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Terror y Supense

17-04-2008 14:43
Por: manheor

Relato de suspense

Scott estiró el brazo y cogió la carta del servilletero:

Met:

Nº1 Wichman´s First Class .............................................. 12.95 $

Nº2 Macougnie´s Double Steack .............................................. 11.95 $

Nº3 Darabont´s fresh guts ............................................. 7.95 $

Nº4 White’s foundee ............................................. 12.95 $

Nº5 Mulligan´s beaf ............................................ 11.95 $

terror, canibalismo, relato
Dejó de leer y golpeó la carta contra la mesa, resoplando por sus gruesos labios como un jamelgo apaleado. “¿Por qué coño ahora un simple bistec tenía que llevar nombre y apellidos?” se preguntó Scott, aunque ya sabía la respuesta a la pregunta.

La respuesta era que el nombre del bistec no importaba un jodido carajo en la mente cansada de Scott Camber; era el menor de una larga lista de jodiendas que llegaban de aquí al puto séptimo círculo del infierno. Scott torció los labios en una sonrisa boba imaginando al diablo, recortados sus cuernos como una hoz oscura entre mefíticos vapores y tormentas de ceniza ardiente, protestando por la cantidad de mierda escrita en aquella interminable lista de quejas. “Bueno, son algo más que quejas” pensó Scott, mientras chasqueaba los dedos para atraer la atención de la guapa camarera a la que le había echado un ojo nada más llegar al local. El trasero de las universitarias era el sueño de todo cerdo cincuentón, y Scott era un cerdo cincuentón. Y, sinceramente, no le importaba un carajo.

Lo que si le importaba a Scott era Bud White, Bud “Palo de escoba”, como le llamaba cariñosamente Scott. Sonrió, a pesar de su tristeza, mientras la camarera giraba hacia las mesas del fondo, alejándose de la figura rechoncha que chasqueaba los dedos. Scott maldijo en silencio y siguió pensando en Bud “Palo de escoba”. Al bueno de Buddy nunca le había gustado un pelo el mote, y su alargada silueta se ponía tan tiesa como si un médico cabrón le estuviera hurgando en el recto cada vez que Scott le mentaba el apodo. Los médicos cabrones habían sido el problema de Budd, en opinión de Scott. Ellos y la gran C.

Por fin, la camarera se dio por aludida y se acercó a la mesa de Scott, con una falsa y radiante sonrisa curvando dos labios negros sobre un óvalo pálido, el cuarto menguante de un cielo en negativo. “Dios, cómo odio estas chorradas de Halloween.” Pensó Scott, sin dejar de admirar el apretado busto bajo la blusa negra. La observada apoyó la cargada bandeja y sacó su libretita de un bolsillo de la pechera. Un bordado sobre el bolsillo rezaba en hilo rojo: “The last meater, Restaurant” “Un chiste malísimo” pensó Scott, “Si es que es un chiste.”

—Desea algo, señor, en esta noche de muerte, sangre y tragedia —entonó la camarera con un tonillo siniestro que a Scott le sonó tan bien como uñas rasgando pizarra—. Un alma joven, ¿tal vez?

—Mejor una Coca Cola —contestó Scott, y no pudo evitar arrugar su gordo rostro en una sonrisa porcina que de seguro le hacía parecer un violador— y un Nº4 para acompañarlo.

—Sus deseos le serán concedidos —dijo la camarera, inclinándose ligeramente mientras anotaba en su libreta el pedido y dejaba entrever su generoso escote. “¡Bingo para esos dos deseos!” celebró Scott, sin importarle mucho si estaba siendo demasiado indiscreto—. En nada volveremos con ello del Tártaro, amado huésped, aguárdenos con calma mientras nuestras tres hermanas cardan el hilo y avivan el fuego.

La camarera recogió la bandeja, dejó un cestillo de mimbre con unos panecillos tostados y se marchó, contoneando las caderas de modo nada improvisado, aunque sí bastante torpe. “Bueno, a fin de cuentas sabían que venía” pensó Scott. “Y nunca viene mal hacer un poco la pelota. Además, con un viejo verde como yo, un buen culo meneándose y ya tienen los cinco tenedores y veinte cacerolas”. La camarera se perdió entre en un mar de manos levantadas y rostros impacientes.

