La dinastía Azgor: La sombra del nigromante |
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28-04-2008 11:05
Por: lupin66
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Jacker estaba entusiasmado con aquel tema. Veía que podía resolver el misterio y no iba a desistir fácilmente. Conocía a su maestro y sabía que podría convencer si daba buenos argumentos.
-Pero no creo que Savger, el mayor nigromante de todos los tiempos, fuera a dejar que el precio a pagar fuera sangre de cordero, conejo u otro animal. Además, no hay porque cubrirlo, con la mitad... Ni siquiera me marearé, maestro.
Nessius Hyde lo pensó un instante. No perdían nada por intentarlo. Desde luego, no permitiría a su aprendiz que se excediera. En cuanto lo viera pestañear demasiadas veces le detendría. Encontraría de seguro algún condenado a muerte repleto de sangre para llenar a rebosar aquel cofre.
-Está bien –accedió por fin.
Jacker tomó un cuchillo y, sin vacilar, se hizo un corte en la muñeca. Se colocó sobre el cofre y dejó que el humor rojo cayese sobre el carbón.
***
El hombre observó la sala vacía. Las cortinas estaban cerradas, los mármoles y mosaicos ya no brillaban, las escalinatas y los tronos se alzaban como estatuas sin nadie que les diera vida, sin el brillo que había visto hacía años. En aquella sala dio sus primeros pasos, allí jugó con su padre, en ese trono se sentó el mismo día en que fue proclamado rey. Aún notaba en sus dedos el tacto de la piedra grabada.
Cerró los ojos. Sus largos cabellos caían en cascada en torno a los hombros, la corona dorada brilló con el postrero rayo de sol antes de que su fiel sirviente tapara el ultimo resquicio aún sin cegar de las ventanas.
-¿Qué voy a hacer ahora, mi buen amigo? ¿Qué puede hacer un viejo que ha perdido a todos sus hijos, que ha visto morir a su esposa y a tanta gente? –El anciano rey se quitó la corona observándola con cariño–. Éste es el fin más amargo que nadie pudo soñar.
El sirviente hundió el último clavo, dejó el martillo y se acercó a su monarca. Se limpió el sudor de su rostro con el dorso de la mano y aferró el hombro del rey demostrándole su cercanía.
-No tenéis la culpa, majestad. Todo es culpa de ese desalmado. Rendir vuestro reino ha sido la mejor opción; o eso, o nos masacraban a todos.
El viejo rey asintió pesaroso.
-Pero les he condenado, nos he condenado a todos. Ese... monstruo –dijo con desprecio- será un tirano que coartara de libertades a toda mi gente... puede que los esclavice. Y yo no he obrado todo lo que podría haber hecho.
El sirviente zarandeó al rey en su trono. En cualquier otro momento habría sido una ofensa, y no habría osado hacerlo, pero apreciaba mucho a su monarca. Hangard II había sido un magnifico rey, el mejor que había nacido de la familia de los Azgor, quienes llevaban al frente del reino muchos siglos.
-No os mortifiquéis, majestad. Hicisteis todo lo que estuvo en vuestra mano.
Hangard suspiró. Podía contárselo, ya nada importaba, ni siquiera importaba el contar la gran vergüenza de su linaje.
-Aún hay algo que no me atreví a hacer, mi buen Braúl...
El sirviente frunció el entrecejo confundido.
-Pero es tan vergonzoso... –continuó-. Aunque ya no importa... Hay una cripta en las alturas del pico Azador... Hace muchos años mi padre me llevó allí y me contó y... y me mostró lo que había más allá de una larga gruta.
-¿Qué había allí, mi señor?
-Huesos... centenares de esqueletos humanos... Era un altar, un templo oscuro que podía otorgar increíbles poderes a cualquiera... pero es tan sumamente peligroso... el precio que hay que pagar es imposible de apreciarse.
-¿Magia oscura?
-Más que oscura, terrible. Mi buen padre me dijo que nunca debía de acudir allí, jamás.
-Entonces, ¿por qué os lo mostró?
