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Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (II)


Opinión

21-03-2008 04:44
Por: Darthz

Segunda parte.


vendrá la muerte y tendrá tus ojos (ii)

Corría un frío día de Enero cuando hace más de treinta años un hombre se arrojó desde lo alto de un puente en Minneapolis. Su nombre: John Berryman; reconocido como John Smith, estudió en Columbia y Cambridge, ejerciendo más tarde como profesor en varias universidades estadounidenses. Como sus coetáneos Sylvia Plath, Anne Sexton o Robert Lowell, su vida estuvo cargada de un profundo pesimismo vital; tristezas y ansiedades que les acompañarían a todos ellos ya desde su niñez. Describían su poesía desde el primer libro que publicó (1956), Homage to Mistress Badstreet, de la siguiente manera: “estilo tan excéntrico como inquieto, de sintaxis fracturada y ritmo irregular”. Y, claro, desembocaría toda aquella atropellada visceralidad en uno de sus libros más aclamados, 385 Dream Songs, donde recogería “canciones” escritas a lo largo de doce años, creando con todo ello una especie de correspondencia consigo mismo donde la parodia, el humor, la depresión y la descripción de lugares y gentes extrañas se acumularían para dar lugar a la eclosión de una poesía dura, hiriente, rota como él mismo, desgarrada como las cuerdas de un viejo violín. Y su música… sonaba así.

¿Qué es ahora el niño, que ha perdido su pelota,
qué, qué puede hacer? La vi irse
rebotando alegremente, calle abajo, y luego
caer alegremente… ¡ahí está, en el agua!
De nada vale decir: «Oh, hay otras pelotas»:
una definitiva estremecedora aflicción inmoviliza al niño
que permanece rígido, tembloroso, con la mirada fija
en todos sus jóvenes días en la ensenada donde
se ha ido su pelota. No me metería con él,
diez centavos, otra pelota, es inútil. Ahora
siente la primera responsabilidad
en un mundo de posesiones. La gente necesitará pelotas,
las pelotas se perderán siempre, niñito,
y nadie vuelve a comprar una pelota. El dinero es superficial.
Él está aprendiendo, bien detrás de sus ojos desesperados,
la epistemología de la pérdida, cómo ponerse de pie
sabiendo lo que todo hombre debe saber algún día
y muchos saben casi todos los días, cómo ponerse de pie.
Y gradualmente la luz vuelve a la calle,
suena un silbato, la pelota no está a la vista,
pronto una parte de mí explorará el profundo y oscuro
fondo de la ensenada… Estoy en todas partes,
sufro y me muevo, mi mente y mi corazón se mueven
con todo lo que me mueve, bajo el agua
o haciendo sonar un silbato. No soy un niño pequeño.

No sé si fue una suerte terrible, pero acabó prediciendo su futuro. Cayó al agua. Y nadie volvió a comprar aquella pelota, aquella pelota del niño pequeño que luchó y murió ahogado; con esa suerte, con tal suerte que tienen los que poco esperan de la vida, más que rodar… “calle abajo, y luego, caer alegremente… ¡ahí está, en el agua!”.

Sin duda alguna el hombre que más me fascinó con sus fatídicos versos, fue el italiano Cesare Pavese, al cual uno lee y siente todo ese existencialismo letal y desesperanzado, y ve a Unamuno rezando en su cabeza y a Schopenhauer tirándole de una oreja, o dos. Uno abre los ojos, y ve a un hombre, a un gran crítico, a una persona considerada como “de los mejores escritores del siglo XX”; y lee que tradujo a Joyce, y a Faulkner y Dickens. Y a la gran ballena literaria de Moby Dick, del genio Melville; y la venció, como el viejo de Hemingway, que soñaba con leones… Y luego ve, claro, a una persona que peleó toda su vida con su “soledad interior”, la cual acabó destrozándole, por dentro y, al fin, por fuera. Y a los cuarenta y dos años de edad, se suicida; después de haber escrito un libro (El vicio absurdo) en el que dejaría plasmado todo ese dolor existencial que lo carcomió, como a la débil madera, poco a poco. Uno de sus poemas, como no, tenía que dar título a esta serie de artículos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, y aquí lo tenéis: dolor en vivo y directo, el poeta gritando desde las tablas del teatro a su tímido y jubiloso público, a su público inmóvil y muerto, sabiendo que, por mucho que se rompa la cuarta pared y uno grite con su febril despedida, y duela… se muere igual.


