierto y terror como la que tenían los civiles durante un ataque a su ciudad cuando aparecían en los telediarios.

Uno de mis compañeros estaba herido: unos cristales le habían entrado en los ojos y sus gritos llenaban la clase encogiéndonos el corazón por lo deshumanizados que sonaban a nuestros oídos. La profesora, indemne por haber estado junto a la puerta, se acercó al alumno y le obligó a quitarse las manos que le cubrían el rostro. La visión de los ojos de mi compañero, que yo compartí por estar situado justo detrás de la ella, nos hizo lanzar un grito ahogado de miedo y compasión. Durante un breve instante pudimos ver una escena dantesca: la cara de mi compañero estaba llena de cortes y cristales incrustados profundamente en la carne, pero lo peor eran los ojos. Los globos oculares que instantes antes habían mirado con incredulidad hacia el exterior ahora estaban rasgados por los cristales y tenían decenas de ellos clavados profundamente. De ellos salía sangre de forma lenta y continua, formando una estampa horrible de ver que aparentaba que el pobre desafortunado estaba llorando sangre.

Al poco escuchamos otra explosión, y otra, y otra, y muchas más. Todas esas explosiones estallaron lejos del centro, en el interior de la ciudad. Un impulso me llevó a acercarme a la ventana y mirar hacia fuera. A lo lejos había varias columnas de humo negro que no auguraban nada bueno para los seres que hubieran estado situados allí en el momento de la explosión o el impacto, ya que no podíamos saber si eran bombas o misiles desde nuestra posición. La profesora me gritó enseguida que me alejara de la ventana, que podía ser peligroso. Me estaba alejando cuando vi algo por el rabillo del ojo. Me agaché tras la pared y miré desde esa posición algo más segura el exterior del recinto del instituto. Junto a la puerta, un grupo de soldados vestidos de negro se preparaban para entrar al recinto.

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“¡Soldados!” Grité con pánico, pues en sus uniformes se veían enseñas diferentes a las de los nuestros. “¡Alejaos de las ventanas!” Volvió a gritar la profesora para sobreponer su voz a los gritos de mi compañero herido. Pronto se escuchó un fuerte golpe y gritos de miedo por el edificio; por suerte a esos gritos no les sucedieron las detonaciones de los fusiles de los soldados. Pasaron unos minutos de miedo y angustia hasta que los soldados llegaron a nuestra clase. Entraron dos de ellos por la puerta entreabierta, con los fusiles bajos y seguros de que ahí no encontrarían ninguna amenaza; se encontraron un aula silenciosa, con todos nosotros apretujados en una de las esquinas de la misma con la excepción de mi compañero herido. Éste se encontraba en el mismo lugar que antes, con las manos sobre los ojos mutilados y gritando de dolor.

“Me está poniendo nervioso” dijo uno de los soldados mirándole retorcerse en el suelo. Como toda respuesta, su compañero levantó su fusil y disparó dos veces en la cabeza al pobre muchacho. Las detonaciones unidas a la visión de un cráneo reventar en una explosión de sangre nos hicieron gritar de pánico a todos nosotros, sobre todo a los de la primera fila ya que, a la visión del cráneo reventado, se unían las salpicaduras de cálida y pegajosa sangre. Me limpié con frenesí el rostro y, al volver a abrir los ojos, me encontré frente a otra de las aberraciones de la guerra: las violaciones. Uno de los soldados, el que empuñaba el fusil con el cañón humeante por los disparos, parecía que tenía sed de sexo después de probar la sangre, ya que había agarrado a la profesora y la había arrastrado hacia el otro extremo de la clase riéndose lascivamente. Miró con complicidad a su compañero y rajó la camisa de la profesora y arrancó de un tirón su sujetador para luego morder sus pechos. El otro soldado se acercó por detrás y le bajó la falda y las bragas de un solo tirón, dejando su sexo a la vista de todos. Entre los dos la pusieron a cuatro patas y la comenzaron a violar a la vez, uno por el ano y otro metiéndole la polla en la boca, ahogando con ello sus gritos y súplicas. Por el rostro de la profesora caían lágrimas de dolor.

