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Fuegoeterno I


Terror y Supense

14-03-2008 15:40
Por: Belgarion69


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El trío esquivó el invisible cable del suelo y avanzó por el corredor, colocándose en sus posiciones. La muchacha sacó de un bolsillo la llave que el mercader les diera en el puerto junto con el mapa. Era un pedazo de metal vulgar, algo oxidado, de un palmo de longitud. Al parecer era la única forma de entrar en la cripta. Nara agarró la manija de la puerta, colocó la llave en la cerradura y contuvo el aliento. Contó mentalmente hasta diez con los ojos cerrados hasta que consiguió calmar sus nervios y giró la llave. El chasquido de la puerta al abrirse rompió el silencio que inundaba el corredor, y las bisagras oxidadas chirriaron de forma lastimera cuando cedieron a la presión de la muchacha.

Comprobando minuciosamente que no hubiera sorpresas al otro lado de la puerta, la chica penetró en la estancia lentamente. Se le cortó la respiración al mirar con más detenimiento en su interior. Se encontraba en una habitación inmensa, imposiblemente grande dado el tamaño de los túneles y pasillos que habían recorrido. El techo se perdía en la oscuridad por encima de su cabeza, y lo mismo ocurría con las paredes a sus lados. De hecho era incapaz de verlas. Una hilera de columnas inmensas, tan anchas que no podía abarcar ni una mínima parte de ellas con los brazos extendidos, se perdían en la distancia a izquierda y derecha, paralelas a la pared en la que se encontraba la puerta por al que acababa de entrar. También se sorprendió al percatarse de que la estancia se encontraba iluminada levemente, ya que unas antorchas colgaban de la pared y las columnas, y más allá, en la inmensa estancia vacía, hileras de lámparas oscuras, con una llama prendida en ellas, se alineaban cada siete u ocho pasos.

Se acercó lentamente a una de las antorchas que colgaba de la columna más cercana y comprendió cómo podía ser que permaneciera encendida después de todo el tiempo que habría tenido que pasar desde que se sellara la cámara.

“Fuegoeterno”, pensó para sus adentros. Al darse cuenta de las implicaciones que conllevaba este hallazgo, el corazón le dio un vuelco. ¡El fuegoeterno era la sustancia más cara y codiciada que existía! Una llama que jamás se consumía y que obedecía los mandatos de su dueño, el fuegoeterno sólo podía encontrarse en los lugares más sagrados y en los palacios de los gobernantes más poderosos de todos los reinos, y únicamente en una pequeñísima cantidad. Una sola de estas antorchas podía volverla más rica que el Justicar de Costa Negra. ¡Y en esta habitación había cientos, tal vez miles de ellas! Permaneció unos segundos recuperando la compostura y ordenando sus ideas.

Mientras ella permanecía ensimismada, sus dos compañeros entraron en la estancia y se quedaron tan pasmados como ella. A pesar de la inmensidad de la habitación, ninguno de los tres se atrevió a alejarse demasiado de la puerta por la que habían entrado, como un nadador que no se aleja de la costa, pues temían que las mareas de oscuridad los arrastrasen, ya que a pesar de las miríadas de lámparas que inundaban la gran sala, éstas sólo representaban pequeños oasis de luz en un desierto de negrura.

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-Míos hermanos, maldita nuestra suerte, míos hermanos. ¡Fist’ie ran! ¡Fuegoeterno! Ricos, míos hermanos, más ricos que el más rico del señor de los clanes. ¡Kasht! Más ricos que todos los señores de los clanes juntos. Yakarie ma, maldita nuestra suerte, yakarie ma.

Una risotada un poco histérica brotó de los labios del hombre del desierto, rompiendo el silencio de la inmensa bóveda. Los ecos volvieron a ellos repetidas veces durante varios segundos. Nara dirigió una mirada al hombre alto que observaba las antorchas con un brillo codicioso en los ojos y una sonrisa de oreja a oreja en la cara. Y compartió su ilusión. ¡Ricos! Más que ricos. Llevarse aunque sólo fuera una antorcha de esta sala cada uno significaría salir de las calles, dejar atrás la pobreza, el miedo, las dudas… Empezar una vida que antes sólo se atreviera a soñar. Sólo tenía que coger una de las antorchas. Pero a pesar de ello, se resistía a la idea. Una sensación de temor la reconcomía por dentro, y no podía quitársela de encima.

Ensimismada como estaba, no se dio cuenta de que Dariv se le acercaba hasta que la rozó suavemente en el hombro. Tras un pequeño respingo, dirigió la mirada hacia el lugar que el chico señalaba. Al parecer el muchacho se había atrevido a alejarse un poco más que sus compañeros de la puerta. A lo lejos la muchacha pudo ver un fulgor más intenso que en el resto de la habitación, rompiendo la monotonía de la misma. Miró a Dariv, quien se encogió de hombros y esperó a que ella decidiera qué quería hacer. Rhaknur se había unido a ellos y observaba en la misma dirección, curioso, aunque la expresión de felicidad y codicia de su rostro no había desparecido.

-Yakari, ¿dónde han quedado tus miedos y temores? –preguntó Nara, mordaz.

