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Temblando de frío y angustia, el joven sujetó con más fuerza su arco, haciendo que sus nudillos se volvieran blancos y que la madera crujiera levemente. ¿Dónde se encontraban sus atacantes? ¿Acaso habían decidido desistir? Lo dudaba mucho. Si él mismo les había visto hacía sólo unos instantes, estaba seguro de que ellos a él también. ¿Habrían encontrado a Nolan? Tal vez, pero si él no había podido seguir su rastro, sabiendo exactamente hacia dónde se dirigía, era poco probable que los soldados hubieran dado con el camino que había seguido el hombretón.
De pronto, como un solo hombre, varias figuras de negra armadura se materializaron casi mágicamente delante de sus ojos, a sólo un puñado de metros de donde él se encontraba. Salieron de entre las sombras del bosque como si surgieran de un mar de oscuridad. Los soldados habían logrado pasar inadvertidos completamente, habían ido aproximándose tan silenciosamente que incluso él, siendo un cazador tan avezado, no había podido darse cuenta de su presencia.
Los guerreros empezaron a acercarse de forma ominosa, con las armas desenfundadas, las hojas secas del bosque crujiendo bajo sus botas. Aún así, lo hacían cautelosamente. No pasaba inadvertido el arco que el joven tenía en las manos, cargado y listo para disparar, y ninguno de ellos quería correr la misma suerte que su compañero muerto. Bari se percató de ello y, temblando, levantó el arco desesperadamente, intentando ganar algo más de tiempo, apuntando de uno en uno a todos los soldados frenéticamente. Éstos frenaron levemente su avance, como si esperaran algo, pero Bari no lo advirtió hasta que fue demasiado tarde.
El toque del metal, frío como el hielo en su cuello, le heló la sangre. Palideció de forma palpable, su corazón se detuvo durante un instante y ni siquiera se acordó de respirar. El filo de una daga se posaba bajo su barbilla, sin herirle, pero de forma firme. Uno de los soldados había conseguido acercársele por detrás, tomándolo completamente por sorpresa. El guerrero comenzó a hablar en su bárbaro lenguaje, apremiándolo a que hiciera algo. Al no entender lo que decía, Bari se quedó muy quieto, sin hacer ningún movimiento, para no poner nervioso a su atacante. Pero el hombre, a no recibir respuesta a su petición, volvió a hablar, esta vez de forma más brusca, y el filo de su daga se clavó levemente en la piel, causando que un pequeño hilillo de sangre cayera por el cuello.
Bari no sabía qué hacer, empezó a temblar levemente, desesperado. Apretó más fuertemente el arco, intentando controlar su nerviosismo y las nauseas que amenazaban con hacerle perder el control. Pero el hombre, al seguir sin respuesta, volvió a repetir sus palabras, esta vez irguiéndose frente al joven, apuntando su daga al corazón.
-No entiendo qué dices -tartamudeó el joven-. No sé qué quieres de mí.
Pero ésta no era la respuesta que el soldado esperaba. Bari pudo ver sus ojos inyectados en sangre detrás del yelmo que le cubría el rostro, y vislumbró en ellos su propia muerte. Lanzando un gruñido, el hombre alzó la daga, dispuesto a acabar con el joven. Éste cerró los ojos con fuerza, esperando el inminente final. Dejó de respirar, y su corazón dio un último latido.
Pero la estocada no llegó a producirse. Una voz se alzó entre los soldados detrás de su atacante, y una figura se adelantó, gritando algo en su extraño lenguaje. El guerrero de la daga detuvo en seco su ataque, y volvió la cabeza lentamente para observar a su compañero. Bari no podía ver nada, ya que su atacante ocupaba todo su campo de visión en ese momento, pero se daba cuenta perfectamente de que los dos soldados estaban mirándose mutuamente, dando la sensación de que se desafiaban. El silencio se apoderó del lugar, sólo roto por el viento y el roce de las ramas. Finalmente, su atacante bajó el arma, se irguió, y se apartó del camino de su compañero.
Entonces Bari pudo observar a su salvador. Éste se acercó a él con paso firme, con la mirada aún fija en su compañero, y se quitó el yelmo. Cuando posó su vista en Bari, éste contuvo el aliento, sorprendido. ¡Una mujer! ¡El enemigo que le había salvado de una muerte segura era una mujer! Unos ojos exóticos, levemente rasgados, le devolvieron la mirada, y unos labios sensuales y carnosos, empezaron a moverse. Su pelo, negro como la noche, caía ahora por sus hombros, liberado de su atadura. Poseía una belleza felina, e irradiaba sensualidad y peligro a partes iguales. Tan absortó se encontraba el joven por su belleza, que no advirtió que la mujer estaba hablándole en su mismo idioma hasta que ella repitió su pregunta.
-¿Es que no me entiendes ahora? ¿Acaso no lo estoy diciendo lo suficientemente claro? -Tenía un acento rudo y áspero, pero su voz era tan sensual como su cuerpo-. Arroja tus armas al suelo y no te haremos daño.
Entonces Bari recordó en qué situación se encontraba, e intentó pensar a toda velocidad. ¿Podía confiar en la palabra de la mujer? Tal vez, pero si dejaba sus armas, ya no tendría ninguna ventaja, si es que podía llamarse así. De todas formas, aunque conservara su arco, estaba casi seguro de que no tendría tiempo de acabar con ninguno de los soldados. El soldado de la daga, aunque se hubiera retirado del camino de la mujer, aún permanecía peligrosamente cerca del joven, con el arma en la mano, y estaba seguro que a la mínima señal de peligro por parte del joven, no dudaría en atacar. Además, Nolan seguramente te encontraba en las inmediaciones y acudiría a ayudarlo. Este pensamiento calmó sus nervios.
