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Terror y Supense

17-04-2008 14:43
Por: manheor


terror, canibalismo, relato
“Rayos y centellas” diría el capitán Haddock de ese estúpido cómic francés que el estúpido de Pierre, el novio de su hija, se empeñaba en regalarle a Nattie, SU nieta —que el fuera el padre era circunstancial—. “Sí. Rayos y centellas” pensó Scott, “o mecagoenlaputamadrequeosparió”. Menudo día.

Pensó que era el epitafio maestro de Mindy, la última nota de una amarga cantinela que ya duraba dos semanas. Y, para empeorar las cosas, todo había sido culpa suya. Dos copas de más, no cerrar la boca a tiempo —“Por la boca muere el pez”, pensó Budd. “Y mira que papá no se cansaba de decírmelo”— y soltar la ropa tendida con los invitados menos indicados y en el momento que suena el gong de la inoportunidad. Había metido la pata, sí, bien metida.

Pero Mindy se la había devuelto, vaya si se la había devuelto. Repóker de ases, señores, K.O. en el primer asalto para la Dama de Hierro a este lado del gran charco. Los últimos catorce días Scott había recorrido veinticinco estados, de Este a Oeste y vuelta a empezar, frecuentando los establecimientos más odiados por el crítico de cabecera de “First Flavour” —algunos aún seguían diciendo que por acostarse con la jefa—: los locales familiares. Ruidosos, grasientos, inflados de colesterol, hormonas, camareras desagradables y clientes chistosos. Como el gilipollas de las patillas y las ojeras, por ejemplo.

Además, la frialdad cortante de las escasas frases intercambiadas con su esposa a lo largo de aquella odisea habían encogido el corazón de Scott, como si un puño gélido lo estrujara con sus dedos fríos de cantos duros. “La gran C más la gran D” pensó Budd, “igual a la gran M”. Pues sí, menuda mierda.

La niñita aún lanzaba miradas indiscretas hacia Budd, inflando los carrillos como dos grandes globos pálidos o sacando su lengua rosada y plegándola como la vela carnosa de un barco perdido en una enorme cueva. La madre seguía engullendo los tallarines con queso y carne, sin molestarse siquiera en dirigir una leve reprimenda a aquel pequeño monstruo de coletas. Scott alejó sus pensamientos psicópatas de la infante y pasó revista, por enésima vez, a la horrible decoración del local.

Pequeñas lamparitas de plástico anaranjado con forma de calabaza iluminaban cada mesa sobre un mantel tupido calaveras blancas y negras; pálidos esqueletos fluorescentes reposaban sobre los anaqueles, con sus huesudos dedos prendiendo botellas de vino como alcohólicos con varios siglos de abstinencia; fotogramas de las escenas más salvajes y desagradables que el cine ochenteno pudo concebir, potros de tortura y tajos ensangrentados adornando cada esquina y lo peor de todo, coronas de gladiolos y mesas plegables con forma de ataúd.

Scott levantó la vista del panorama y miró hacia el techo. “No hay salida, señor Bond”. Un gran póster colgaba justo sobre la mesa de Scott, oscilando sobre sí mismo por las ráfagas de los ventiladores como un ahorcado que se hubiera dejado las ventana abiertas un día de ventolera. En él una vieja vestida con camisón rosado arrancaba su rostro en dos jirones sangrientos, dejando asomar el cráneo entre la carne como la sorpresa de un macabro huevo de pascua. Bajo la imagen, escrito con grandes letras rojas que parecían desparramarse como un manchón de sangre arterial, un título rezaba: “Braindead: Tu madre se ha comido a mi perro”.

Scott sintió una oleada de naúsea ante semejante expresión del mal gusto, oleada que amenazó con convertirse en temporal y arruinarle la comida antes del primer bocado al mirar cómo engullía un jovenzuelo obeso de ojos de ratón y pelo grasiento de color pajizo. Costras de tomate le caían por el rostro mientras roía los huesos de un costillar, sorbiendo con sus gruesos labios la salsa que la embadurnaba. Parecía un zombie de Serie Z devorando a la joven díscola de turno, tetuda y con gruesos labios de silicona.

Meneó la cabeza, tratando de sacudirse la desagradable imagen como quien sacude el polvo de un mueble viejo, y se concentró en recordar la información sobre el “Last Meater”, información que se había bajado de Internet la noche anterior, cansado de menearse como un flan grasiento en el colchón de agua que, según los folletos del hotel, era “La culminación del descanso”. Scott le había indicado al manager del hotel dónde podía meterse su culminación y su descanso.

