La Gran Biblioteca de los Tomos del Caos |
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15-04-2008 13:36
Por: Destripacuentos
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El grupo de aventureros continúa su exploración de la Dimensión de la Gran Fortaleza del Demonio Altozdden.
Después de varias horas de sueño, el grupo se despertó con fuerzas renovadas gracias a la poción preparada por Draco. Incluso el propio brujo parecía de buen humor y no dirigió la palabra a ninguno de los presentes. Únicamente Darkoon acusaba todavía las heridas infligidas por los buitres negros en el llano de las esporas, pero su orgullo le impedía reconocerlo. Así, de nuevo en formación de combate, marcharon hacia el exterior de aquella inmensa sala de tortura.
Al final del trayecto, cuando ya enfilaban directamente hacia una pequeña puerta de madera entornada, los aventureros debieron caminar durante una hora sobre los huesos deshechos de centenares y centenares de guerreros reducidos a esqueletos.
Los había de todos los tipos y tamaños, de formas grotescas, dotadas de protuberancias y extrañas extremidades, y de aspecto claramente humano. Parecían dividirse en dos grupos según la manufactura de sus malogradas armas y armaduras. Uno de los bandos vestía corazas más bien uniformes, y sus esqueletos, humanoides, se distinguían por tener los cráneos coronados por dos cuernos caprinos. Los otros eran totalmente dispares en todos los sentidos, tanto en sus objetos como en la hechura de sus osamentas.
Al contemplarlos, al sentirlos crujir bajo sus pies, todos tuvieron la sensación de que el estado actual de aquel extraño lugar que transitaban era consecuencia de la batalla librada entre aquellas criaturas.
Finalmente la partida llegó hasta la portezuela. Allí Draco hizo un alto y, tras murmurar unas palabras en la Lengua de los Brujos, hizo desaparecer a su diabólico criado en una nube de humo sulfuroso. Entonces se dibujó una sonrisa sardónica en sus labios y comentó.
-Es hora de que los hombres se valgan por sí mismos. ¿Nos abrirá el pasaje del afamado Ahax o deberemos empezar a dudar de sus cualidades?
El brituno, mascullando una maldición, se introdujo el primero por la abertura, comprobando el paso regularmente con uno de los bastones de caminar. Durante unos cuantos metros, avanzaron en fila india por un angosto corredor, que contra todo pronóstico desembocó en una hermosa sala tallada en el interior de un descomunal zafiro.
Una fabulosa luz azulada inundaba el salón dándole un aspecto acuático. Reflejos palpitantes se mecían por toda su planta rectangular. Sin embargo, y a pesar de la belleza del espectáculo que era en sí la propia sala, la visión que cortó la respiración a los presentes fue la de las impresionantes estatuas que flanqueaban la misma.
A derecha e izquierda colosales esculturas de extrañas criaturas dominaban la estancia. Extasiado, Draco no pudo evitar murmurar.
-Son los Dioses del Caos, la personificación de la Entropía. Estamos en alguna suerte de templo.
Entonces sus ojos se posaron sobre la estatua de su venerada Baot, Señora del Odio, y sólo un pensamiento quedó en su mente: rendirle homenaje.
-No oséis tocar nada en esta sala. Aprovechad para sentaros y descansar. Partiremos cuando haya concluido su estudio.
Dominado por un arrobo místico, el brujo ya no vio alejarse a los mercenarios. Sus ojos sólo miraban la hermosa estatua de Baot, la representación de la bella mujer de grandes ojos saltones y prominentes colmillos cuya cabellera estaba compuesta por millares de ponzoñosas víboras. Su mente sólo tenía sentidos para ella, para su diosa. Y así, durante horas, se sumió en la lectura del libro de oro que a los pies de la misma reposaba, estudiando cuál era el modo correcto de llamarla. Y una vez consignados todos aquellos misterios para poder llevarlos consigo para siempre, se sumió en una devota oración.
Los mercenarios instalaron su campamento en el otro extremo de la estancia, allí donde los rezos del brujo eran poco más que un murmullo. Previendo que la parada se prolongaría, se dispusieron cómodamente bajo la estatua de un dios que era mitad hombre y mitad kraken. Allí, tumbados sobre sus mantas, se pusieron a jugar a los dados mientras Ahax les narraba historias sobre sus anteriores aventuras saqueando tumbas del Viejo Imperio. Algunas anécdotas de Sgermic, intentando emular la habilidad narrativa del viejo aventurero, terminaron por distender el ambiente. Únicamente Darkoon, que se veía devorado por la fiebre, y el Conde Almack, extrañamente silencioso, se mantenían aparte. Al final, todos supieron qué le rondaba por la cabeza a este último.