vendrá la muerte y tendrá tus ojos (ii)
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

Antonia Pozzi, italiana también, nace en 1912 y se suicida en 1938, sin llegar siquiera a los treinta años de edad. Su familia rápidamente quiso cambiar ante la sociedad lo acontecido, atribuyendo su muerte a un «mal repentino» para momentos después destruir su testamento y redactar uno nuevo (lo hizo su padre). Sí, tales son las apariencias para algunos que profanan lo único que de alguien que se ama queda: la memoria. Por suerte, el que escribe tiene esa otra memoria que difícilmente el inquisidor logrará hacer perecer (o sino… miren al pobre Kafka):

Tener dos largas alas
de sombra
y plegarlas sobre este mal tuyo;
ser sombra, paz
vespertina
en torno a tu extinguida
sonrisa.

Para ella la poesía es “una catarsis del dolor, como la inmensidad de la muerte es una catarsis de la vida”. Póstumamente se publicó la primera edición (ampliada consecutivamente) de su única e inédita obra poética: Palabras.

Volviendo atrás, puedo hablar de una de las contemporáneas de John Smith, Sylvia Plath, poetisa, prosista y ensayista. Se le achacaron durante mucho tiempo sus depresiones y consiguientes intentos de suicidio a la muerte de su padre, cuando tan solo contaba con la tierna edad de nueve años; pero lo cierto es que estudios posteriores afirman que se debió a un trastorno bipolar de la conciencia. Me parece curioso resaltar su relación con Ted Hughes, el cual se convirtió en su marido y posteriormente, tras su suicidio, en viudo (acusado en muchas ocasiones de la muerte de la poetisa). Se dice que Sylvia (y ella misma reconoció en alguna ocasión, no con tanta literalidad) estuvo muy influenciada en gran parte de su poesía por Hughes; ella declaraba en sus diarios sus intentos por experimentar la animalidad y el salvajismo de la obra de su esposo. Como anécdota curiosa, el hombre, mientras estaba casado comenzó una relación extramatrimonial con Asia Wevill, la cual también acaba suicidándose… Conmovedor.
Unos versos de su poema “La luna y el tejo” dicen así:

¡He caído tanto! Las nubes están floreciendo,
azules y místicas sobre el rostro de las estrellas.
Dentro de la iglesia, los santos serán todos azules,
flotando con sus pies delicados sobre los bancos fríos,
sus cabezas y sus caras rígidas de santidad.
La luna no ve nada de esto. Ella es calva y salvaje.
Y el mensaje del tejo es negrura -negrura y silencio.

Mencioné también antes a Anne Sexton, hablemos de ella. Otra estadounidense, en este caso de Massachussets. Nace en 1928 y se suicida en octubre del 74 (qué fácil se dice esto… como el que da el resultado de un partido de fútbol. ¿No somos los humanos algo frívolos y cabrones?). Digamos que no se movió mucho durante su vida, y sus derroteros fueron casi todos destinados a los alrededores de su paterno Boston. Allí estudió, se casó, y tuvo dos hijas. Se divorció (seguimos con la frivolidad… ay, sí, se habla tan fácil de las desgracias ajenas cuando uno ya está muerto…) y… más tarde se le diagnosticaría depresión postparto, sufriendo entonces su primer colapso nervioso. Ingresa en un hospital, y después del nacimiento de su segunda hija, Sexton sufre otra crisis e intenta suicidarse el día de su cumpleaños. Hasta ahí, todo normal (me estaréis mirando raro; yo también lo hago…). ¿Cuándo empieza a escribir? Cuando su doctor le alienta a unirse a un taller de literatura poco tiempo después. Y así lo hace. Más tarde accede a otros talleres, y acaba protagonizando otros propios; en uno de ellos conoce a Sylvia Plath y se relaciona con otras gentes de letras, obteniendo buen reconocimiento a raíz de publicar poesía en algunas revistas conocidas del momento. Comienza a sacarle algo más de sentido a su vida, a una vida que, ya de por sí, apenas creía que le pertenecía; y sin embargo, en 1974 se suicida inhalando monóxido de carbono. Habló, por ejemplo, del “Deseo de morir”:

Ya que preguntas, casi nunca puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lujuria retorna.
Ni siquiera entonces me siento enemiga de la vida.
Conozco bien la brizna que mencionas,
los muebles que has puesto bajo el sol.
Pero los suicidas poseen un lenguaje especial
como carpinteros, quieren saber qué herramientas
no preguntan por qué construir.
Dos veces me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he adoptado su oficio, su magia.
Así, pesada, atenta
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando en el hueco de la boca.
No preví que punzarían mi cuerpo.
Ni siquiera la córnea y la orina estaban ya.
Los suicidas traicionan el cuerpo de antemano.


vendrá la muerte y tendrá tus ojos (ii)

Anne Sexton habla con la vida en la boca, y nos escupe a la cara su lengua, a veces con melancolía, pero siempre con el dolor vociferando:

Temo a las agujas,
estoy cansada de sábanas de goma y tubos.
Estoy cansada de rostros que no conozco
y ahora pienso que está empezando la muerte.
La muerte empieza como un sueño,
lleno de objetos y la risa de mi hermana.
Somos jóvenes y vamos andando
y recogiendo moras silvestres
durante todo el camino hasta Damariscotta.
Oh, Susan, gritó,
te has manchado el chaleco nuevo.
Sabor dulce:
mi boca tan llena
y el dulce azul que se derrama
durante todo el camino hasta Damariscotta.
¿Qué hace? ¡Déjeme en paz!
¿Acaso no ve que estoy soñando?
En un sueño nunca se tiene ochenta años.

Alejandra Pizarnik también decidió acabar con su vida a los treinta y seis años de edad, con una sobredosis de sedantes. No voy a hablar mucho de ella; se le consideraba una poetisa argentina surrealista, y entabló amistad con gente de la talla de Julio Cortázar y Octavio Paz. Y cuando la luna le buscaba por las noches, para contarle aquellos cuentos que se negaba a oír:

…el miedo no cuenta cuentos y poemas,
no forma figuras de terror y de gloria…

Uno supone que escribió cosas tan tristes y geniales como ésta:

Conozco la gama de los miedos,
y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce
hacia mi desconocida que soy…

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Siempre se aprende algo nuevo
29-03-2008 14:39
Muy amena la exposición. De todos los poetas tan sólo conocía a Robert Lowell, que pasó gran parte de su vida en manicomios.

   RE: Siempre se aprende algo nuevo
29-03-2008 16:25
Gracias, verdelectric.

A ver... a ver si esto va gustando, y a ver si hago las siguientes partes. Que tengo pensado hablar en uno extenso sobre mi querido Antonin Artaud.

   gran aporte
23-03-2008 23:20
Felicitaciones por tu aporte , muy interesante , ademas de bien redactado. Recomiendo que lean algo de Silvya Plath ( sobre todo "Ariel"), no escribio mucho pero lo que hizo es muy bueno. Saludos

   RE: gran aporte
25-03-2008 21:47
Tienes aquí también subida un artículo igual que este, sólo que algo más corto; la primera parte, vaya. Y espero pronto ir sacando más. Por si hay curiosidad.

   RE: gran aporte
25-03-2008 21:42
Hombre, comentarios como los tuyos suben un poco el ánimo y hacen ver al autor que no está escribiendo para nadie...

Gracias.



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