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Fuegoeterno I


Terror y Supense

14-03-2008 15:40
Por: Belgarion69

Bueno, aquí tenéis la primera parte de una historia que terminé hace poco. La divido en dos porque es muy larga para un solo artículo, creo yo. Espero que os guste, y, ya sabéis, las críticas son bien recibidas.


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- Maldita mi suerte, míos hermanos. Maldita mi suerte.

La voz de Rhaknur resonó en la catacumba, haciendo que sus dos compañeros de hermandad, Dariv y Nara, dieran un respingo.

- ¡¡Shhhh!!¡¡Silencio!! –El susurro de Nara sonó casi tan alto como la voz de su hermano menor en la oscuridad. Un aleteo cercano y unas sombras veloces creadas por su antorcha les revelaron cómo un murciélago huía del ruido y de la luz.

Después de lo que les parecían días, a pesar de que sólo habían pasado unas horas dentro de los túneles oscuros, sucios y pestilentes, los nervios de los tres ladrones de tumbas estaban a flor de piel. En los pisos superiores, donde por lo menos los pequeños ventanales dejaban entrar la luz difusa de la luna, no se habían sentido tan atrapados y encerrados. Rhaknur les había propuesto que saquearan lo que encontraran en aquella habitación y salieran del cementerio lo antes posible, pues los espíritus de los Antiguos Padres moraban en estas tierras. En estos momentos Nara se arrepentía de haberle llevado la contraria.

Hacerse un nombre en el puerto de Costa Negra no era tarea fácil, y menos siendo una chiquilla menuda y delgaducha, sin nada que ofrecer excepto una piernas veloces y unos dedos ágiles. Pero ella lo había conseguido cuando conoció la existencia de la Hermandad de las Manos Blancas, ya que eso era justamente lo que ellos buscaban, y desde su iniciación hacía dos años no había defraudado a su nueva familia ni una sola vez. Y no pensaba empezar esta noche.

-En el piso superior –había replicado a su hermano- sólo se encuentran los utensilios y baratijas, hermosos, pero de poco valor. La verdadera recompensa se encuentra en las criptas inferiores.

Cuando después de una hora de búsqueda Dariv hubo encontrado la entrada secreta que llevaba a los pisos ocultos de la tumba, Nara pensó que su decisión había sido acertada. Pero ahora, sumida en la oscuridad, prácticamente perdida en estos pasillos, dudaba de su elección. Aún así, no quiso mostrar su incertidumbre frente a sus dos hermanos de clan. La debilidad se pagaba con la muerte en el mundo en el que vivía.

-Es esta cripta maldita, míos hermanos –se quejaba Rhaknur en ese momento–. Este lugar oscuro y desolado intenta librarse de nosotros, oídme lo que digo, oídme bien. Nos escucha, sí, a nosotros, nuestros pasos, nuestras palabras. Sí, míos hermanos, oídme bien. Este santuario está maldito, sí, maldito. Maldita mi suerte. Maldita mi suerte y maldita la vuestra, míos hermanos.

La forma de hablar de su hermano menor hizo que a Nara la recorriera un escalofrío. Venido de las lejanas tierras de más allá del Mar Tranquilo, el acento de Rhaknur le delataba como un hombre de los clanes del desierto. Supersticioso y fiel discípulo de su religión, adorador del Dios del Viento de Arena, Rhaknur, un hombre para muchos, pero un niño todavía en su tierra, había llegado a Costa Negra para demostrar su valía y madurar cumpliendo los preceptos que exigían los clanes, en los que se ordenaba que a una determinada edad hombres y mujeres viajaran por el ancho mundo para enriquecerse a sí mismos y llenar de gloria con sus actos a su antigua casa.

A pesar de que ya llevaban varios meses colaborando y formando parte del mismo Círculo, Nara aún no se había acostumbrado a la estrambótica forma de expresarse de su nuevo hermano, y la forma en la que silbaba cada vez que abría la boca, como una serpiente, aumentaba su incomodidad.

Pero los padres de la Hermandad la habían dejado al mando de su Círculo tras la fatídica muerte de su mentor, hacía pocos días, así que controló su recelo y se volvió hacia su segundo.

-A este lugar no le pasa nada, Yakari. No hay más mal aquí que el que se esconde en el Callejón de los Antiguos en Pueblo Libre. Así que cierra la boca y deja que piense.

A pesar de que la lengua de los clanes sonaba gutural e incomprensible a oídos de una Líbera como Nara, ésta se había tomado su tiempo para aprender unas pocas palabras de su nuevo hermano. Y le era útil, ya que Rhaknur, nervioso y agitado como era, se tranquilizaba al escuchar algo dicho en su idioma materno, como sucedió en esta ocasión en la que, si bien no dejó de moverse inquieto, al menos consiguió que mantuviera la boca cerrada durante unos minutos.

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Acercó la llama de la antorcha al papel que sostenía en la otra mano, con cuidado para evitar que el material ardiese, para comprobar las instrucciones una vez más. Estaba segura de que habían seguido el plano que les vendiera el mercader del puerto al pie de la letra, por lo que, en teoría, después de girar en el siguiente recodo a la izquierda, deberían encontrarse de frente con el sanctosanctorum de la cripta.

