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La habitación fantasma


Terror y Supense

12-04-2008 13:13
Por: Queen of tales

Es una sensación extraña que inunda el cuerpo y no da respiro, es un pequeño paso para dejar de ser.


fantasmas, relato, terror
Era una habitación oscura, de no más de dos metros de ancho y tres de largo. Las ventanas, colocadas en lo alto de la pared que daba al exterior y protegidas por barrotes gruesos, exhibían pequeños rayos de luz a primera hora de la mañana y se extinguían a los pocos minutos. Las paredes se movían, oscilaban levemente como el tintineo de una llama apunto de apagarse, dando una sensación de tranquilidad y somnolencia, como el mecer de una nana antes de acostarse. La cama, colocada en una de las esquinas opuestas a las ventanas, ondeaba por las noches deslizando las sábanas de un lado a otro, molestando a quien quisiera dormir.

Todos los días, sin excepción alguna, sentía un terrible presentimiento de que algo extraño ocurriría. El aire se enrarecía hasta no dejarme respirar y después corría una suave brisa que helaba los huesos. Sentía que algo me faltaba en el interior, percibía cómo pesaba menos y cómo mi cuerpo entraba en un campo de ingravidez y, entonces, sin más explicación, todo volvía a ser como antes a excepción del frío. Frío que sentía desde que la luna bañaba los barrotes y se colaba hasta iluminar tenuemente las sábanas.

De vez en cuando se oía un mirlo, un grillo cuando caía la noche o un ave rapaz al localizar su próxima víctima. Eran sonidos que coleccionaba para pasar el tiempo y para juguetear con ellos. Llevaba encerrado allí meses, quien sabe si años, sin nada con lo que entretenerme a excepción de mi mente insana que divagaba la mayor parte del tiempo imaginándose lo que habría en el exterior. Si al menos hubiese tenido algo aparte del trapo sucio que llevaba a modo de toga, aunque hubiese sido una simple ocarina para escuchar su dulzor por las mañanas o un libro; pero no conté con objeto alguno, ni una silla tan siquiera, simplemente tenía la cama y unas sábanas finísimas que más bien servían de adorno -y aún así me las ponía por encima y quedaba oculto tras ellas cuando tenía frío-.

Más de una vez me pareció ver hielo entre los barrotes, pequeñas gotas del alba que se habían congelado a primera hora de la mañana. La toga, que a pesar de ser negra si la separaba de mi piel se transparentaba, no me protegía del frío. Solo cuando respiraba a través de la sábana comenzaba a entrar en calor, entonces me la subía un poco y dejaba que el frío aire me besara el cuerpo. Me quedaba quieto, admirando la belleza del ser humano en un lugar como aquél, sin nada que hacer, sin nada que esperar de la vida, aunque siempre quedaban los sueños, aquellos en los que se manifestaban a gritos mis deseos más internos de salir y corretear por el campo o hablar con alguien.

Un día pensé que no sentía más frío que la falta de candor humano. Tenía por compañía grajos, urracas quizá, mirlos y ardillas, pero sólo se manifestaban en sonidos suaves que formaban un rumor y se introducían cuidadosamente en la sala. Entonces, trataba de concentrarme en separar cada gruñido, cada cántico y cada gorjeo y, sin darme cuenta, no sé cuándo, comencé a poner imagen de cuanto escuchaba. Imaginaba alas grandes con plumas alargadas, voluminosas panzas, colas aterciopeladas y picos sanos y elegantes a modo de garfio, ojos rasgados e impenetrables y garras abrumadoras. Creaba animales cada día y de esta forma, cuando oía algo, enseguida tenía una viva imagen de lo que lo podía haber producido.

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Pero si hay algo que me extrañaba de aquel lugar eran los susurros, ese rumor interminable formado por un amasijo desigual de gruñidos y manifestaciones animales. Tuve que acostumbrarme y poco a poco adecuar el oído. Escuchaba atentamente. Nada. Volvía a concentrar mis sentidos en escuchar. No descifraba nada. Y, así, pasaron semanas, hasta que en una de esas veces, cuando el viento dejaba de silbar entre los barrotes, oí la voz clara y alta que gemía de angustia mientras entonaba. Era el esbozo de una canción. Una canción maldita que trataba de un viejo fantasma sordo.

