Náufragos, eternos optimistas |
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22-04-2008 14:48
Por: Akhul
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Última entrega de Huesos que ondean sobre un mar agitado. Espero que hayáis disfrutado de las aventuras de estos perros del aire.
El estruendo de la explosión llegó hasta ellos como un sordo rumor apagado que se imponía, contra toda lógica, sobre la incesante tormenta. Por el contrario, su onda expansiva, o tal vez el bandazo que le hizo dar a la embarcación, se alzó indiscutible, sin matices, sobre el caos reinante, sacudiéndoles sin piedad.
A pesar de su masa corporal, Manana cayó pesadamente al suelo, y con el impacto perdió su pistola. Demonios, pensó, empieza de nuevo el circo. Se puso en pie rápidamente dispuesto a presentar batalla, pues había visto cómo los dos espectros salían despedidos por la cabina. Era posible que el hombre de las sombras aprovechara la coyuntura para un contraataque, y quizás se hiciera con su arma a tiempo, pronto a girar las tornas. Cuando se levantó se dio cuenta de por qué eso ya no era posible: el asesino se había golpeado contra el canto de la mesa y se había desnucado. Su expresión beatífica denotaba la satisfacción con la que había abandonado el mundo. Aquello perturbó al perro del aire: él no se sentía en absoluto preparado para emprender ese vuelo.
Descartando recuperar su arma -¿para qué demonios la querría en una situación semejante?-, corrió hacia la puerta intentando creer que la inclinación actual de la cubierta era algo temporal. No sabía si un navío de la envergadura de aquél podía escorarse normalmente de ese modo, pero no creía que tuviera la presencia de ánimo suficiente para averiguarlo en ese momento.
Llegado a la puerta, Manana se detuvo. No podía irse así, dejando a sus extraños aliados tirados por el camino. Las sirenas de emergencia del barco atronaban en su cabeza. Qué hacer. Se iban a pique.
─¡Al hiryu, O’Dowd! ¡Id al hiryu! Es nuestra única oportunidad. ¡Meteos en el compartimento de carga! ─aulló como si fueran sordos o sus intenciones fueran más trasparentes a gritos─. ¡Yo voy a buscar a Mika y al Malayo!
Aquella vez la voluntad de los espectros no le llegó en forma de palabras, pero, cuando se lanzó a una loca carrera por los pasillos inclinados de la nave, supo que le habían entendido, y que confiaban en su plan. Sin echar la vista atrás, focalizó sus esfuerzos en llegar a su camarote.
El mar embravecido zarandeaba el barco sin piedad. La explosión, donde fuese que hubiera tenido lugar, había tocado de muerte al portaaviones. Quizás las máquinas no funcionase ya, o se hubiera abierto una vía de agua. Manana no tenía ni la menor idea de cómo funcionaba un barco. Eso sí, podía percibir cómo el mar se hacía más y más presente en los movimientos erráticos del pecio, cómo imponía más y más su siniestra determinación de sepultarlo en las profundidades abisales.
Intentando mantener a raya el terror que se iba apoderando de todo su ser, se encaramó a una escalerilla de mano y trepó como pudo hasta la escotilla superior. Las manos le resbalaban, sudadas, cuando intentaba girar la llave de la exclusa, pero, al final, consiguió abrirla y se aupó hasta la cubierta superior. Si no se equivocaba, no estaba muy lejos de los camarotes.
Avanzó a trompicones por el pasillo en el que se encontraba y, cuando menos lo esperaba, sus pies se enredaron en un peso muerto. Cayó cuan largo era. El cadáver de uno de los tripulantes le había derribado. “¿Estarían todos muertos?”, se preguntó mientras se ponía en pie.
“Vacía la cabeza, vacía la cabeza”, masculló mientras reemprendía la carrera hacia donde, creía, se encontraba el camarote. Cuando su puerta apareció a pocos metros, respiró por fin aliviado.
─¡Mika! ¡Mika! ─llamó golpeando decididamente la puerta─. ¡Abre, demonios! ¡Nos estamos yendo a pique!
Obstinada, la puerta permanecía cerrada, muda ante sus gritos.
─¡Muchacha! ¡Abre esta maldita puerta, demonios! ¡Nos vamos a pique!