Por despreciable que parezca, el aquel acto horrendo vi mi salvación y la de Iris. Nosotros dos, por algún azar del destino, nos habíamos quedado arrinconados junto a la ventana. Con unos rápidos gestos le indiqué a Iris que saliera al parterre por la ventana; ésta, tras un último vistazo a la violación y con un gesto mezcla de furia, impotencia y dolor, salió al parterre delante de mí. Salí con sigilo tras mi compañera, pero un grito de dolor masculino me hizo girar la cabeza un instante para mirar el interior. Uno de los soldados se agarraba una sangrante entrepierna y gritaba de dolor con los ojos completamente abiertos y, frente a él, se encontraba la profesora, con gesto desafiante y con la boca completamente embadurnada de sangre. Le había arrancado la polla a su violador de un mordisco. Me volví de nuevo hacia la salvación, sabiendo que aquel valiente acto de rebeldía le iba a costar la vida a la mujer y, en efecto, pronto escuché un disparo y unos gritos. Otra víctima habría caído derrumbada junto a la primera, una mujer y un adolescente unidos por el mismo destino nefasto.

Me sequé los ojos llenos de lágrimas y seguí a Iris saltando al pabellón deportivo y luego descendiendo por uno de los gruesos canalones. Al descender, le hice señas a Iris para que corriera hacia la valla trasera del instituto para saltarla. Le ayudé a saltarla y luego la seguí. Por suerte no parecía haber soldados alrededor del instituto; o eso, o que estábamos de suerte. Nos quedamos un momento inmóviles, con el regusto agridulce de haber conseguido escapar pero sabiendo que no volveríamos a ver a nuestros compañeros, al menos en esta vida. Una serie de disparos lejanos nos hicieron reaccionar y, cogidos de la mano, corrimos hacia la casa de Iris, a tan solo una calle del instituto. Con el corazón encogido por el miedo y con los nervios a flor de piel, avanzamos por las desiertas calles de lo que había sido nuestra ciudad.

Pronto llegamos al bloque de pisos en el que vivía Iris, abrimos la puerta metálica del vestíbulo y penetramos en su interior. Subimos los escalones con lentitud, atentos a cualquier ruido que no se correspondiera a los comunes, pero no escuchamos nada, sólo había silencio. Llegamos al primer piso y nos acercamos a la puerta del primero C, que Iris abrió con su juego de llaves para que pudiésemos entrar. Enseguida nos dimos cuenta de que el apartamento estaba completamente vacío. Con mi brazo sobre su hombro, salimos sin molestarnos en cerrar la puerta de nuevo, sabíamos que no había nada en su interior que valiera la pena en estos tiempos. Los padres de Iris se habían llevado todo lo valioso que había en la casa, pero habían abandonado a su hija, su bien más preciado. Bajamos al piso bajo y salimos con cuidado al exterior, resueltos a llegar hasta mi casa a pesar de la distancia que nos separaba de ella.

Tardamos casi una hora en recorrer las siete calles que separaban la casa de Iris de la mía, trayecto que el día anterior había recorrido en apenas quince minutos. Íbamos escondiéndonos tras los coches, en las esquinas, en los portales, dando rodeos para esquivar a los grupos de soldados y… los cadáveres. A medida que nos íbamos aproximando a mi hogar la cantidad de ellos sobre las calles y las aceras iba aumentando de manera cruelmente alarmante. Con heridas de balas o de golpes, tiroteados en la nuca o en el pecho, asesinados a sangre fría o en medio de la refriega… Era horrible; aún hoy el recuerdo de esas calles hace que me despierte con la espalda cubierta de sudor frío.

