|
|
 |
|
Narración de la primera ceremonia de Efraín–Abiú y todo cuanto aprendió aquella noche.
Le temblaban las manos debido a la enorme tensión. – “Efraín–Abiú, tú no eliges, ves.” – resonó la lección del maestro Zhacaía en su cabeza. Aquella noche debía superar la prueba definitiva de su maestría, la posesión de la visión del mañana. Ya dominaba los cuatro elementos: Podía invocar las llamas, congelar el agua en un cubo, recoger las palabras lejanas que transporta el viento y escuchar las añejas historias de los espíritus de las rocas. Pero sin la capacidad para vaticinar, todas esas habilidades no valían nada, tal y como no cesaban de repetirle los maestros. Ahí radicaba su problema, pues no era capaz de atisbar el más mínimo instante venidero. Conocía a la perfección los rituales y las ceremonias, pero no obtenía el resultado deseado. Sabía que si no superaba la prueba jamás lo investirían con el manto púrpura de hechicero; y sólo podría aspirar a convertirse en el chamán de alguna aldea perdida y embarrada, o en brujo de guerra, donde la recompensa más probable consistiría una saeta enemiga clavada en el cuello para silenciar sus conjuros.
Sumergió la mano en el cuenco ritual de cobre, donde cientos de lombrices negras se retorcían en un vano intento por escapar de su prisión. Su cuerpo se estremeció ante el viscoso contacto. Levantó la vista, recorriendo con su nerviosa mirada el calvero, mientras rezaba para que los presentes no percibieran su torpeza, y preguntándose cómo no podían escuchar su corazón que retumbaba como un tambor en su pecho. Docenas de ojos fieros y rostros adustos esperaban su dictamen. Dos varones, con dos manos, dos ojos y dos piernas, de probada honra y con cicatrices que demostraban su valor en batalla, reclamaban liderar una incursión de saqueo. Primero, no menos de diez veteranos guerreros hablaron en nombre de cada uno. Después ambos se adelantaron para narrar sus hazañas y exponer sus propósitos. Tan similares resultaban sus planes y proezas que el único modo para dilucidar quién habría de dirigir la partida consistía en consultar los hados.
–Gracias a este método evitamos los combates por el liderazgo y las guerras civiles que tanto nos debilitaron en el pasado y permitieron que nuestros adversarios nos sometieran -recitó entre dientes, destilando rencor con cada palabra. Con deliberada lentitud, sacó un puñado de lombrices del recipiente, para arrojarlas acto seguido con un gesto violento contra las brasas de los rescoldos de la hoguera que se consumía lentamente en el centro del claro. Un nauseabundo olor a carne quemada y raíz de tola inundó sus fosas nasales. Se suponía que aspirando los irritantes humos podría ver el porvenir, pero no fue así. Tan sólo le restaba reconocer su incompetencia y abandonar sus pretensiones. A su diestra Zhacaía carraspeó. Finalmente tomó la decisión que marcaría su vida:
-Enós, guiará con acierto la partida de guerra -mintió a voz en grito. Muchos guerreros vitorearon ruidosamente la declaración, pero no los suficientes.
–Tubal-Jafet, en cambio, nos proporcionará mayor botín. -Una aclamación alborozada acompañó a estas palabras.
-Sea pues Tubal-Jafet quien guíe los destinos de nuestros bravos soldados -sentenció.
Tras las la ceremonia de ungimiento, oficiada por Zhacaía, su maestro le urgió para que le acompañara a la torre, dejando a los guerreros que disfrutan de las celebraciones. Allí se acomodaron en los mullidos sillones de la confortable sala del primer piso, junto al acogedor fuego de la chimenea a la luz de la cual habían transcurrido tantas veladas de práctica, debate y estudio.
-Has elegido bien -afirmó su maestro con amabilidad.
-No elegí, vi -mintió, intentando que su voz sonara segura.
Zhacaía rió suavemente, lanzando una mirada divertida a su discípulo. Éste se encogió en su butaca, mientras un miedo frío que le atenazaba el estómago se apoderaba de él. Su maestro se había percatado del engaño. “-Cómo pude ser tan necio” –se maldijo mentalmente.
-Nadie ve -sentenció el hechicero. Guardó silencio durante unos instantes para que su alumno asumiera la revelación en toda su profundidad–. En esta última prueba no medimos el poder, si no la decisión y el valor.
Superado un primer instante de desconcierto, no pudo evitar que una sonrisa satisfecha se dibujara en sus labios; por fin tenía una visión del futuro, uno con el manto púrpura sobre sus hombros y una astuta mentira en su lengua.
|
 |
| |
|
|
|
|
 |
|
|
|
| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
 |
| Tema: |
Autor: |
Fecha: |
|
¿Dios juega a los dados? |
|
|
13-04-2008 22:12 |
|
¿Así que los grandes guerreros resuelven sus diferencias echando una partidita al amor de la lumbre? Me ha gustado la idea. Curioso relato.
|
|
Claro y conciso |
|
|
12-03-2008 14:49 |
|
Un magnífico relato corto, muy bien conseguido. La idea es muy interesante y la trasladas al papel con un ritmo perfecto. Bravo.
|
|
RE: Claro y conciso |
|
|
12-03-2008 22:28 |
Vaya, viniendo de quien viene es todo un halago
La verdad es que desde que publique "El encuentro de los brezos" , el asunto del ritmo me tenía un poco obsesionado
|
|
RE: Claro y conciso |
|
|
18-04-2008 17:13 |
|
Como siempre, un placer leerte. Magnífico relato.
Printen
|
|
|
|
|
|