-Muy bien. Dariv, adelántate unos pasos, e intenta localizar toda sorpresa inesperada en lo que queda de pasillo, hasta que llegues a esa abertura a tu izquierda.

El pálido muchacho asintió una sola vez y se adelantó sigiloso como una sombra, desapareciendo de la isla de luz de la antorcha. Sus pies no hacían ningún ruido al avanzar, y su cuerpo agazapado vestido totalmente de negro se ocultaba perfectamente en las sombras del corredor. Comenzó a buscar cables que cruzaran el pasillo, o rocas sueltas, o baldosas sospechosas, o cualquier indicio de que hubiera alguna trampa esperándoles en el camino.

De todos los miembros de la Hermandad de la Mano Blanca, Dariv era el único al que Nara podía considerar un hermano de verdad. El muchacho había perdido la lengua antes de iniciar su andadura en la familia de ladrones. Nadie sabía por qué, ni dónde, ni quién se la había arrancado. A pesar de que una vez nombrado miembro de pleno derecho de la hermandad los Padres le habían ofrecido venganza, el chico había hecho caso omiso, y cada vez que salía el tema a colación lo único que hacía era encogerse de hombros. Por ello, el silencio le acompañaba allí a donde fuese.

Nara ya conocía a Dariv antes de unirse a la Hermandad. Se conocieron y se ayudaron mutuamente en las calles de Costa Negra, en donde la muerte esperaba a cualquier incauto a la vuelta de la esquina. Juntos consiguieron sobrevivir y, finalmente, encontrar una nueva familia. La habilidad para moverse como una sombra y las dotes de observación del muchacho y la pericia y velocidad de la chica los convirtieron pronto en miembros muy valiosos de la Hermandad, y, viendo que trabajaban perfectamente juntos, los Padres no habían puesto objeción alguna en que formaran parte del mismo Círculo. Así pues, juntos comenzaron a labrarse una reputación en su nuevo hogar.

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Al cabo de unos minutos Nara oyó un sonido rítmico, piedra contra piedra, dos golpes rápidos y un tercero, un segundo más tarde. La señal de Dariv. El camino estaba libre. La muchacha hizo un gesto con la cabeza y avanzó por el corredor con el hombre del desierto pegado a sus talones. Cuando llegaron al recodo, encontraron a Dariv agachado en la esquina. Éste volvió la cabeza hacia Nara y señaló un poco más adelante. La muchacha siguió su dedo con la mirada. Al principio no vio qué era lo que señalaba el chico hasta que al fin se percató de la luz de la antorcha reflejada en una delgadísima línea metálica situada a unos pocos centímetros por encima del suelo. Nara se preguntó cómo podría haberla visto su amigo en la oscuridad si ella sólo lo había descubierto gracias al reflejo del fuego. No le dio mayor importancia: una de las cualidades de Dariv era ver cosas que otros no podían ver.

-¿El resto del pasillo es seguro? –pregunto la chica.

El muchacho asintió y señaló al frente, donde se podía distinguir de forma vaga el contorno de una puerta de madera al final del corredor.

-¿Y la puerta también?

Dariv asintió de nuevo.

-Bien, esto es lo que haremos. Yo iré primero y entraré en la habitación. Después irás tu, Rhaknur, y por último Dariv. -Se volvió hacia el chico-. Si ves algún cambio, lo que sea, en el pasillo o alrededores, da la alarma. Yakari -dijo, mirando al hombre de tez morena del desierto-, desenfunda tus armas. Si este lugar tiene tanto valor como nos han hecho creer puede que tengamos que defendernos de algo más que arañas y murciélagos –Nara no quería pecar de imprudente. Había escuchado muchas historias de criaturas y guerreros que mantenían los secretos y tesoros de sus amos incluso después de que éste abandonara la tierra de los vivos. Incluso había tenido algún que otro encontronazo con éstos en pasadas aventuras-. En caso de que tengamos que huir, primero irá Dariv, después Rhaknur y por último yo, cerrando la marcha. – Dio unos golpecitos intencionados en la pequeña bolsa que colgaba del lado derecho de su cinturón, donde guardaba cuatro cápsulas de ceniza roja. Como último recurso, podía intentar hacer que el techo se derrumbara sobre sus perseguidores si la situación se complicaba, lanzando una de las cápsulas contra las paredes y haciendo que estas explotaran.

Rhaknur y Dariv asintieron, dando su consentimiento al plan de Nara.

- Muy bien, adelante.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Nada que decir
14-03-2008 15:45
De momento no tengo nada que comentar: buen ritmo, bien definido el escenario, buena presentación de la trama... Dentro de los cánones de la fantasía más clásica, pero bien resuelto y con pinceladas de un imaginario propio. Veremos qué depara el final.

   RE: Nada que decir
26-03-2008 10:25
Me alegro de q te haya gustado. La verdad esq publique las dos partes a la vez, pero supongo q tardaran un tiempo en meter la 2º. La verdad esq el final q puse no me convencia al 100%, y luego se me ocurrio otro, pero weno, a ver q te parece. Gracias por comentar! ;-)



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