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Coyote


Terror y Suspense

28-02-2008 18:01
Por: Astam


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Andrés giró el volante para apretar el Alfa Romeo contra el lado de la carretera que subía a la montaña. La pared era de roca irregular. El coche negro evitó la embestida y, un instante después,
les empujó contra la barrera. El golpe contra ésta no fue brusco, porque no era un golpe de volante, sino una aproximación del coche negro, misterioso. Andrés, puso la quinta y última marcha para poder liberarse del abrazo mortal que, centímetro a centímetro, los iba acercando, a él y Paula, a la barrera que tan escasa protección les ofrecía de la caída. Pero el Alfa Romeo, férreo y imperturbable, no retrocedía.

Estaban en un tramo recto, y Andrés tenía los músculos tensos, la mandíbula cerrada y tenía los nudillos de la mano blancos de aferrarse al volante, como si tratara de unir su fuerza a la del coche. Paula tenía las manos al cristal de la ventanilla, mirando si veía al que, a pocos metros, los estaba llevando al borde. La lumbre del cigarrillo seguía allí. A pesar de la gravedad de la situación Paula no se había dejado llevar por la histeria. Andrés, que vio que no podía hacer nada ante la potencia del coche negro y la pericia de su conductor dijo gritando a Paula:

-¡¡Dispárale!!

Paula, que no había disparado nunca fuera del campo de tiro, se desabrochó la pistolera y sacó la pistola. La situación era realmente desesperada. Había sólo dos palmos del coche de policía a la barrera. La chica, que estaba a sólo un metro del misterioso y demente conductor del Alfa Romeo, quitó el seguro y se alejó tanto como pudo de la ventanilla, que cuándo disparase saltaría en pedazos. Apretó el gatillo y el cristal se rompió.

En el cristal apareció el agujero de la bala; estaba rodeado de de grietas, como si fueran los pétalos de una flor. Paula estaba aterrada. ¡Había disparado! Esperaba que nunca en su vida lo tuviera que hacer. Andrés estaba perdiendo los nervios, y eso sólo pasaba en muy raras veces. Se encontraban ya muy cerca de la barrera, y el Alfa Romeo se mantenía allí, inquebrantable al disparo.

La carretera era recta, pero terminaba en una curva muy cerrada. El indicador de velocidad marcaba los 120 km/h. Andrés vio la curva, e instintivamente giró, pero chocó contra el coche negro, que seguía ahí, bloqueándolos. El veterano policía soltó una rápida maldición entre dientes.

Desesperado porque veía que irremediablemente la curva se le venía encima, echó hacia abajo el freno de mano. Las ruedas chirriaron y se clavaron en el asfalto. A pesar de la violencia de la frenada, Andrés no perdió el control del vehículo. El policía giró y aceleró rápidamente intentando evadir el bloqueo del Alfa Romeo, pero éste también había reducido mucho la velocidad y continuó cerrando a los policías contra el vacío. La barrera estaba a unos metros. Paula chilló. Ambos lo veían: si el coche negro no cesaba su bloqueo, caerían rodando montaña abajo. Las ruedas estaban clavadas, el coche no podía frenar más; una montaña en la que antaño se cultivaban olivares... Los dos habían olvidado que tenían la radio para avisar de lo que pasaba. Andrés giró el volante y pisó el freno a fondo. Chocó contra el Alfa Romeo, que tenía la carrocería bastante destrozada, aunque todavía aguantaba.

La barrera se rompió con un crujido. El golpe fue leve, los dos aterrados ocupantes del vehículo ni se enteraron después de la brutal persecución. La ruedas delanteras quedaron sobre el suelo. Andrés probó de ir marcha atrás, pero las ruedas no tocaban al suelo. Los faros iluminaron los olivares y los pequeños arbustos que había en la ladera de la montaña. Paula chillaba. Andrés probó de abrir la puerta y saltar, pero después de los golpes estaba encallada. Parecía que la chica tuviera un ataque de histeria. Mientras el coche se mantenía en escaso y casi instantaneo equilibrio, Andrés giró la cabeza y vio que el coche negro retrocedía unos metros y se colocaba justo detrás de ellos. En el rostro de Andrés apareció un gesto de terror. El coche negro iba a empujarlos para que cayeran. Paula tenía los pelos encima de la cara y golpeaba con todas sus fuerzas a la puerta y a la guantera .