“El jodido cáncer, sí,” pensó Budd, mientras se ajustaba la servilleta sobre las piernas. “El jodido cáncer se nos llevará a todos, es el hombre del saco de nuestro siglo.” De momento, el hombre del saco había llamado a la puerta de Bud White Stevenson, la noche anterior, sobre las tres de la madrugada, llevándose cautivo un rostro arrugado de labios finos, cabello blanquísimo y ojos azules que Scott no volvería a ver jamás. Buddy, el que le había enseñado a distinguir un pepino de un tomate cuando Scott apenas llegaba a fin de mes escribiendo una horrible columna en un periodicucho de New Hampshire. Buddy que lo había llevado por todo el mundo, le había conseguido la entrevista con “First Flavour” y consiguió que la casualidad enlazara a Scott con Miranda; Mindy, su esposa. Y hacía cinco años que Scott no se había pasado a ver a su mentor. “Cinco jodidos años” pensó Scott, mientras cogía un panecillo de la cesta y arrancaba un pedazo con un chasquido seco, como el crujido de una ramita bajo el pie, o de un hueso carcomido. Sus dedos comenzaron a juguetear con la corteza inconscientemente. “Cinco jodidos años...”. Durante su última visita, un Buddy que ya era más perchero que hombre, sumergido en unos pantalones que más parecían las velas de un barco sobre los despojos de un naufragio, le confesó lo mal que estaban las cosas. “Me sabe todo a tabaco, Scotty” le había dicho Buddy cinco años atrás. “Y eso que nunca he fumado”.

“El pobre Bud”, los dedos de Scotty arrancaban ahora diminutas escamas crujientes. “¿Qué jodienda hay más grande que un crítico de cocina con un cáncer de estómago? Joder, si hasta parece un chiste.” Pero no lo era, no lo era en absoluto y aquel reflejo convexo de Bud White Stevenson alias “Palo de escoba” había soportado cinco años de suplicio. “Cinco jodidos años”, se repitió Scott, en una letanía torturada. “Cinco jodidos años...”

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Pero él no podía hacer nada. Los continuos viajes, los niños que ya no eran tan niños pero seguían quitando tiempo, Mindy y sus fines de semana en los que ella no era jefa sino sólo esposa y él seguía siendo Scotty, el gordo simpático, no le habían dejado tiempo para visitar a su viejo amigo. Honestamente, habían sido la excusa perfecta.

Budd no soportaba la enfermedad, le hacía sudar las palmas y el trasero. ¿Acercarse por el hospital?, a regañadientes y con al menos seis enfermeras meneando, “Oh, ninfas salaces de la cruz roja”, el trasero como bienvenida ¿Pero, cáncer? “Oh, no, ni hablar.” Eso no era para Budd. No quería ni oír hablar del tema. Aun así, enterarse de que su mentor había muerto por una esquela en el Chicago Inquirer... Los muy cabrones no le habían escrito más que una triste columna en el editorial, le parecía bastante triste. E injusto.

Scott volvió al asiento del “Last Meater”, sintiéndose como el hombre cavernario de platón: “Y lo primero que observó fue su sombra, proyectada sobre la arcada de su cueva y...” Y un mar de miguitas marrones y blancas tupían el tablero de la mesa. Scott se sonrojó, lanzó fugaces miradas de roedor a las mesas de alrededor y extendió el canto de la mano sobre el montecito, llevándolo hasta el borde de la mesa y dejándolo caer. “El crimen perfecto...”

—Mamá, ese hombre tiene nieve marrón en los zapatos.

Un dedo acusador y diminuto apuntaba a los pies de Scott. Una querubina de hermosos ojos azules y trenzas doradas señalaba insistentemente a los pies de Scott, mientras su joven madre —“solterona... seguro que es una solterona”— lo miraba como Scott miraba comer a los cerdos en la granja de su Tío Wilkins: arrugando la nariz.

