Coyote |
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28-02-2008 18:01
Por: Astam
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Dos polícias han sido asesinados una noche mientras conducían por una carretera solitaria...
Espero críticas constructivas.
El coche de los “Mossos d'Esquadra” serpenteaba por la carretera que iba de Roses a Cadaqués, a las tres de la mañana. Los faros, siempre en largas, iban descubriendo la carretera. Parecía que la carretera estuviera suspendida en la nada; sólo algunos arbustos raquíticos que aparecían a la luz de los faros del coche, sólo un instante, antes de volver a sumirse en la oscuridad. La carretera, que necesitaba una reparación, casi no tenía la linea discontinua propia de las carreteras estrechas. Había una neblina que flotaba por encima del asfalto. Era una noche serena, aunque gruesas nubes tapaban de vez en cuándo la luna. Tenía la forma de C, mañana sería luna nueva. Hacía frío; el termómetro marcaba los dos grados negativos; no era excepcional, porque estaban a principios de diciembre
Andrés, ex guardia civil, ahora era “mosso de la Generalitat de Catalunya”. Había cambiado de cuerpo porque la “Benemérita” ya no existía en Cataluña desde el 2005. Los guardias civiles habían tenido que escoger: o marcharse a otra región de España, o ingresar en el cuerpo de Mossos. Andrés había escogido lo segundo.
Le gustaba el Empordà, con la montaña del Montgri que separaba el alto y las dos comarcas del Empordà. La comarca del sur, con ligeras ondulaciones cubiertas de bosques o de cultivos; los pueblos en los que todo el mundo se conocía, donde se hablaba un catalán a veces difícil de comprender...
Y el norte, las últimas estribaciones del Pirineo indicaban dónde terminaba Cataluña y empezaba Francia. La comarca era casi llana, y estaba entre el Montgri y los Pirineos. Alrededor de las carreteras comarcales había cultivos, especialmente de maíz que en primavera alcanzaban el metro ochenta, y Andrés siempre había tenido el sueño, aunque sabía que no lo haría nunca, de pasear entre el maíz, sintiéndose solo y único habitante del planeta. Los pueblos, pequeños, estaban separados por pocos kilómetros.
Ah, y lo mejor, la montaña del Montgri, con el castillo en la punta, como el pezón de un pecho enorme. El castillo, de construcción muy simple, de planta cuadrada, de cuatro torres circulares unidas por murallas, y sin ninguna construcción dentro. Era como los castillos de arena que los niños hacen en la playa.
La subida hasta el castillo también le gustaba. Primero caminando entre los olivares, con el sol calentándole el cogote. A veces, si aquel día estaba melancólico, se sentía transportado a los olivares de la lejana Extremadura. Los olivares quedaban atrás, y subía por un camino que llevaba hasta la cruz. Allí era cuándo el terreno subía más rapidamente. El camino serpenteaba entre los matorrales hasta el castillo. En el castillo, al ser un lugar sin árboles y cerca del mar, siempre tenía que abrigarse. Subía arriba en las murallas y estaba un rato contemplando la vista desde allí, con el Empordà a sus pies.
-¿Cuál es tú opinión sobre el asunto de esta noche? -preguntó Andrés a Paula, la chica acabada de salir de la academia que formaba pareja con Andrés. Cuando él le preguntó, ella apoyaba la cabeza en el cristal de la ventanilla y sus ojos vagaban perdidos en la oscuridad. Se incorporó y contestó:
-Bueno, no hay mucho que opinar. Creo que la mujer exageró con todo lo del coche negro y la furgoneta. Admito que puede sonar sospechoso que estos vehículos estén dando vueltas a estas horas de la noche. Pero pienso que toda la historia de la mafia y de un supuesto entrego de droga creada por la imaginación de la mujer no es verdad.
-¿Y ahora, qué deberíamos hacer?
-Si alguien vuelve a ver a estos vehículos, tal vez tendríamos que tomarnos el asunto más en serio.
-Muy bien. Eso es lo que haremos -terminó Andrés. La estaba examinando, porque el policía pensaba que la enseñanza no acababa nunca.
Pronto haría diez meses que Paula había salido de la Academia de Policía. Sabía todo lo que se debía hacer en distintas situaciones, se había aprendido el reglamento casi de memoria, etc. Pero le faltaba experiencia.
El comisario Pernau, de Figueres organizaba las parejas según los años de servicio. Agrupaba los novatos con los más veteranos. Todos creían que era una buena iniciativa para que los jóvenes ganaran experiencia. El comisario había emparejado a Andrés, que dentro de siete años se jubilaba, y a Paula, que aún no había cumplido el año de servicio. Los dos estaban satisfechos.