-En el pasillo, maldita mi suerte, yakaria. En el pasillo –contestó el hombre con una amplia sonrisa-. ¿Acaso puede que haya más secretos y tesoros en este paraíso de riqueza, míos hermanos? Si el afortunado ocupante de esta cripta poseía tanto fist’ie ran que podía permitirse inundar su mausoleo con él, ¿qué valor tendrán los tesoros que guarde con más recelo, yakaria ma? –su sonrisa se ensanchó.

Nara se preguntaba lo mismo, y al parecer Dariv también. Tomó una decisión.

-Muy bien, nos acercaremos a echar un vistazo, pero uno de los tres permanecerá en todo momento mirando hacia atrás para no perder de vista la salida. No sabemos el tamaño que puede alcanzar este antro, y lo último que quiero es quedarme aquí atrapada.

Dariv asintió, dejando claro que sería él el que lo haría.

-De acuerdo, míos hermanos. Caminemos –dijo Rhaknur, excitado.

Tardaron más de lo que Nara había supuesto, ya que la monotonía del salón engañaba su percepción de las distancias. Pero al final llegaron a su destino. Dariv sacó una de las dagas que ocultaba y la colocó en el suelo, apuntándola en la dirección por la que habían venido, para no perder el camino de vuelta, ya que no podían distinguir la débil luz que salía de la puerta por la que habían entrado. Satisfecha con las medidas tomadas, Nara echó un mejor vistazo. Quedó un poco decepcionada.

Cuatro lámparas idénticas en forma pero mayores que las que veía por toda la habitación rodeaban un sarcófago de piedra, en el que sobresalía el relieve de un anciano. Sus facciones cinceladas en piedra estaban labradas con tanto detalle que parecía como si realmente hubiera una persona tumbada en él. Su cabello largo le llegaba a los hombros, y la barba de piedra se extendía pulcra sobre la armadura que cubría su cuerpo. Sus manos descansaban entrelazadas sobre su regazo, y sus ojos cerrados, pétreos, ofrecían una imagen de paz y serenidad. Realmente parecía un viejo guerrero durmiendo plácidamente.

-Hay varias inscripciones en la piedra -observó la chica–. Rhaknur, échales un vistazo.

Cuando era niño el hombre había recibido estudios de lo que equivaldría a la Gramaticae de los Líberos en su tierra natal, y era el único de los tres que sabía leer y escribir. Ésa era una de las razones por las que Nara lo había incluido en su Círculo.

Rhaknur se agachó para poder ver con más detenimiento las palabras escritas, pero se incorporó casi enseguida sacudiendo la cabeza.

-Lo siento, mía hermana, pero ésta es una lengua que desconozco. Algunos símbolos me recuerdan a los assiri garm’ dej alin, los escritos de los Antiguos Padres, pero soy incapaz de descifrarlos.

Nara contuvo el aliento. Si realmente esta sala databa de la época de los que hoy en día llamaban los Antiguos Padres, significaba que estos fuegos iluminaban la sala desde hacía más de tres mil años, antes de la Plaga y del comienzo de las Largas Noches. Realmente se trataba de fuegoeterno.

Tras dar un par de vueltas completas alrededor del sarcófago, Nara miró con gesto interrogante a Dariv, que se encogió de hombros. “La decisión es tuya”, parecía decir. Después de pensarlo un momento, se decidió.

-Muy bien, nos llevaremos lo que podamos. Con este tesoro podremos dormir mejor cuando llegue la próxima Larga Noche. Rhaknur, deshazte de todo lo que podamos desprendernos. Si vamos a hacerlo, hagámoslo bien. Coged todo lo que podáis, pero cogedlo rápido. No quiero quedarme aquí más tiempo del necesario.

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Rhaknur esbozó una sonrisa radiante y comenzó a rebuscar en su mochila y bolsillos, desparramando casi todo su contenido por el suelo. Pergaminos arrugados, botellitas llenas de líquidos de vivos colores, utensilios y pequeñas armas se esparcieron aquí y allá. Muy pronto Rhaknur estuvo preparado para comenzar el saqueo, pero se contuvo, respetando la tradición de la Hermandad que decía que el jefe del Círculo elegía las mejores piezas el primero cuando se encontrara un botín.

Cuando estuvo preparada, Nara se acercó a una de las antorchas. Las llamas chisporroteaban y soltaban chispas que caían silenciosas sobre las baldosas. Acercó lentamente la mano a la antorcha, y la alzó con reverencia, conteniendo la respiración. Ninguno de los tres ladrones se movió de su sitio. Pasaron cinco segundos. Diez. Quince. El crepitar de la llama era el único sonido que se oía en la oscuridad, y finalmente Nara soltó el aire que había estado conteniendo.

-Bueno, y ahora ¿qué? No podemos llevarnos las antorchas encendidas.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Nada que decir
14-03-2008 15:45
De momento no tengo nada que comentar: buen ritmo, bien definido el escenario, buena presentación de la trama... Dentro de los cánones de la fantasía más clásica, pero bien resuelto y con pinceladas de un imaginario propio. Veremos qué depara el final.

   RE: Nada que decir
26-03-2008 10:25
Me alegro de q te haya gustado. La verdad esq publique las dos partes a la vez, pero supongo q tardaran un tiempo en meter la 2º. La verdad esq el final q puse no me convencia al 100%, y luego se me ocurrio otro, pero weno, a ver q te parece. Gracias por comentar! ;-)



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