-Porque allí hay un hombre vivo, si es que se le puede llamar así, una criatura tan maligna como la misma esencia que mana en aquel lugar maldito. Y aquel hombre fue un día mi hermano... Sí, Braúl, ésa es nuestra gran maldición. Generación tras generación nuestra familia ha estado atada a aquel lugar. El primogénito de cada nuevo rey debía ser entregado en el altar donde nuestro familiar le educaba en aquellas artes. Al parecer, cuando estaba listo, el mismo aprendiz mataba al maestro. Siempre ha sido así en doce generaciones. Cuando nació mi primogénito me negué a entregarlo, pero él apareció aquí, aquella criatura me lo arrebató y me maldijo. Nunca olvidaré sus palabras de cuervo viejo: “Tú sangre ya maldita quedará de nuevo mancillada, pues la ambición de los antepasados fluye en ti a tus futuros hijos. Dos veces maldito, rey de ningún reino morirás bajo la espada de tu propia sangre”.
Braúl estaba pálido.
-Dios mío todopoderoso... cuida de nosotros.
Hangard negó.
-No hay ningún Dios que nos proteja ahora.
-Acudamos a vuestro hijo majestad, puede que él se enfrente a ese monstruo.
-Lo siento, para mí es tarde, ya se acerca.
Braúl frunció el entrecejo. Parecía que su rey había perdido la cabeza por completo.
-¿Pero qué decís, Milord? ¿Quién se acerca?
La puerta del trono estalló en cientos de pedazos. Braúl se colocó ante el trono de su rey, protegiéndolo con su propio cuerpo. Un joven de cabello largo y rubio lo miraba directamente con ojos verdes brillantes, encendidos como llamas. Vestía ropas raídas y en su rostro se perfilaba, orgullosa, una media sonrisa cínica.
-Hola, Hangard –dijo el joven con una poderosa voz–. Aparta de ahí, inepto.
Braúl no pudo cubrirse. Un golpe invisible lo lanzó lejos del trono, haciéndole caer justo debajo de uno de los ventanales ciegos, donde se golpeó la cabeza.
Hangard observó al joven.
-Soy el dos veces maldito.
-Así es, mi querido rey.
-Te ha engañado, te ha utilizado.
-No, tú me arrojaste a un pozo de miseria, fue tu mano la que me exilió nada más nacer. Y aún tuviste la osadía de acudir a verme, y aunque hace diez años que tus visitas se terminaron, yo no te he olvidado, jamás.
Una lágrima surcó la mejilla del rey y cayó sobre el trono pétreo.
-Lo hice por ti.
El joven rubio rió a carcajadas mientras desenfundaba su espada, larga y enorme, con la empuñadura de hueso.
-Adiós, padre.
La espada atravesó al rey tan rápido que Hangard se sorprendió. El arma penetró en su pecho, le partió la columna y atravesó el respaldo de su trono. Inclinado, aún vivo y con la boca abierta, un hilillo de sangre y saliva goteo sobre la espada de su hijo. Echando mano de todas las fuerzas que le quedaban, apoyándose en la hoja de la espada, levantó la vista.
-Fracasarás.
En el rostro del joven se reflejó un gesto de asco, quizás también de sorpresa. De un tirón sacó la espada del cuerpo de su padre y, con el mismo impulso, que utilizó para liberarla, realizó un arco y de un tajo seco cercenó la cabeza del monarca, que cayó a un lado mientras el cuerpo, inerme, se desmoronó sobre el trono.
La corona, que había estado sujetada por las manos del rey, resbaló de entre sus dedos muertos y cayó resonando el golpe metálico en la sala. El joven rubio enfundó la espada y, tomando la corona, tras observarla durante un instante, la lanzó a uno de los ventanales. Las tablas que lo cegaban cedieron como si hubieran sido golpeadas por una bala de cañón y los cristales estallaron, la corona se deshizo en el impacto.
La luz penetró en la sala a raudales sobre el trono, el monarca muerto y su asesino triunfante.
-Este reino es el primero de muchos en caer, y de sus restos surgirá un nuevo poder que proclamará a gritos el nombre de su nuevo rey, de su nuevo Dios. Todos me temerán, impotentes, pues mi poder hará temblar los mismos pilares del mundo.
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