|
Quién te ha visto y quién te ve, compañero de movida. Te invito a que te sientes conmigo para charlar de nuestra juventud. Siempre le vemos su cara, hoy le veremos su cruz.
El domingo por la mañana siempre deja un paisaje desolador, todo lo que hay es resaca ya que todo lo bueno se acabó. Rara vez veo a un chaval, pero cuando es así siempre se trata de uno que confunde dos rancheras con ser un joven triunfador, y algunas veces hasta se cree que así cambia el mundo imperfecto que heredó, mientras poco a poco su rebeldía se va naufragando. Si tú lo sabes, dime dónde están sus veinte años sin soñar revolución.
Ya puestos, dime qué le pasa a la juventud que, sin haber trabajado nunca, mucha ya está jubilada. Dime por qué muchos de mis colegas sólo sueñan con no hacer nada, y por qué hay tanto zombie que sólo tiene interés cuando acaba la semana. Dime dónde está la garra de los nuestros, que no va más allá de la gomina, un cubata y algún bailecito, dejando siempre escapar ese desafío que nadie nos ha puesto.
Pero antes de responderme, dime también por qué la voz y el espíritu de los jóvenes ya no hacen temblar, que ya hasta los políticos nos dan capotazos. Cuéntame por qué ya a ninguno se le despierta la conciencia por sí mismo para ir olvidándose de drogas, y dime por qué los jóvenes españoles sólo son los mejores jóvenes para los desmadres y los botellones. Espero no llegar a viejo viendo esta suerte en la que sólo por las pasiones del fútbol se revientan gargantas. Si es necesario ahógarse, uno se ahoga, pero no se atraganta en el fango de otros.
Una pena, cuando aún hay tanto por conquistar y tantas batallas que afrontar... Una pena que ya no se ondea la palabra. Una pena que se hayan vendido por falsas promesas, cuando no se han abandonado en una discoteca.
Más allá de compromisos, ideas, inquietudes y coraje, la vida sólo es fiesta y ragatón (o como se escriba). Al final la vida es Ibiza. Viva entonces la alegría que, aunque en nuestros centros se corte la educación, nunca se cortan cabezas. Viva esta insidiosa cárcel de ignorancia porque en ella no se distingue gloria de pena, ni condena de victoria. Desde luego, para un gobernante es un chollo llevar una sociedad de gente que no protesta. Al final, el mismo cuento de siempre: un hombre malo y uno bueno. El bueno perdona y el malo gana.
Pero la lástima de todo es que este mundo no lo levantó una mano divina, sino que lo hicieron el sudor y la sangre de nuestros mayores. La lástima es que lo poco que tenemos, nuestra libertad en las noches de playa, ha salido muy caro. Demasiado caro como para que ahora cerremos los ojos a todo eso y con un poco de hielo y ron nos lo bebamos. Y encima así olvidarlo.
Si todo te da vergüenza, anda, ven conmigo si quieres ver las crudas realidades: por un lado los libros, por el otro las calles. Pero las calles que tu gente no pisa. Y tras conocer todo eso no lo borres de tu memoria, no. No pases la hoja a la historia. Por lo que sea, enseña los dientes y demuéstrales que contigo no se juega. Lleva por bandera tus ideales para que no te los arrebaten, que los míos han resistido muchas fatigas y muchas penalidades. Y menos rollos de antiglobalización, reciclaje, tolerancia, desarme y revolución, que así luego nos luce el pelo. La juventud no debe ser así, de mucha pancarta y mucho puño pero luego cuando más hace falta, despreocupada y cobarde, todo lo abandona.
Lo reitero: todo lo abandona, que por mucha rebeldía y radicalismo que me saquen, esa fachada es un circo, es una rebeldía estúpida. Eso de partir farolas que luego pagan los obreros con sus impuestos es una rebeldía estúpida, una nimia molestia. Aunque parezca más inofensivo, es más peligroso para los poderosos que te aferres a un libro antes que a un tirachinas, que hoy las mejores armas son la información y las palabras. Las palabras, al fin y al cabo. Conocerlas y usarlas. Saber leer. Entre líneas, saber leer.
En cuanto a mí, jamás renegaría de mi cultura universal, ni mucho menos de la que nace de nuestra sociedad. Jamás renegaría de mis libros, ni mucho menos de mis mares y de mi gente. Tampoco renegaré jamás de esos ratitos a solas, de esas veladas silenciosas donde tanto se dice. No renegaré jamás, por mucho que a mi alrededor suene tanto no me ralles, tu sabe, cojone que da risa, que ese troglodismo es lo aquí se considera un radical en condiciones. Eso es, una formación a la medida de un poblado de zoquetes. Una aspiración y un ideal más tonto que esos famosetes de la tele.
¡Descontrol, y viva el alcohol! Si la juventud es así, qué vamos a hacerle... Pues va mi modesto reconocimiento a los que luchan en sus sombras, y a los que lo hacen a plena luz. Va a todos los que en secreto mantienen sus particulares entifadas. Y va a la plata de la Luna en el mar. Y va a cada muralla que nos atrevamos a derribar.
Y sobre todo, va a Buñuel. En su veinticinco aniversario, va a Luis Buñuel. Y en nombre de los amigos que lo descubrieron conmigo, hoy vamos a recordarle. Y para que no caiga en el olvido, hablando sin parangón brindo por él y por Aragón y por todas sus obras de arte. Y Buñuel en recompensa a España, que le dio la espalda y lo mandó al paredón, nos dio el mejor bofetón: un bofetón sin manos... Porque cuando murió en aquellos lares, en México, puso aquí en Manzanares Buñuel es de sus paisanos. Así es, amigo mío. Y si con todo lo que te he dicho todavía no tienes bastante, por ahí está la biografía de Blas Infante.
|
 |