Poco a poco, con el paso del tiempo, conseguí hacer pequeños avances en la letra intrincada, mientras continuaba poniéndome la sábana por encima, hasta que llegó un día en que decidí hacer lo que no había querido hasta entonces; rasgué la tela y formé tres agujeros, dos pequeños y uno grande por el que poder respirar.

Mis sentidos –a excepción de la vista-, se habían desarrollado con gran maestría hasta alcanzar la cota máxima que les estaba permitida. Olía cada brizna de hierba que revoloteaba en la sala tras haberse colado por la ventana, percibía cualquier fragancia, cualquier olor que desprendiera un animal. Los susurros pronto cobraron forma en mi mente. Al principio se materializaban en formas abstractas como largos hilos plateados que flotaban en el aire, hilvanando pequeños trapos de seda; pero con el tiempo, esos hilos pasaron a ser algo más que tela, comenzaron a tener una forma más definida, con más luz y, por decirlo de alguna forma, con más espíritu.

Todas las noches observaba atento cuando no tenía sueño. No había noche en la que no viese aquellos hilos flotar, aquellos líquidos –en ocasiones purpúreos- que daban calor y embriagaban el sentido olfativo. Siempre veía alguna flor, alguna magnolia blanca que resplandecía como un ángel en la oscuridad. Siempre tenía la ocasión de vislumbrar pequeñas dalias, efímeros crisantemos y otras flores que se arremolinaban y me insinuaban.

Nunca di sentido a lo que veían mis ojos. Era una pesadilla de difícil entender, al menos al principio. Pero como dije, oía voces, aquel cantar medio adormecido. Un día oí con claridad una breve alusión al lugar de donde provenían los fantasmas “allí donde el cuerpo hiela y en los sentidos cala, el cerebro se pierde y la mente divaga, allí donde no queda más que atender a la simple saciedad de un existir amedrentado”.

Tuve varios días para meditar esas palabras. Aquellas que en un principio mis sentidos y mi pobre cerebro se habían negado a comprender. Y, cuando di caso a cuanto me pasaba y comprendí cuan afligido estaba mi cuerpo, apareció de nuevo ante mí aquel hilo de plata, formando pequeñas circunferencias y entretejiéndose poco a poco en la penumbra. He de decir que al principio siempre costaba algo de esfuerzo acostumbrar la vista a aquella proyección de luz continuada.

En apenas unos segundos aquella circunferencia se rellenó hasta formar un círculo completo que fue derivando a un gran óvalo y, de repente, me vi. Vi mi reflejo en aquel improvisado espejo. Di un grito, intenté tirarme de los pelos, me lancé contra una y otra pared. No podía ser. Era una más de las ilusiones que se mostraban en la habitación. Y, sin embargo, con el paso de los días, comprendí en lo que me había convertido. Era un simple y vulgar fantasma.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Frío, mucho frio
29-04-2008 13:02
La descrpción de tanto detalle enriquece el relato y lo hace fácil de seguir. Me gustó la asociación del frío con la soledad y la tristeza que destila el fantasma sordo, teniendo en cuenta que el personaje sólo se aferraba a los sonidos. Imágenes bien definidas y me encantó la frase de la canción.

   Relato
19-04-2008 15:57
Bonito relato de terror. el final abrumador. felicidades.

   bravo
13-04-2008 21:44
Comparto la opinión de Akhul. Consigues sensaciones muy vívidas y el final lo remata de manera formidable y sorprende. Excelente.

   Formidable
12-04-2008 13:15
Hacía tiempo que no leía un relato que me dejase una sensación tan agradable. Sin duda mi obra preferida de cuantas te he leído. Una idea interesante y un desarrollo magnífico, tanto de forma como de estilo. Bravo, compañera, bravo.



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