Sin previo aviso se levantó del círculo de aventureros y se introdujo en su tienda, que había sido montada diligentemente por Sgermic en previsión de que su señor quisiera reposarse, pues aún se encontraba afectado por sus heridas. Antes de entrar, sin embargo, dio una orden que despertó sonrisas en algunos de ellos y un brillo hostil en los ojos de Crai.
-Nihiriana, acompáñame.
La joven, tras dejar caer los dados con un guiño pícaro, siguió al noble a la relativa intimidad de la tienda de campaña. Keith, sarcástico, bromeó:
-Parece que alguien acaba de ascender de rango.
La situación hubiera podido continuar con las tan deseadas chanzas, que todos anhelaban como un antídoto a la tensión de aquellas duras jornadas, pero un aura siniestra manaba de Crai, quien se ajustaba, una vez más, el garfio que había fabricado para sustituir su mano destrozada por los buitres. Un brillo oscuro anidaba en sus ojos, un brillo capaz de helar cualquier sonrisa en los labios.
Joric Almack comenzó a deshacerse de las piezas de su armadura escasamente entró en el habitáculo, sin ni siquiera darse la vuelta para saber si la joven había acatado su orden. Ésta, sin perturbarse por ello, se quitó el cinturón del que pendían sus armas y se aproximó al noble para ayudarle con su armadura.
-Permitidme, señor -le susurró con cierto cinismo.
Éste se reclinó sobre la manta y se dejó desvestir. La joven ladrona terminó de retirar todas las piezas de metal y cuero endurecido. Una vez terminó, desabrochó el cinturón de la túnica ligera que Almack vestía debajo y empezó a acariciarle el miembro. Sin más preámbulos, cuándo éste estuvo bien erecto, retiró su taparrabos de seda y, sin quitarse siquiera el jersey, se montó sobre él.
Después de todas las experiencias de aquellas horrendas jornadas, le resultó extraña la situación. Para disfrutar de un poco de intimidad durante el trabajo, le cerró los ojos suavemente al conde. Luego empezó a realizar un rítmico y pausado movimiento con la pelvis, acompañándolo de suaves gemidos. Tal vez no obtuviera ningún placer de aquel encuentro, de hecho no contaba con ello, pero sabía que a los amantes del poder les hacía sentirse más viriles que las mujeres gimieran durante el acto. No pensaba escatimar teatro con Almack; confiaba en obtener muchos beneficios bajo su protección. A pesar de su corta edad, Nihiriana sabía ya mucho sobre los hombres y sus deseos.
Poco a poco fue aumentando la cadencia de sus movimientos, acompasándolos al ritmo respiratorio del hombre, a la expresión de su rostro. Al mismo tiempo, fue aumentando el volumen de sus gemidos hasta convertirlos en gritos de placer. Transportado por aquel sonido, el conde la aferró fuertemente por las caderas y descargó unos últimos y violentos golpes. Acto seguido, se desplomó laxo retirando su presa.
La muchacha se extrajo el miembro, ya flácido, de su interior, y se acurrucó junto al pecho robusto de su nuevo señor. Cuando éste le murmuró “Vendrás a mi lecho todas las noches”, una sonrisa gatuna distendió su rostro. Poco después, se durmió a su lado.
En el exterior se había condensado una atmósfera tensa. Las historias de Ahax apenas captaban la atención del grupo y Sith se mostraba molesta por las insinuaciones de Sgermic de emular a su señor. Al final, la guerrera dejó al grupo para ir a montar guardia junto a la tienda. Aquel gesto pareció ser la señal para disolver la reunión y, a partir de ese momento, cada uno se ocupó de sus asuntos: pulir las armas, dormir la siesta, desentumecer los músculos, velar a un compañero enfermo… cualquier actividad era buena para olvidar, por un instante, la ratonera en la que se encontraban.
Horas después, Draco se acercó a ellos con una sonrisa extática en los labios. Su rostro resplandecía de dicha cuando anunció:
-Plegad el campamento, perros. Es hora de que continuemos nuestro camino.
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