El golpe del Alfa Romeo fue fuerte, los arrojó a ambos hacía delante. El coche de mossos, ya bastante malmetido, rodó por la pendiente. El coche dio unas cuantas vueltas de campana. El vehículo, al chafarse, sonó como si alguien hiciera una bola de papel.

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La cabeza de Andrés chocó contra algo muy duro y su consciencia se desvaneció instantaneamente. Sintió que caía en un profundo pozo negro.

Paula sintió cómo su cuerpo iba dando botes dentro de su coche. Sintió un dolor muy fuerte en el brazo izquierdo. Al cabo de unos segundos y unas vueltas, el coche chocó contra un olivo y se paró. Quedó con las cuatro ruedas en el suelo. Paula miró al lado, y vio que Andrés estaba echado hacia delante, con medio cuerpo fuera del coche. Eso era difícil de saber porque el coche no tenía cristales y se había convertido en una masa informe de chatarra. De la cabeza de Andrés salía una substancia semiliquida de un color blanquinoso. Era el cerebro.

Paula giró el rostro rápidamente, pero no vomitó. Su puerta había salido despedida. Alargó la mano ensangrentada hasta la cartuchera de Andrés y sacó la pistola. La suya la había perdido cuando había disparado.

Se dejó caer al suelo. Tuvo una oleada de un dolor muy intenso. Miró el brazo izquierdo y vio que estaba desgarrado. Le vino el llanto pero se mordió el labio y en su mirada se reflejó la ira que sentía por el conductor perfecto y despiadado del Alfa Romeo negro. Lo iba a matar; por Andrés.

Probó a levantarse, pero no se sentía las piernas. La pistola estaba cubierta de sangre. El coche negro estaba allí arriba, con un faro encendido, porque el otro estaba roto. La puerta se abrió. Una bota de caña alta con suela metálica tocó el asfalto. Paula quitó el seguro de la pistola. A pesar de que estaba a unos cuarenta metros más abajo de la carretera, cuando el conductor se asomara para ver el accidente, Paula le dispararía el cargador.

Vio, aterrada, que una figura de un hombre, alto, corpulento, con un abrigo largo y un sombrero de ala ancha, miraba hacía abajo. Era irreconocible, sólo se distinguía la silueta. Verlo daba escalofríos. Paula estaba tumbada, subió el brazo con la pistola. El pulso le temblaba mucho. El brazo y todo el cuerpo le dolían a horrores.

El hombre llevaba un objeto alargado. Paula comprendió que era un rifle. “¡El hijoputa llevaba un rifle!”

El ruido de amartillar el arma se oyó perfectamente en el silencio sólo roto por la suave brisa marina y el sonido de los animales nocturnos. Paula estaba apretando el gatillo, pero un décima de segundo antes, el estampido del disparo del hombre del sombrero resonó por toda la montaña. El tiro alcanzó a Paula en la cabeza. Falleció al instante.

La luna, que parecía una C y era tapada de vez en cuando por una nube, observó la escena sin inmutarse. El viento tampoco percibió lo que ocurrió aquella noche en una carretera solitaria.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Un buen relato
29-02-2008 09:15
El ritmo de la persecución está muy bien conseguido, y creo que es el punto principal que hace que el relato funcione. Desde mi punto de vista, los aspectos a pulir están por otro lado: repeticiones de palabras -algunas te las he cambiado yo mismo, como verás si comparas los dos textos-, peso de la historia -hay un flashback muy amplio que nos presenta a la policía, pero que luego no tiene peso en sí en el relato; viene bien porque permite conocer al personaje, pero sería perfecto si, además, se entrelazara de algún modo con la acción presente- y marco de la misma -estamos en Cataluña: ¿hay muchos tipos con sombrero de ala ancha y botas de caña alta? ¿Por qué ésta digresión cuando ya tenías un buen escenario?-.

En definitiva, que apuntas muy buenas maneras y que en breves tendrás pulidos estos detalles. Te animo a que te pases por el Taller de literatura para que compartar puntos de vista con otros autores.



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