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Oro Jackson


Relatos de Fantasía

31-03-2008 16:52
Por: Sky Render

Un niño desantendido descubre el secreto más oculto del lago Waconda: el pez gigante, Oro Jackson.


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I

“Capturado el legendario Oro Jackson del lago Waconda”

Vaya, ¿qué te parece? Es increíble las vueltas que puede llegar a dar la vida. Cuando uno cree que ha dejado atrás el pasado descubre que ha estado andando en círculos y que ha vuelto al punto de partida...

Tú no sabes de qué va todo esto, ¿no es así? El nombre “Oro Jackson” te deja indiferente. ¿Que no lo habías oído en tu vida? No me extraña, es , bueno, era una leyenda, pero una leyenda de tercera. ¿Leyenda? Más bien un cuento para niños que ningún niño ni adulto de Waconda llegó a creer realmente.

Nunca te hablé de esto. Sí, ya sé que yo nací allí, pero, ¿sabes?, no pensé que pudiera llegar a interesarte. Ni que una historia como ésa pudiera importarle a nadie que viviera a más de diez millas del lugar. Mira esto: es una leyenda de hace más de un siglo, y a su resolución este diario de ámbito estatal no le dedica más de media página. Quizá sea porque se trata de un pez... Porque, legendarios o no, los peces no son muy interesantes. Animales aburridos, simples trozos de carne que dedican su vida a existir. No conozco ninguna historia apasionante que trate acerca de peces. Y como ya te veo abriendo la boca para enumerarme montones de ejemplos que demuestran lo contrario, te sugiero que te calles y me dejes decir las tonterías que a mí me dé la gana. En cualquier caso, no me extraña que tenga tan poca relevancia para la gente. Incluso yo había llegado a olvidarlo todo...

...Aunque sí que tengo una historia que contar. Es bastante aburrida, la verdad... Además supongo que todos los que alguna vez fueron habitantes de Waconda como yo tienen algo que decir respecto a Jackson. No es que pasasen muchas cosas más en aquel lugar, ¿sabes? Por aquella época era el culo del mundo, un pueblo y un lago diminutos y dejados de la mano de Dios. No había mucho que hacer allí aparte de pescar, pasear y leer... y hablar de Jackson.

Bueno, mi historia es algo... distinta. Diría que más... estimulante. Ya sé que crees que me estoy haciendo el interesante, pero, oye, ¿acaso no quieres tú mismo escucharla en este momento? Te encantan las historias. Ahora mismo quieres que deje de hablar y empiece a contar.

Bien, como quieras. Pero más te vale prestar atención.

II

Waconda es un pueblo que debe su nombre al lago junto al que se asienta. Supongo que sus fundadores no creyeron necesario inventar dos nombres distintos para dos cosas tan pequeñas. Un puñado de casas y menos de treinta kilómetros cuadrados de agua turbia y fría entre un frondoso bosque de pinos, y una carretera estrecha y repleta de baches como única vía de comunicación con el resto del mundo. Me pregunto qué cara pondrían aquellos fundadores si pudieran verlo ahora. El pueblecito. Con el paso del tiempo se fue haciendo más grande, pero en los últimos años ha experimentado un crecimiento brutal. Los edificios abarcan casi la mitad del perímetro del lago, y si no lo rodean por completo es debido a lo inestable del terreno en algunos puntos (en las zonas donde paraban las aves migratorias... parece que ahora apenas se ven). La superficie está surcada por decenas de embarcaciones de recreo desde las cuales los turistas lanzan la caña, muchos por primera vez. El bosque está esquilmado, y si se conserva es únicamente para no quitarle “encanto rústico” al lugar. Y por la carretera, que ahora es dos veces más ancha y no tiene ningún bache, no dejan de llegar visitantes en los meses de verano. Y hoy en día, por lo que dicen, hay más cosas que hacer aparte de pescar, pasear y leer. El sitio se ha convertido en el mayor centro de ocio nocturno de toda la zona, y hay fiesta y marcha hasta el amanecer para todo aquel que vaya con el suficiente dinero para gastar.

