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La mar es la vida, es la alegría para los sensibles a la belleza. Quizás otras cosas sean más importantes, como el arte, la poesía, la filosofía... Pero, antes de todo eso, ya existía el mar.
Aunque mi pensar transcurre en un lugar muy lejano, me sigo sintiendo cerca del lugar donde las estrellas me apadrinaron. Sabéis bien que me he educado entre anclas y maderas, entre alabanzas y noches en vela. La playa ha sido mi colegio, uno donde tuve el privilegio de encontrar los diamantes de las estrellas junto a los amantes de la Luna. Un colegio donde descubrí la fortuna, la suerte y donde con cada ola que rompía ante mí le saqué un nombre más a la muerte.
Los corazones del mar, los timones de su llorar. Las notas de mi canción. El corazón trazando el rumbo al navegar... y la marejada guiando mi corazón.
Qué pena más grande, qué pena, que siempre sea en sus silencios donde vuestra sangre se envenena. Decidme, si tenéis tantos poetas que os quieren, por qué ninguno se revela. Cuántos son los que se esconden por miedo a conquistaros, que si ante vos no se sienten hombres, para qué quieren amaros.
Son de canela, los ratitos que paso con vos, a vuestra vera, son de canela. Son de canela. Son campanas que resuenan, son mis cartas embotelladas y son los suspiros de las risueñas ninfas que las esperan. Son la espuma de la orilla, y son la tentación de Adán y de su costilla. Son la serpiente y la manzana, son el ocaso y la mañana. Son de canela, princesa, los acordes que sin permiso me roba la Luna llena. Son los segundos de estas horas, y también son de canela las olas que al bailar nunca dejan de dibujar vuestras caderas.
Decidme, si tenéis tantos poetas que os quieren, por qué ninguno se revela.
Me temblaron las manos antes de escribiros hoy. Me temblaron las manos y no fue por temor a romper nuestra promesa. Ni fue por miedo a olvidaros, ni fue por el frío. Ni siquiera fue por ver el cielo encogido. Me temblaron porque quizás en otra vida no vuelva a veros. Me temblaron las manos, pero os terminé la carta. Me temblaron las manos, y conmigo lloró mi barca.
A mi llanto acudió una sirena, y acariciando mis cabellos me susurró ¿cuál es vuestra pena? Pena ninguna, querida sirena, sólo exilio, sólo condena. Sólo el castigo del olvido. Si por más ciego que esté aún puedo ver que ni sois mujer ni sois pez, decidme si acaso con esa sentencia no merezco el perdón. Decidme si acaso no merece un bálsamo mi corazón... que sólo por una mujer se llegó a romper.

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