Scott apartó a un lado el cesto de mimbre, se acercó rápidamente el servilletero, sin dejar de sudar y sonrojarse, el corredor de maratón más gordo del mundo, y tiró con fuerza del papel, ocultando con sus gordos pulgares el “bienvenido” de “bienvenido por su visita”. El servilletero osciló y se volcó. La pimienta y el salero comenzaron a rodar en paralelo, dos corredores rivales en una carrera suicida. El salero llevaba la delantera pero se topó con el cesto de mimbre que Scott había apartado peligrosamente cerca del borde. El toque de gracia fue sutil. El salero se detuvo y el cesto vibró, como un barco golpeado por una ola especialmente fuerte, se mantuvo un instante en equilibrio y cayó, desparramando los panecillos al vacío. El frasco de pimienta se partió en mil pedazos justo cuando el último panecillo besaba el linóleo. Buddy se quedó muy quieto, observando la montañita negruzca, —“parecía pólvora”— y los panecillos perlados de esquirlas de cristal dispuestos a su alrededor, como un complicado jeroglífico indescifrable.

—Mami —dijo la querubina de las trenzas de oro— ahora hay nieve negra al lado del gordo.

Scott se preguntó cuál sería la pena en ese estado por estrangular a una tierna infante de seis años con sus trenzas. Calculó que no merecía la pena. La camarera de labios negros y culo en su punto regresó como impulsada como un resorte, empuñando una escoba y un recogedor. “Ahora sí que corres, maldita zorr...”.

—Parece que hemos tenido un pequeño accidente —masculló con un agudo e involuntario gañido en la última i.

—Mami, el gordo habla como un ratoncito.

Se escucharon varias risas sofocadas a su alrededor. Las mejillas de Scott estaban al rojo vivo. “Me podrían freír un huevo en ellas”, pensó Scott. “O una niña...” Trató de serenarse y de recuperar la dignidad. Consiguió esbozar una sonrisa de tiburón a la niña y la estrecha de su madre y, volviéndose hacia la guapa camarera, se encogió de hombros.

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—Se ve que hoy no es mi día —dijo Buddy.

—Debe de ser por Halloween. Se ve que a los poltergeist no le van los gordos.

El restaurante entero pareció estallar en una carcajada atronadora, una estampida incontrolable de jadeos y resuellos entrecortados; incluso la joven camarera se llevaba una de las manos a los labios mientras sus hombros subían y bajaban en ligeros espasmos. Buddy se quedó con la boca abierta, mirando hacia el joven malencarado y chulesco, con un tupé y unas patillas a lo Elvis —un Elvis zombie, a juzgar por las pinceladas negras bajo los ojos—, que se apoyaba sobre el cabezal de su asiento como un Easy rider de pacotilla. El momento pasó como todos los momentos malos: despacio. Las cabezas se menearon, sonriéndose, resonaron unas risitas a destiempo, de esas que suelen cerrar los chistes y, pasada la diversión, los patricios volvieron a su yantar.

El esclavo gordo contempló cómo la camarera lo miraba con ojos de cordero degollado —aunque Scott, sólo tenía ojos para las dos huellas que emborronaban su maquillaje en retales caoba— y parecía intentar encontrar la disculpa adecuada, la palabra mágica que ordenara el revoltijo caótico en un suspiro. Meneó la cabeza, recogió con destreza los restos del naufragio y se dio la vuelta rápidamente, perdiéndose en los vapores que emanaban de la cocina. “Vuelta al averno...” pensó Scott, todavía demasiado anonadado como para reflexionar con claridad.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Sencillamente magnífico
17-04-2008 14:50
No es el primer relato que leo del tema, pero sólo por el placer de leerlo, sin más, ha merecido la pena. Muy buen ritmo, buena descripción del entorno y de los personajes, una prosa muy fluida que te engancha. Muy buen pulso, compañero.

Quizás un poco borroso el momento en el que se desmaya el protagonista, pero poco más. Un magnífico relato.

   RE: Sencillamente magnífico
17-04-2008 15:47
Me alegro de ello :-) . No hay mejor ánimo que ver la mejoría para seguir dándole duro.

Very thanks, master.



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