Parece ser que fue por la pesca que la industria turística miró a Waconda con buenos ojos. La verdad es que pescado había todo el que quisieras, no había por qué preocuparse por el sustento, desde luego. Aunque los peces que se pescan ahora resultan, en comparación con mi época, bastante ridículos, en mi opinión. Mi padre siempre traía a casa lucios del tamaño de su brazo. Ya, ya sé, miras la foto del periódico y piensas: “esta pieza tiene de ridículo lo que yo de obispo”. Pero es que ésa es especial. Jackson siempre fue especial en Waconda. Mira a los que lo han cogido, mira cómo sonríen. Parece que lo pescaron por casualidad. Apuesto a que no tienen ni idea de la historia que tiene esa mole a sus espaldas.

La leyenda de Oro Jackson viene de lejos, de la fundación del mismo pueblo. Se hablaba de una criatura colosal que habitaba el lago, un pez monstruoso de cuyo aspecto nadie estaba totalmente seguro: algunos lo pintaban como un barbo gigante, otros como una inmensa carpa. Había quien afirmaba que en realidad era un cocodrilo, e incluso se llegó a sostener que era una criatura mágica que cambiaba de forma constantemente, y que se trataba de la personificación del espíritu del lago. Pero lo cierto es que, aunque muchos aseguraban haberlo visto, nadie tenía pruebas reales de su existencia. Pero, bueno, si las hubieran tenido nadie hubiera hablado de “leyenda”, ¿no crees?

El nombre de “Oro Jackson”, como tal, surgió hace más o menos un siglo; por esa razón te dije que se trataba de una leyenda de cien años a pesar de que el lago tiene bastantes más. Un tipo llamado Wilbur Jackson, veterano pescador, dijo una vez respecto a la criatura que no sabía si existía o no, pero que una cosa era segura y era que aquel que se las arreglase para capturarla sin duda se haría de oro exhibiendo la pieza. No sé si sería porque aquella observación pragmática y materialista llamó la atención entre todas las teorías fantásticas que circulaban en torno al animal, o porque simplemente sonaba muy bien, pero el caso es que a partir de aquel día la bestia pasó a ser conocida como Oro Jackson, la leyenda del lago Waconda.

Hubo intentos de atraparlo, por supuesto. Las personas solemos preferir estropear el misterio y tratar de desvelar lo que no sabemos, en vez de disfrutar especulando sobre lo que escapa a nuestra comprensión. Es la voluntad de controlar: el control pasa por el conocimiento. Si no sabemos, no controlamos, y nos sentimos inseguros. Da lo mismo, puesto que nadie consiguió nunca nada. Ni un forcejeo con la red, ni una sombra bajo la barca, a tiro de arpón... nada. Y bueno, los pescadores lo dejaron correr al cabo de un tiempo, salvo algún que otro advenedizo que quería darse aires de aventurero. No merecía la pena invertir tiempo y dinero en perseguir el reflejo de una leyenda en el agua cuando las piezas de siempre seguían allí, más pequeñas y menos prestigiosas, pero mucho más reales y visibles. Así pues, para cuando yo vivía allí, hace ya casi veinte años, solamente quedaba un chiflado que seguía persiguiendo a Jackson.

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Ese chiflado no era otro que mi padre. No te he hablado mucho de él, ¿verdad? No me extraña, ya que falleció antes de conocerte yo a ti, hace cinco años. Bueno, el caso es que todas las mañanas salía en su barca para intentar capturar a la bestia. Nada le importaba ser el hazmerreír del pueblo entero, y nada le desanimaba el hecho de que llevara siete años tras el animal sin haberlo visto ni una sola vez. Ni siquiera pensaba racionalmente en el mejor modo de dar caza a su presa, planificando su estrategia y desplazándose periódicamente por distintos puntos del lago para ampliar su radio de acción. Eso sería lo que haría un hombre guiado por la razón. Pero no mi padre. Lo que le impulsaba no era la cabeza, sino un corazón repleto del más puro e intenso deseo de venganza, que le llevaba cada día a subirse en su embarcación y adentrarse en el lago, dando palos de ciego en su búsqueda de aquella criatura invisible, haciendo gala de una determinación ajena a cualquier lógica. Venganza contra aquel al que él consideraba responsable directo de la muerte de alguien muy querido para él. Así es; mi padre estaba convencido de que Oro Jackson era el culpable de la muerte de mi madre.

