Pozos de Ambición: There Will Be Blood |
|
27-02-2008 17:07
Por: manheor
|
|
 |
|
P. T. Anderson y el abismo de la condición humana.
Es imposible parpadear. Desde el inicio, que no deja de recordar a “2001: Una odisea en el espacio”, “There Will Be Blood” -porque me niego rotundamente a llamar a este film “Pozos de ambición”, ya está bien de estupideces en este terreno- se revela como una experiencia sumamente perturbadora. Y, en apariencia, tampoco ocurre nada extraordinario.
Un pozo, un hombre picando piedra en su interior; el silencio... Nada fuera de lo común. Y, sin embargo, el desasosiego inunda al espectador como una sábana pegajosa y oscura; una intuición, tal vez, de que algo terrible, inhumano y humano a la vez, se nos está anticipando, como los gañidos de las cuerdas antes de que de comienzo la interpretación de la pieza.
Y hablando de piezas habría que empezar comentando el uso de la música en “There Will Be Blood” porque es una de las claves del film. Jonny Greenwood ha saltado de Radiohead a Hollywood en un paso. ¿Decisión suicida del director? Ni mucho menos. Paul Thomas Anverson siempre tiene muy claro qué necesita y no suele errar en su equipo artístico.
¿Sería posible concebir “There Will Be Blood” con otra banda sonora? Difícilmente. Anderson buscaba una textura única para su film, muy alejada de los convencionalismos que pudiera arrastrar un compositor afincado en la meca del cine. Por eso la elección de Greenwood es una declaración de intenciones y es que, en contra de lo que pudiera parecer a primera vista, el cineasta norteamericano no está rodando una película clasicista.
A pesar de que se apoya en las herramientas del cine clásico con un admirable, y milimétrico, uso del plano secuencia y del formato panorámico, Anderson cuenta su particular visión del sueño americano con un enfoque paralelo al que Stanley Kubrick eligió para contar su visión de la evolución del hombre en “2001” o Francis Ford Coppola para recrear “su” Vietnam en “Apocalypse Now”. En “There Will Be Blood” la riqueza y virtuosismo de la forma se combina con la profundidad del contenido para trascender la experiencia narrativa.
Como narración “There Will Be Blood” es una historia terrible. Daniel Plainview, interpretado más allá de cualquier elogio por Daniel Day Lewis (cada gesto, cada expresión, cada inflexión de la voz deberían ser la cabecera de todo curso interpretativo), tiene un sueño, más que un sueño una obsesión, obsesión que es pareja a otras que han tenido muchos de los hombres que han dejado huella en la historia y obsesión que sólo lleva a un desenlace ya previsto (Anderson nos ha avisado desde el título de lo que va a ocurrir): la destrucción.
El reverso tenebroso, o la realidad fehaciente, del sueño americano es lo que se sacrifica en pos del éxito comercial; se sacrifica la vida, la del que ansía ese éxito y la de sus seres queridos, y, si nos ponemos trascendentales, incluso, se sacrifica el alma; todo asomo de la bondad también presente en el corazón humano se exprime, hasta que la sangre no es más que un jugo denso y oscuro.
La sangre de nuestras venas y la sangre de la tierra. Desde luego, es una poderosa alegoría la que Anderson ha escogido, porque Plainview al fin y al cabo es un vampiro, un monstruo que desangra la tierra con sus máquinas, que quiere penetrar en su corazón y exprimirlo en su mano hasta que dé la última gota; hasta que nada reste.
Pero también es un vampiro para todo aquel que se topa en su camino. Destruyendo vidas inocentes, la de su hijo, H.G. al que acabará repudiando, tras abandonarlo, de la manera más salvaje y ruín, hasta la de quienes han querido exprimir su éxito según su conveniencia, como Eli, predicador de la “Iglesia de la Tercera Revelación”, poco más que un farsante ávido de parné, al que Plainview aleccionará en la escena más estremecedora de la película, que además supone su cierre.
La ruindad humana parece ser el objetivo de Anderson, que extrapola la crítica inicial a toda mitología cegata sobre la fundación de su país -además de atacar brutalmente a la manipulación religiosa que han sufrido y siguen sufriendo por parte de las sectas más mezquinas que puedan concebirse- para construir un monolito ardiente al horror que anida en el hombre, una crítica feroz y universal que si bien imperfecta, no todos los tramos de la película contienen la misma densidad y potencia, no por ello es menos poderosa, constituyendo, sin duda, la mejor película del año y una de las grandes películas de la historia del cine.
En su escena más alegórica y espectacular, Daniel Plainview, que acaba de contemplar cómo su hijo parece haber sufrido una conmoción cerebral de graves e inesperados resultados, observa una inmensa columna de llamas surgiendo de las entrañas de la Tierra. En su rostro, anaranjado por la luz del petróleo ardiente, no hay rastro alguno de la preocupación por su retoño. No, en su rostro sólo hay avaricia.
|
 |
| |
|
|
|
|
 |
|