Agram Methiné (Prólogo) |
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08-04-2008 13:27
Por: Belgarion69
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Y, de nuevo, otro inicio. Tengo tantas historias empezadas que ya no sé con cuál seguir. En fin, espero que os guste, y de nuevo, agradezco por adelantado todo comentario y crítica.
Las paredes del gran salón retumbaron una vez más cuando otra enorme roca se estrelló contra las murallas. Del techo cayó más polvo, aumentando la angustia y aprehensión de los soldados que se encontraban dentro. El rey Orrimiam observó a sus hombres, sus últimos hombres, y entendió su miedo. El enemigo había atacado rápida y despiadadamente, y apenas había dado tiempo para evacuar a las mujeres y a los niños y alejarlos de la ciudadela. Un ejército nunca visto desde los tiempos antiguos había asaltado sus murallas al anochecer, tan grande que el vigilante que había dado la alarma lo había descrito como “un mar negro cubriendo el horizonte”. Cuando lo vio con sus propios ojos, el rey no pudo más que coincidir con el hombre.
Enormes máquinas de asedio se elevaban en la lejanía bajo el cielo del atardecer, rodeadas por miles de hombres. Gigantescas bestias desconocidas lanzaban sus gruñidos y desafíos a los dioses, y monstruos voladores surcaban las nubes describiendo grandes círculos en el cielo. Nubes de tormenta antinaturales acompañaban a la horda, creadas por sus hechiceros y clérigos oscuros. Con un pequeño vistazo al enorme ejército, Orrimiam ya sabía que la ciudadela de Amiam estaba perdida. Lo único que podían hacer era enviar un mensaje de alerta a los reinos del oeste y plantar una férrea resistencia para dar tiempo a su gente a huir mientras pudiera.
Sus consejeros y hombres de confianza le habían suplicado que se uniera a los no combatientes y huyera de la ciudad, pero él se había negado rotundamente.
-Si Amiam cae, yo caeré con ella -les había dicho-. No dejaré que el enemigo profane este sagrado salón, donde mis antepasados gobernaron este reino antes que yo, mientras me queden fuerzas. Tendrán que pasar por encima de mi cadáver.
“Y eso es lo que pasará”, había pensado para sí mismo. Amiam estaba perdida, no había esperanza e iban a morir todos esa noche. “Pero, por los Atani, moriremos luchando”, se consoló el monarca. Sus consejeros conocían la terquedad de su rey, y no insistieron en el tema, así que se limitaron a hacer lo único que podían. Bajaron a la armería y se hicieron con espadas, arcos y lanzas para proteger a su señor, formando una peculiar guardia personal alrededor de él. Sus ropas de la corte contrastaban con las piezas de armadura que habían podido encontrar. Hombres y mujeres que nunca antes habían participado en una batalla sostenían sus armas firmemente, dispuestos a vender caras sus vidas.
Eso había ocurrido hacía varias horas. El enemigo había aplastado las defensas de la ciudadela, y en ese momento estaba en las mismas puertas del salón del trono. Sólo unos pocos soldados vivían aún, e iban a presentar una férrea última resistencia, pero todos sabían la suerte que les esperaba. El monarca observó sus semblantes con admiración. A pesar de que todos eran conscientes de su destino, nadie mostraba el menor asomo de temor. Sólo una calma absoluta, fruto de la aceptación de su final inminente.
El enemigo había cejado en sus intentos de forzar la entrada, y esperaba con calma, como un niño cruel que juega con un insecto desmembrándolo poco a poco y observando cómo muere lentamente. “Bien, que esperen. Más tiempo para hacer lo que debo hacer.” Se dio media vuelta y entró en sus aposentos personales, una habitación contigua al trono. Allí esperaba el grupo con la misión más importante de la ciudadela.
Un joven con cara de preocupación y un leve atisbo de temor esperaba en la puerta, dando vueltas en círculos cerca de la entrada. De su hombro colgaba un arco pequeño y una alhaja de flechas, y en su cinto descansaba una daga. Un pelo oscuro y lacio caía sobre sus hombros. Al ver entrar al rey, se acercó a él.
-Déjeme salir, majestad -dijo con un tono de impaciencia que contrastaba con su voz melodiosa-. He cumplido con la misión que me encomendó. ¡Ahora quiero luchar!
El rey le miró piadosamente.
-No, joven Bari. Todavía requeriré de tus servicios un poco más de tiempo -le contestó con voz paternal.
-¡Pero yo quiero luchar! ¡Tengo que hacerlo!
-No, chico, hoy no lucharás -dijo tajante el rey.
-Pero… -empezó el muchacho.
-¿Acaso vas a desobedecer una orden de tu rey? -dijo un gran hombre de edad avanzada detrás de él, posando una mano en su hombro para calmarle. La barba larga caía blanca por delante del peto de su coraza, que le cubría todo el cuerpo. Un enorme espadón colgaba de su espalda, demasiado grande para cualquiera menos para él. Profundas arrugas surcaban su rostro y su frente, y un pelo cano acentuaba su edad. A pesar de ello, el hombre desprendía una vitalidad y una fuerza increíble.