Al fin llegamos a la puerta de mi casa, estaba abierta de par en par y había marcas de disparos en la cerradura destrozada. Mi corazón se paró durante un segundo, mi mente se bloqueó y mis ojos dejaron de ver de puro miedo. Corrí hacia el interior llamando todo lo alto que me atrevía a mis padres. Al final los encontré en el patio trasero, tumbados boca abajo sobre un charco de sangre. En sus nucas había dos agujeros de bala con sendos aros de quemaduras alrededor, los habían matado a quemarropa. Me quedé paralizado en la puerta del patio, contemplando con la boca ligeramente entreabierta los cadáveres de mis padres al tiempo que las lágrimas acudían a mis ojos al tiempo que mi corazón me instó a dejarme caer al suelo y quedarme a morir allí. Una mano en mi hombro me sacudió varias veces, pero no me moví. Una voz me susurró unas palabras al oído que no pude escuchar. Al final no fue Iris la que consiguió que me moviera, fue un impulso repentino y extraño que, aún hoy, no puedo ni pude explicar.

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Avancé hasta los cuerpos de mis padres y me agaché junto a ellos para coger sus alianzas de boda. No sé por qué, pero es algo que necesitaba hacer por algún extraño motivo. Me levanté y comprobé algo que alivió ligeramente mi pena: las manos de mis padres estaban entrelazadas fuertemente, ni la muerte había sido capaz de separarlos. Me sequé las lágrimas, me puse los anillos de boda en mi propio dedo corazón de la mano izquierda y regresé junto a Iris. “¿Por qué has hecho eso?” me preguntó con una mezcla de curiosidad y preocupación. “Para que ningún soldado los tome como botín de guerra” respondí sin pensar al tiempo que tomaba la mano de Iris y entraba a la casa para coger todo lo que pudiéramos antes de volver a las calles.

* * *

Han pasado ya veinte años desde aquel día negro, veinte años en los que he sufrido y he vuelto a reír junto a Iris, de la que no me volví a separar desde entonces. Aún vuelven las lágrimas a mis ojos al pensar en lo que vivimos aquel día, lágrimas en memoria de mis padres, de los de Iris, de los que no se volvió a saber nada, de mis compañeros de clase, de mi profesora y, en definitiva, de todas las vidas que se perdieron sin razón.

Hoy día vivo en otro país, a tan solo unas calles de mis tíos, los cuales nos adoptaron a Iris y a mí cuando nos encontraron después de vagar durante meses de un campo de refugiados a otro. Nuestra vida ha sido dura, pero para nada comparable con lo que han sufrido otras personas a causa de aquel ataque llamado “preventivo” por parte de los políticos de un país y “lamentable error” por parte de los de otro. Yo prefiero denominarlo “masacre”, que eso fue. Ni más ni menos, miles de muertos pudriéndose por las calles de la ciudad, miles de mujeres violadas, miles de niños asesinados ante la mirada impotente de sus padres. Todo esto ha sido recogido en un libro escrito entre varios supervivientes de la catástrofe, el título del libro es “Una ciudad cualquiera”, no es un libro bonito, pero es un libro necesario.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Bien
02-04-2008 17:21
El texto es bueno, pero como Akhul coincido en que falta una historia detrás que nos haga entender, y creer, que las escenas de violencia son reales. ¿Por qué los soldados asaltan un instituto? ¿Y por qué matan y violan a la gente? Un par de pistas sobre sus motivaciones ayudarían mucho.

   Falta el marco
19-02-2008 17:24
El concepto de la historia no está mal, aunque no sea especialmente original, pero falta un marco para que nos interesen los personajes y dé sensación de creíble, y por lo tanto de terrible.

Deberías vigilar, por otra parte, las repeticiones de palabras y la intensidad de las descripciones. Si estás narrando en primera persona que encuentra a sus padres y describes que tiene la boca entreabierta resulta anticlimático. ¿Es realmente eso lo que impactaría al narrador, es eso lo que consignaría por escrito?

Luego hay que vigilar los recursos de tensión. Arrancar una polla de un mordisco debe ser bastante complicado, y quedá más efectista que realista con lo poco que sabemos del carácter de la profesora. No creo que existan muchas personas capaces de tal proeza en mitad de su primera (?) violación.

Por lo demás, el experimento está bien, y te veo más sólido narrando que en tus primeros textos. Un placer leerte de nuevo.

   RE: Falta el marco
24-02-2008 11:02
Gracias por la crítica, tomo nota de los errores (solo se aprende de esta manera).



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