Paula tenía venticuatro años y era lesbiana. Lo había descubierto y aceptado hacía seis años, pero sus padres y su familia sólo hacía dos años que lo sabían. Sus padres lo habían aceptado, ya que eran de la generación del Mayo del 68 y aún poseían estos ideales liberales; se mostraron sorprendidos, aunque no decepcionados. Otra cuestión fue su familia: lo había anunciado en la comida familiar de Semana Santa. Los jóvenes hablaban de las últimas fiestas, los estudios; y los mayores, de fútbol y de política. Ella se levantó, y lo dijo, directamente:
-Soy lesbiana. -Todo el mundo calló. Los jóvenes asintieron y la mayoría la apoyaron. Los mayores, mantuvieron la conversación en voz baja y lanzándole miradas rápidas hasta el final de la comida.
En el siguiente encuentro, parecía que la gente había olvidado, o había aceptado, sus inclinaciones sexuales. A pesar de que su familia -menos sus padres- fuera bastante conservadora, le gustaba.
Paula creía que era policía por convicción. Su padre, cuándo era un joven y apuesto estudiante de filología española que estudiaba en Barcelona había participado en diversas manifestaciones “subversivas” y asistía a conciertos de la Nueva Canción. La policía franquista de principios los setenta lo fichó y en una manifestación lo detuvieron y lo llevaron a la comisaría de Via Laietana. El resultado del interrogatorio: dos costillas rotas, tres dientes perdidos, golpes en el rostro y en la cabeza. El padre de Paula nunca se había escondido o avergonzado de la paliza; al contrario: cuándo Paula cumplió catorce años, se lo contó. Su padre trabajaba en casa, pues se dedicaba a hacer traducciones de textos escritos en castellano antiguo al castellano actual. De vez en cuándo iba a diferentes archivos del país a buscar un documento, o una crónica o lo que fuera y no estaba en casa durante varios días.
Ella se había hecho policía quizá para luchar contra las injusticias, para hacer cumplir la ley, pero con el sentido común ante todo. Sin embargo, no era una idealista. Siempre (ella no lo sabía muy bien) se había sentido atraida por el trabajo de policía.
La madre de Paula estudiaba fisica en la universidad. Como todos sus amigos, no se metía en política. Simplemente pensaba que no había para tanto. El cantante Lluis Llach la aburría, prefería escuchar los Beatles en una discoteca sin chicos con el pelo largo. Un día estaba estudiando en la enorme biblioteca, en una de esas mesas tan grandes y largas que están entre las estanterías. La mesa era de una madera bastante oscura, con unas lámparas pasadas de moda, una cada varios metros. Ella se sentó en el lugar de siempre, en una punta de la mesa. Al cabo de un rato, se sentaron a la otra punta de la mesa tres chicos con el pelo largo. Sus caras estaban rojas, y tenían el pelo un poco mojado de sudor. Empezaron hablar agitadamente, el volumen demasiado alto para el permitido en la biblioteca, y al cabo de unos minutos vino el guarda a llamarles la atención. Los chicos estaban exultantes, contentos, excitados. La madre de Paula se acercó disimuladamente a ver de qué hablaban. Hablaban de que habían participado una manifestación, habían colgado una pancarta con el lema “Libertad”, y la habían colgado en la punta de la Plaza España de Barcelona. Luego, se habían largado corriendo y se habían escondido en la Universidad. La madre de Paula no estaba de acuerdo con todo aquello, pero aquellos chicos, especialmente el moreno de la nariz pequeña, que parecía el líder y el más aventurero de los tres... Y ese sería, al cabo de unos años, el padre de Paula.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Un buen relato |
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29-02-2008 09:15 |
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El ritmo de la persecución está muy bien conseguido, y creo que es el punto principal que hace que el relato funcione. Desde mi punto de vista, los aspectos a pulir están por otro lado: repeticiones de palabras -algunas te las he cambiado yo mismo, como verás si comparas los dos textos-, peso de la historia -hay un flashback muy amplio que nos presenta a la policía, pero que luego no tiene peso en sí en el relato; viene bien porque permite conocer al personaje, pero sería perfecto si, además, se entrelazara de algún modo con la acción presente- y marco de la misma -estamos en Cataluña: ¿hay muchos tipos con sombrero de ala ancha y botas de caña alta? ¿Por qué ésta digresión cuando ya tenías un buen escenario?-.
En definitiva, que apuntas muy buenas maneras y que en breves tendrás pulidos estos detalles. Te animo a que te pases por el Taller de literatura para que compartar puntos de vista con otros autores.
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