El joven levantó la vista (el hombre le sacaba casi dos cabezas de altura) y dijo con voz triste:
-No, claro que no, pero… -bajó la vista al suelo, mordiéndose el labio.
-Todos nos sentimos como tú, joven Bari -dijo el gigante detrás de él con voz calmosa y suave-. Pero tenemos una misión que cumplir, una misión más importante que debemos realizar con éxito.
-Sí, Nolan, tienes razón -dijo Bari con voz rendida.
El silencio se apoderó de la sala. Al cabo de un momento, el rey avanzó y se dirigió a su escritorio personal, de donde cogió cuatro pergaminos enrollados y atados con lazos rojos. Se volvió hacia el grupo.
-Muy bien, todos sabéis que Amiam está perdida. El enemigo está en las mismas puertas y no tardará en asaltar el salón del trono. Tenemos poco tiempo.
Empezó a recorrer la habitación y fue repartiendo un pergamino a cada uno de los presentes, menos a Bari y a un hombre anciano que descansaba en una silla.
-En estos pergaminos se encuentran las instrucciones de vuestras misiones. No los abráis todavía. La importancia de ellas es tal que sólo vosotros sabréis cuál es. Ninguno de los otros conocerá ni los objetivos ni el paradero de los demás. Así, si uno de vosotros es capturado, será incapaz de traicionar al resto.
Todos asintieron solemnemente y guardaron sus pergaminos.
-Pero mi señor, el enemigo rodea completamente el castillo -dijo un hombre ataviado también con una armadura. Una melena de pelo negro desgreñado enmarcaba su cara. Al cinto llevaba una espada corta y a la espalda un escudo redondo con el emblema de la ciudadela: un árbol con las raíces profundamente ancladas en la tierra, con una corona en la copa. La cicatriz que le surcaba el rostro de parte a parte no restaba atractivo a su semblante. Al contrario, realzaba sus rasgos duros, como cincelados en piedra, y sus profundos ojos verdes brillaban a la luz de las velas-. ¿Cómo conseguiremos romper el asedio?
-No romperemos el asedio, Ighem. Pasaréis a través de él -contestó Orrimiam-. Mi hechicero personal, Harakim, os llevará a un lugar fuera de la ciudadela, y relativamente fuera del peligro -señaló al anciano sentado en la silla.
Éste se incorporó lentamente. Una túnica grisácea cubría todo su cuerpo, con los emblemas de la Orden de Hechicería dibujados en ella. Parecía que iba a romperse a la menor ráfaga de viento de tan frágil que era.
-Mi señor -dijo con voz cansada-, si no os importa, comenzaré el ritual.
-Por supuesto, Harakim. Procede.
El anciano fue a un lado de la habitación y se sentó en cuclillas en el suelo. Sacó una tiza y empezó a dibujar de forma pausada unos complejos dibujos en el suelo.
-Si me permitís, anciano, me gustaría ayudaros -dijo una joven, acercándose al viejo con respeto. Sus cabellos castaños le caían por los hombros y enmarcaban un rostro joven y vivaz. Unos sensuales labios rojos, unos ojos avellana y una piel suave y tersa completaban un rostro casi perfecto, que había hecho suspirar a más de un hombre en la ciudadela. Una capa morada con el borde dorado le cubría la espalda y rozada el suelo cuando caminaba y una capucha caía por sus hombros.
El anciano levantó la vista y miró a la muchacha.
-Claro, niña. Tu ayuda siempre es bienvenida -dijo con una sonrisa. A continuación se apartó ligeramente para hacer sitio a la joven a su lado. Ella se puso en cuclillas y, sacando otra tiza, ayudó al anciano en su tarea.
Desde el salón del trono les llegó el sonido de gritos de alarma. Nolan se apresuró hacia la puerta y echó un vistazo.
-¡Ya han vuelto! Están intentando abrir la puerta del salón del trono -dijo.
Un enorme golpe sonó por toda la sala, y las puertas se combaron hacia dentro para luego volver a su posición original.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Impresionante |
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08-09-2008 15:35 |
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Me gusta como lo planteas y como generas curiosidad con cada nuevo personaje.
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Amazing |
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12-05-2008 10:53 |
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Buen comienzo y bien expuesto. Me ha capturado desde la primera palabra.
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Muy buen comienzo |
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10-05-2008 04:27 |
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me gustó. Es rápido e interesante. Deja ganas de leer más...
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Me EncaNta |
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09-04-2008 21:08 |
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Muy buen trabajo. Has echo una buena presentación en general, de todos los aspectos de la historia. Lo mejor es que haces que sumergirse al lector en la historia con facilidad. En fin muy buena historia, espero más.
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Y de nuevo uno muy bueno |
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08-04-2008 13:30 |
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Una presentación rápida y efectiva del reparto de personajes que, además, se entrelaza perfectamente con la acción. Has conseguido ubicar rápidamente al lector y, con pocas pinceladas, transmitirle el quién es quién de la historia. Ahora veamos a dónde nos lleva ésta.
Buen trabajo
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