Por ello, muy lentamente, el joven bajó su arma y la depositó en el suelo. Rápidamente el soldado de la daga se acercó y la apartó bruscamente.
-Bien, y ahora, ¿dónde está tu amigo? -preguntó la mujer. El joven permaneció callado. Aparte del hecho de que no traicionaría nunca al hombretón, la verdad era que no tenía la más remota idea de dónde se encontraba el caballero. Alzó la vista y miró fijamente a la mujer, con los labios apretados-. ¿No hablarás? Sabemos que dos personas entrasteis en la espesura, os vimos claramente.
Bari no dijo nada. Ante el silencio del chico, la mujer suspiró y se agachó elegantemente, haciendo ondular su capa de forma ostentosa, su armadura crujiendo levemente. Agarró la barbilla de Bari con unos dedos ocultos por un guantelete metálico y puntiagudo, y acercó su cara a la de ella de forma sensual pero firme. Los ojos de la mujer estaban a menos de un palmo de distancia de los del joven, y a esa distancia, a pesar de la oscuridad reinante, el chico pudo ver que éstos eran de un color violeta intenso.
-Me dirás lo que quiero saber, niño, lo quieras o no.
Pero Bari no la escuchaba. Desde el momento en que la mujer se había acercado a él y había posado sus ojos en los suyos, el mundo había dejado de existir. Su mente se perdió en la profundidad de esos ojos, que parecían querer absorberle el alma.
-Dímelo… tu amigo… dónde… -siseaba la mujer.
Sabía que si seguía mirando esos pozos violetas, su alma quedaría atrapada en ellos para siempre, pero aún así era incapaz de apartar la mirada. La fragancia que desprendía la mujer le embriagaba, su cuerpo cada vez más cercano al suyo, sus ojos fijos, tanta pasión, tanto anhelo.
-Dímelo…
Su respiración se volvió entrecortada y errática. Su cuerpo empezó a temblar y un sudor frío y espeso empezó a recorrerle el cuerpo entero. Aunque sentía que su voluntad se diluía en el interior de los ojos de la mujer, su vista permanecía fija en ellos, hechizado. Las palabras de la mujer penetraron insidiosas en sus oídos, diluyendo su voluntad y su fuerza.
-Dímelo…
-N-no… no…
-Dímelo… dónde está…
-No… no…
Sentía como si la mente de la mujer sondeara la suya propia, alzando sus tentáculos violetas, acariciando su alma y sus más íntimos deseos. Sintió el corazón desnudo a los ojos de la mujer, sus secretos expuestos, sus pecados descubiertos. Finalmente, con un último tirón, una última caricia, la voluntad le abandonó por completo y se perdió en las sombras.
-Dímelo… tu amigo…
-El bosque… la senda…
-Sí… muy bien… dímelo…
-Desapareció… el rastro… al final… nada…
-Continúa… el rastro, y después ¿dónde?
-No lo sé… el rastro… nada… desapareció… en la oscuridad…
La mujer permaneció callada durante unos segundos, con la vista todavía fija en la del chico. Después apartó la mano, y la cabeza del joven cayó laxa sobre su cuello. Perdidas su fuerza y su voluntad, y exhausto, Bari no podía mover ningún músculo. El cansancio se apoderó de él, las sombras lo engulleron y antes de caer en la inconsciencia, lo último que vio fueron dos pozos violeta que le engullían.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Gran historia. |
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14-05-2008 13:30 |
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Sin querer pecar de pelota, creo que es de los mejores relatos que he leído en internet, engancha a la primera, la narración es fluida y cuidada y, gracias a Dios, has cuidado la ortografía.
Estoy deseando leer tus demás trabajos.
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Accion |
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12-05-2008 10:55 |
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Esta segunda entrega me ha gustado aun más que el prólogo. He estado en continúo suspense, ¿a ver como sigue?
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Con las mismas virtudes |
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23-04-2008 09:46 |
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La historia avanza muy bien con las mismas virtudes del prólogo. Buena elección dejar que prime la acción en esta entrega y cortar con las presentaciones pero sin dejar de introducir elementos.
Por cierto, ¿estás seguro de que querías decir "mesar" cuando el guerrero se toca la barba?
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RE: Con las mismas virtudes |
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23-04-2008 10:42 |
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Gracias por el comentario, ahora voy a poner el siguiente capitulo, a ver para cuando entra.
Y sí, nose, ¿no se dice mesar? Acariciarse la barba como de forma reflexiva. Igual me equivoco, pero no es esa la palabra? XDD
Por cierto, ya estoy preparando las historias para el concurso de Monstruos de la Razon, a ver qué tal.;)
Gracias y un saludo!
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RE: Con las mismas virtudes |
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23-04-2008 12:05 |
Belgarion69 dijo: ¿no se dice mesar? Acariciarse la barba como de forma reflexiva
No, "mesar" es arrancarse los pelos de la barba violentamente. Échale un ojo a www.rae.es, que tiene un buen diccionario online.
Es una confusión común, en cualquier caso. El verbo "atusar" podría ser más apropiado en este caso.
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