Manana, al borde de las lágrimas una vez más, contempló la pesada puerta de metal sintiendo una profunda impotencia. ¿Cómo iba a abrir algo así? Se llevó las manos literalmente a la cabeza e intentó escarbar en su cerebro en busca de una idea brillante. Entonces, un violento golpe de mar le empujó contra la puerta y ésta se abrió de par en par.
El viejo perro del aire se encontró en mitad de su camarote, dolorido y confuso, buscando a alguien entre el desorden reinante. El olor a sangre del Malayo todavía se percibía con claridad, así como el de tabaco. Sin embargo, no había nadie. Ni rastro de Mika ni del pirata. Se habían ido, o se los habían llevado, sin dejar tras de sí más que una puerta atorada.
─¡Maldita sea mi suerte! ─aulló Manana para dar salida a su rabia contenida.
Entonces, en mitad del grito, se dio cuenta de a dónde irían sus amigos si estaban en su sano juicio: al avión, obviamente. Y, si no, siempre podría atraer su atención con una bengala.
***
La lluvia azotaba inclemente la cubierta como una ametralladora incansable e infinita. La cortina de agua era tal que apenas se distinguía nada a unos pocos metros. Ocasionales relámpagos iluminaban la escena de un modo pavoroso, combinándose con las rociadas de agua con que las olas más encrespadas barrían la superficie del barco. El crujido del metal, que tan presente había estado durante su periplo por las entrañas de la nave, ahora palidecía ante aquel ominoso concierto.
Todo era caos y confusión, y sólo una única verdad se podía paladear con certeza: el portaaviones estaba claramente escorado a estribor.
Manana avanzó con una idea fija en la mente: llegar al hiryu. Le importaba un pepino que sólo pudiera moverse como un buzo torpe, que le dolieran todos los miembros de su cuerpo, que las heridas le escocieran bajo las salpicaduras de agua salada, que no tuviera ni la más mínima noticia de nadie desde hacia un buen rato, pues no se adivinaba el menor movimiento por ningún lado… Todo le importaba un pepino. Todo. Había franqueado el umbral de la lógica y sólo le movía la testarudez. La silueta de su aeroplano bajo la intensa lluvia era su faro en la tormenta.
Así, un paso tras otro, la gorra perdida en algún momento del fragor de la aventura, la barba arremolinada en torno a su rostro como un velo espectral, y las piernas agarrotadas como zancos, continuó reduciendo la distancia hacia el hiryu. Apenas lo veía, es cierto, pero hubiera reconocido su silueta en el mismísimo fondo del Averno.
Entonces tuvo una extraña sensación, como si el aeroplano, traicionándole como el espejismo de un oasis, se alejara de él. “No”, pensó, “esto no puede estar ocurriendo”. Y, espoleado por un terror atávico, el perro del aire se echó a correr por la cubierta devorando los metros que le separaban de su único asidero.
Demonios, sí, el hiryu se estaba moviendo. La tormenta, tal vez la explosión, había soltado los anclajes con los que la tripulación había amarrado el aeroplano. Despellejándose la garganta de pura incredulidad, Manana terminó de recorrer la distancia que le separaba del lugar donde el avión había sido posado originalmente. Éste se precipitaba, en ese mismo instante, por la borda.
El piloto se quedó petrificado viendo cómo la cola del aeroplano desaparecía más allá de la cubierta, despeñándose al otro lado, donde sólo había oscuridad y agua. Una inmensa tristeza empapó su alma. Sin fuerzas, se sentó allí donde estaba.
Unas cajas de mercancías, mejor amarradas que el hiryu, o quizás simplemente tocadas por otro dedo del destino, le brindaban algo de protección. Esa breve tregua, casi testimonial, hizo que el cansancio se impusiera. Manana se sintió viejo como nunca antes se había sentido. No tenía bengalas, ni avión que justificase que hiciera uso de ellas. Tampoco tenía su pipa, y aunque sabía que en las cajas que le protegían del viento se ocultaba un cargamento de ron, no tenía ni fuerzas ni herramientas para hacerse con una botella. Lo único que tenía era unas irresistibles ganas de echarse a llorar.
Antes de amarrarse a las cajas por puro instinto, incapaz de recorrer la distancia que le separaba de la bodega, un único pensamiento, impertinente, cruzó su mente: se había vuelto un viejo blando. Curiosamente, no anheló ser el viejo Ogro de los Dragones de Hierro. Lo único que echó en falta fue un catre en el que tumbarse y ser -sí, demonios- un viejo blando.
─Me lo he ganado ─gimió con derrotismo.
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