Me contó lo que pasó sólo una vez, y aunque era aún muy pequeño retuve en mi memoria lo que dijo, palabra por palabra. Bueno, cuando mi madre murió yo no tenía más que tres años, no podía comprender nada, así que él me decía que “se la había llevado el lago”. Pero cuando cumplí los siete, y ya no me conformaba con versiones deformadas de la realidad tan bien como antes, tuvo que contarme al fin la verdadera historia. Ocurrió una tarde en que mis padres estaban navegando juntos en el lago, aprovechando que mi abuela había venido de visita y podía quedarse conmigo en casa. De pronto, mientras regresaban al embarcadero, un golpe violento bajo el bote arrojó a mi madre al agua. Mi padre, cuando se disponía a lanzarse a por ella, vio algo bajo la superficie. No puedo olvidar la descripción que hizo de ello: “fue como si las mismas aguas se estremecieran y se movieran de forma arrolladora por debajo de la quilla, adoptando una forma de serpiente del color del lago; y aquella forma, aquella masa, irradiaba una fuerza y una potencia tales que no podías más que admirar aquella belleza monstruosa y darte cuenta de lo débil y pequeño que eras realmente”. Bueno, parece ser que admiró aquella belleza demasiado tiempo. Para cuando despareció y él despertó de su ensoñación, para después arrojarse desesperadamente a las aguas oscuras, ya era demasiado tarde para mi madre. Ella no podía nadar con el vestido que llevaba, y él tardó demasiado tiempo en encontrarla en el agua turbia. Allí mismo, sobre el cuerpo de su esposa, juró dar caza al único responsable posible. Y siete años seguidos pasó haciendo honor a ese juramento; todos los días antes del amanecer preparaba su barca y pasaba las horas de la mañana a la espera de la más mínima señal de su enemigo.

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Para mí no fue muy agradable. Yo no creía en la existencia de Jackson, ¿sabes? Ninguno de mis compañeros de escuela lo hacía. Ellos se reían de mí, el hijo del pescador loco. La verdad es que aquellos siete años no fueron precisamente los mejores de mi vida, pero no quiero aburrirte contándote lo crueles que pueden llegar a ser los niños. Yo pasé como pude, y seguí creciendo por mi cuenta, cada vez más ajeno a un padre que prefería pasar su tiempo combatiendo una ilusión que con su hijo. Y así pasaron los años.

Hasta que yo cumplí los diez.

III

Pasado un mes de mi décimo cumpleaños, mi monótona vida experimentó un giro de ciento ochenta grados. Sí, las cosas se ponen interesantes por fin, calla y escucha.

Cuando yo era niño me encantaba bañarme en el lago. Para mí nadar se había convertido, con el paso del tiempo, en algo que hacía prácticamente a diario si las condiciones atmosféricas lo permitían. Representaba una perfecta válvula de escape a mi aburrida e insulsa existencia. Me encantaba bucear, y me enorgullecía de ser el único niño que no necesitaba gafas para ver bajo el agua. Cierto es que en aquellas aguas sucias no se podía ver gran cosa, y, además, siempre terminaba con los ojos completamente enrojecidos; pero es que, para mí, bucear bajo la superficie era lo más parecido a volar. Me encantaba sentir mi cuerpo ligero como una pluma, ser capaz de moverlo con unas pocas brazadas. De modo que tomé por costumbre darme un baño cada mañana. Todos los días, antes de desayunar, y después de que mi padre partiese a su ridícula cacería diaria, yo iba al embarcadero a nadar un rato. El agua estaba muchas veces helada, aunque a mí me daba igual. Tenía que caer una buena tormenta para impedirme ir al lago. A costa de mi terquedad pesqué un montón de resfriados, aunque por lo visto debí de acabar por adquirir inmunidad o algo por el estilo... Sí, lo cierto es que fui un niño bastante raro. Ahora ya apenas nado, ¿sabes? No es de extrañar, después de lo que pasó.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Muy entretenida y original
01-04-2008 09:40
Me ha gustado mucho tu historia, cómo se va desarrollando sin prisas, como la narración de un viejo que se sumerge en sus recuerdos. El mensaje de fondo es muy interesante también.

Vamos, un muy buen relato. Gracias por compartirlo.



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