El Last Meater era, como todos los establecimientos que conseguían conectar con el frenesí comercial y el gusto hortera del público mayoritario, un éxito rotundo y el macabro servicio que prestó en el pasado el solar sobre el que se había edificado aquel enorme restaurante sólo ayudaban a que las ganancias subieran de semana en semana.

Scott nunca había sido muy aficionado a ese furor tan de su país por lo paranormal. Lo más paranormal que estaba dispuesto (y obligado) a tolerar era perder las llaves de su Volvo una vez cada seis meses; como un reloj. Pero la macabra retahíla de barbaridades y rumores sanguinarios que se cernían sobre el más antiguo de los “establecimientos” al sur de Bedford Park sobrepasaban lo que Scott podía aguantar. Qué coño, se pasaba tres estaciones de su parada.

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El primero de los clientes en poblar Bachelor Groove fue acogido en 1828. Su nombre Norman Batchelder, figuraba grabado en abigarrados caracteres sobre la fría losa de piedra. Como epitafio, alguien había grabado con caracteres irregulares: “Púdrete con tus hermanos, bastardo”. Desplazándose por el menú con una lentitud bobina y un creciente e incómodo cosquilleo justo antes de donde la espalda pierde su honesto nombre, Scott navegó por www.bachelorsgrove.com sintiéndose cada vez más absurdamente alarmado e inquieto y lanzado furtivas miradas por el rabillo del hombro hacia los bloques sólidos y oscuros con que la luz de la pantalla sumergía las esquinas de su cuarto.

Saqueos de tumbas, ritos satánicos y dos luces —una roja y una azul— que titileaban noche tras noche entre las ramas de los abetos; coches fantasma cruzando la pista que llevaba al enrejado, una espectacular batida —tras un pandemónium de chillidos la noche de Walpurgis de 1914— en la que se rumoreaba habían fallecido cuarenta y siete cristianos y al menos seis “entes indefindos” y el anunciado exilio de muchas de las lápidas durante la década de los cuarenta, por parte de unos familiares temerosos de que los cuerpos de sus ancestros fueran violentados aún después de la muerte, no eran la mejor de las recetas para doblegar el insomnio que “La culminación del descanso” le había provocado al bueno de Scott.

Y ahora, a uno de esos genios del marketing más chabacano se le había ocurrido comprar la inmensa extensión del antiguo cementerio, conservando y restaurando muchas de las tumbas originales, y alzar un no menos inmenso restaurante dirigido al público más corriente y —al menos eso pensaba Scott para sus adentros, apunto ya de arrojarle el tenedor a la jodida niña de las trenzas— vulgar.

Para vergüenza de su especie, la iniciativa había sido un éxito colosal, gracias, en gran medida, a una agresiva y, todo había que reconocerlo, brillante campaña televisiva. Durante un mes se habían proyectado testimonios de personas ya muertas que anunciaban su regreso del más allá. Cada semana el aspecto y ropajes del confesante correspondía con una época histórica distinta y se revelaban nuevos datos sobre la clave que ligaba a todos los terribles testimonios que los cadáveres vivientes confesaban, sentados sobre su lápida, a una implacable cámara en plano fijo. Scott recordaba con especial horror el testimonio de un niño de seis años que confesaba, con una sutileza en el libreto que lo hacía aun más terrible, cómo su padre los había encerrado a ella y a su hermana en un pozo para después arrojarles un cubo lleno de ratas y serpientes. El negocio marchaba tan bien que ya se hablaba de una nueva cadena de restaurantes en América instalados en los numerosos cementerios abandonados que poblaban el país. “Desde luego los yanquis” pensó Scott, “sabemos de qué pie cojeamos y cómo aprovecharnos de ello”.

La camarera volvió a emerger de entre los vapores de la cocina —Scott apostaba seis días más de suplicio a que tenían una máquina de humo detrás de las puertas correderas—, con una bandeja cubierta por un cubreplatos de metal que centelleaba en visos dorados. Scott observó cómo se acercaba, una jugadora de rugby internándose en campo contrario para anotar, o un mensajero recorriendo las trincheras francesas mientras desde el cielo llovían las bombas.

