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Crónicas de Oren y Alaric


Relatos de Fantasía

25-03-2008 14:35
Por: Belgarion69

Bueno, por segunda vez quiero dejaros el comienzo de otra historia en la que estoy trabajando. Tengo la intención de que cada parte sea corta, de no más de 3 ó 4 páginas, así podré postearlas más a menudo. Y ya sabéis, toda crítica es bien recibida.


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El viento, furioso, agitaba la capa de Oren, haciendo que ondeara sin control a su espalda. El cabello largo y ondulante también bailaba alrededor de su cara, obstruyendo su visión de vez en cuando, y pegándose a su frente debido al sudor. Su montura, Alaric Ala de Cuervo, un enorme dragón astado de las estepas del norte, volvió a hacer un picado sobre el campo de batalla. El sol reapareció tras las nubes matinales, haciendo que las escamas negras como la noche de la criatura refulgieran, y deslumbrando a las filas enemigas sobre las que la pareja descendía.

El sudor debido al calor y al esfuerzo de la batalla le resbalaba por la palma de la mano, pero aun así agarró con firmeza su lanza oscura, Obsidiana, y ensartó con ella primero a uno de los soldados enemigos, luego a otro y por último a un tercero, antes de remontar el vuelo con una sacudida. Por su parte, Alaric había acabado con casi una docena de enemigos, atrapándolos en sus descomunales fauces o desgarrándolos con sus garras. La sangre le resbalaba en un reguero constante desde sus colmillos.

-Por el Trono, cómo odio las armaduras. ¿Por qué os empeñáis en cubriros el cuerpo con placas de metal? ¡No hacen más que quedárseme entre los dientes!

Oren soltó una risotada.

-Mi querido Alaric, no creo que a ellos les importe lo que sea que tengas entre los dientes. ¡Más bien les importa más los dientes mismos! ¡Y, sobre todo, la distancia que les separe de ellos!

-¡Bah! ¿Y para qué les sirve, de todas formas? Para mí no es más difícil atravesar el metal que la carne o el cuero. Una protección inútil. ¡Bah!

-Pero eficaz frente a esto, mi querida lagartija alada –contestó Oren golpeando la lanza ensangrentada con el escudo de la mano contraria–. Seguramente algunos de los que haya atacado con mi bella Obsidiana podrán levantarse de nuevo con sólo unas magulladuras.

-¡Bah!

El dragón aleteó con fuerza para ascender, cada vez más y más alto, y luego planeó suavemente en un amplio círculo para encararse de nuevo contra la columna enemiga. Algunos de los soldados habían tirado sus armas al suelo y huían aterrados, alejándose todo lo que pudieran de la enorme bestia que había acabado con la mitad de sus compañeros. Con la segunda pasada, ésta diezmó a la tropa que le hizo frente, y el puñado de supervivientes que aún podían mantenerse en pie salió corriendo tras sus camaradas. Con otro aleteo, Alaric ascendió nuevamente y recorrieron el campo de batalla de un extremo a otro.

-La batalla está ganada, mi querido amigo.

-¡Bah! ¿Qué esperabas? Estos bárbaros no tuvieron ninguna posibilidad desde el principio.

-No son bárbaros. Han sido ciudadanos del Reino hasta hace muy poco, tan dignos como tú o como yo.

Alaric se alejó entonces de la batalla, dirigiéndose hacia un grupo de tiendas dispuestas a unos pocos kilómetros al sur.

-No compares a esa chusma conmigo. Cualquiera lo suficientemente ingrato o estúpido como para no querer la protección del Trono se merece todo esto –dijo, señalando con la cabeza la explanada que se extendía a sus pies.

-Nadie se merece una guerra, amigo mío –le contestó Oren en voz baja, suspirando.

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Al cabo de unos minutos descendieron a unos pasos del grupo de tiendas más grandes. Las enormes alas hicieron que una gran humareda se alzara del suelo pedregoso cuando Alaric aleteó con fuerza para frenar su caída. El ruido sordo de sus garras al chocar contra el suelo y al raspar contra la gravilla y la arena se alzó sobre el entrechocar del metal contra el metal de los soldados apostados frente la entrada de la más grande de las tiendas cuando saludaron a los recién llegados. El blasón del Reino, un dragón negro como la noche sobre fondo carmesí, podía verse en los dos estandartes que flanqueaban la entrada a la espalda de los dos hombres.

Oren bajó de un saltó del lomo de su compañero, empuñando a Obsidiana. La alzó frente a sí, y la rozó con la mano libre de arriba abajo, casi como si la acariciara, y dijo una sola palabra que los soldados no pudieron entender. La lanza comenzó entonces a cambiar, encogiéndose a ojos vista. Al cabo de unos segundos, Oren sostenía en su mano una espada, cuyo filo negro brillaba bajo la luz del atardecer. Con un fluido movimiento la envainó a su espalda, y el repiqueteo del metal contra el metal acompañó cada paso que daba al chocar la vaina contra su armadura.

Después de unos pocos pasos se volvió a su compañero, impaciente.

-¿Acaso no piensas acompañarme?

Alaric se había quedado completamente quieto, medio agazapado frente a la tienda, y miraba fijamente al suelo. No dio muestras de haber escuchado a su compañero. Éste, molesto, dio un par de pasos hacia él.

-¿Pero qué…?

-¡Rrraaaurhh! ¡Al fin! –le interrumpió la bestia, lanzando un rugido de triunfo. Después, alzó la cabeza y escupió a un lado. El metal resonó con fuerza al chocar contra el suelo. Oren dirigió una curiosa mirada al pedazo de armadura destrozada, posiblemente parte de un peto, aunque no podía asegurarlo. Aún podían verse manchones de sangre recubriendo su superficie–. Llevo con eso incrustado en los colmillos desde el comienzo de la batalla.

Oren se dirigió hacia la tienda, poniendo los ojos en blanco, sin dirigir una mirada al dragón. Suspiró.

-En fin. Venga, vamos, el general querrá saber cómo ha ido todo.

-No tienes ni idea de lo molesto que es –dijo Alaric. Mientras avanzaba, sin dejar de hablar, su cuerpo comenzó a cambiar, encogiéndose. Las grandes alas fueron retrayéndose, las garras fueron desapareciendo, y sus escamas se diluyeron bajo una piel oscura. Se incorporó sobre sus patas traseras al dar un paso, y al siguiente éstas habían desaparecido para dar paso a unas piernas humanas cubiertas por unos pantalones de cuero. El raspar de las garras contra el suelo pedregoso fue sustituido por el sordo paso de las botas metálicas, y donde se encontraban los dos esplendidos cuernos una espesa cabellera oscura como el azabache caía desordenada tras sus hombros, enmarcando un rostro de tez oscurecida por el sol, cuyos ojos mostraban un genuino disgusto–. Imagínate tener en la boca un pedazo de armadura de ese tamaño durante horas y horas, rasgándote las encías, y sentir el sabor del metal constantemente en el paladar. ¡Puaj!

Pero estaba quejándose al aire, porque Oren acababa de apartar la lona que hacía de entrada de la tienda con una mano y estaba casi en el interior. Con una maldición, Alaric le siguió.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Publicar relato en web
27-03-2008 00:25
¿Como se pone en la web un relato? Soy novel en la web y no se como hacerlo

   Buen pulso
25-03-2008 14:39
Un arranque clásico pero bien llevado, y muy sorprendente el cierre con la transformación, ya que, aunque entra dentro de la tradición sobre dragones, es bastante inusual usarlo. Es un buen gancho para quedarse pendiente de la próxima entrega. A ver qué nos cuentas.



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