Antes de derrumbarse sobre la mesa de Scott, con el rostro húmedo y el pelo desmadejado como un estropajo a punto de pedir la jubilación, su joven heroína había esquivado las migas de pan que un chavalín rubito le lanzaba desde su pajita, un ovito con cerbatana disparando a una Indiana Jones desentrenada; resbalado dos veces, a punto de descalabrase, con sendos charcos burbujeantes de coca cola y recibido seis pellizcos, cuatro en la nalga derecha y dos en la izquierda, de los adolescentes hiperhormonados que la observaban como Scott imaginaba que los leones observaban a los antílopes antes de echar a correr: salivando. Scott respondió a su hazaña con una sonrisa de comprensión que le fue devuelta con un guiño de propina y bajó los ojos hacia el gran iglú inoxidable con curiosidad, tras indicarle a la joven que no necesitaba nada más.

El relieve de una calavera le sonreía sobre la superficie cromada, con un asidero oblongo que le recordó a Scott el mango de un cuchillo de cocina, de hecho, parecía diseñado para dar esa impresión. Arrugando el entrecejo y resoplando con desdén, pero recordando a la vez las palabras de su fallecido mentor para estas ocasiones —Bud siempre decía: “el buen crítico nunca escribe la primera línea antes de haber engullido el último bocado”—, descartó sus resquemores como quien espanta a una mosca zumbona, cerró su mano sobre el asidero y comenzó a alzar el acampanado cubreplatos.

Una vaharada caliente le hizo lagrimear mientras agitaba las manos como abanicos de morcillas, tratando de despejarla. Un olor acre fuertemente especiado—podía identificar el curry y la pimienta pero había otros tres olores que se le escapaban y eso fue la primera de las sorpresas— invadió sus fosas nasales como un motín invisible. “Delicioso” reconoció Bud, muy sorprendido. “Un olor delicioso. Me pregunto sí...”

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Su visión se aclaró y pudo contemplar, entre las espirales vaporosas, ahora más tenues, cómo lucía la obra. “Segunda sorpresa” y los labios de Scott se entreabieron, mientras su boca se llenaba de saliva, como la taza de un urinario después de tirar de la cadena.

El plato era una delicada composición, equilibrada tanto en las formas como en el cromatismo, sin caer en el artificio pero sin pecar de austero. Dos pequeños montoncitos de guisantes ocupaban el centro, pirámides esmeralda en un desierto liso y nacarado; a su alrededor, una triple corona de verduras en tempura —remolacha, coles de Bruselas y medallones de berenjena— ceñía los dos monolitos verdosos como la cola de un vestido hecho al corte. Para finalizar la función, patatas doradas cortadas en gruesas obleas como doblones de oro y un montoncito de taquitos de cebolla confitada reforzaban la guarnición. Las damas de honor del desfile, seis tiras finas de una carne rojísima y sin apenas más grasa que una saludable y finísima veta de un blanco untuoso, encuadraban el plato como el marco perfecto. Scott parpadeó, anonadado. Desde luego no era lo que se esperaba y la agitación no le había permitido más que echar un vistazo a los platos de sus convecinos que en su mayoría optaban por la consabida hamburguesa y el pollo frito. Pero aquello...

Se puso la servilleta sobre el regazo, tomó el tenedor y el cuchillo con movimientos pausados y reverentes y se dispuso a cortar un trozo de aquella carne incendiada. La hoja se deslizó con una suavidad exquisita, como una mariposa posándose sobre los pétalos de una flor, antes de libarla; Scott trinchó uno de aquellos doblones dorados para acompañar la fina tira de carne y, sin vacilar, se llevó, con gesto experto de virtuoso, el bocado a la boca. Cerró los ojos y comenzó a masticar, deslizando la lengua entre sus dientes, ávida de perderse en el placer de los sabores.

La mona no se había vestido de seda; no era mona, siquiera. Aquello era extraordinario. Extraordinario...

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Sencillamente magnífico
17-04-2008 14:50
No es el primer relato que leo del tema, pero sólo por el placer de leerlo, sin más, ha merecido la pena. Muy buen ritmo, buena descripción del entorno y de los personajes, una prosa muy fluida que te engancha. Muy buen pulso, compañero.

Quizás un poco borroso el momento en el que se desmaya el protagonista, pero poco más. Un magnífico relato.

   RE: Sencillamente magnífico
17-04-2008 15:47
Me alegro de ello :-) . No hay mejor ánimo que ver la mejoría para seguir dándole duro.

Very thanks, master.



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