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La guarida de Screela


Relatos

27-04-2008 13:38
Por: Destripacuentos

Continúan las aventuras dentro de la Dimensión de la Gran Fortaleza del demonio Altozdden.


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Las losas del corredor que se extendía tras el portal fueron transformándose gradualmente en paredes de piedra labrada, y éstas terminaron por devenir simples superficies rocosas sin elaborar. El pasadizo cada vez resultaba más húmedo y, aunque la luz apenas variaba de la penumbra habitual, daba la sensación de que la oscuridad aumentaba. Tras unos minutos de marcha, el corredor desembocó en una enorme caverna.

De su techo, el cual se perdía en las profundidades de la cueva, manaba una constante llovizna que impregnaba todo y que arrancaba una rala vegetación al duro suelo rocoso. Entre la bruma acuosa que levantaba se adivinaba el fondo de la caverna varias leguas más allá. A parte de las enormes dimensiones, el lugar tenía algo antinatural que estremecía lo más profundo de los huesos.

Jarja y Ahax se destacaron como avanzadilla, atentos a localizar cualquier rastro que permitiera prever alguna trampa o emboscada. Pronto algunos esqueletos dispersos entre las rocas revelaron que, tal vez, aquellas precauciones no eran vanas. Todos ellos portaban al cuello una extraña estatuilla de terracota que representaba tres gusanos unidos por la base e, indefectiblemente, una espada corta herrumbrosa se encontraba cerca de las osamentas; unas veces junto al cadáver, otras todavía aferrada a un brazo descarnado, a veces amputado del cuerpo.

-Los huesos tienen marcas de un gran mordisco, de una corona de colmillos que sólo puede pertenecer a algún gran animal -explicó Jarja a Nekart cuando éste respondió a su llamada-, pero sólo una marca cada vez. La criatura no los devora; sólo los mata. Si la criatura no come carne, aunque los huesos sean viejos no quiere decir que haya muerto de hambre -repuso el cazador.

El capitán mercenario no contestó directamente a las inquietudes de su explorador. Se dirigió directamente a todos.

-Puede que haya un gran depredador en esta sala. Quiero que todos os arméis con lanzas o armas largas, y que tengáis los arcos listos. Avanzaremos en formación de batalla, con el conde Almack en el centro.

Sí, el sabor de la batalla subió de nuevo a la boca de los mercenarios, y sus dientes apretados eran una suerte de sonrisa: la mueca de los que trafican con la muerte. En silencio, conscientes de que cualquier instante podía ser el último, avanzaron por la caverna.

Screela. Ése fue el nombre que le dieron a la criatura en cuanto asomó tras un macizo de rocas, un par de horas después, emitiendo un hórrido chillido. Screela. Su alarido helaba la sangre en las venas, paralizando a sus víctimas.

Tres enormes columnas de carne rematadas en bocas a modo de coronas de colmillos, altas como tres hombres, gruesas como un tonel. Apéndices compuestos únicamente de carne, bulbosa sustancia capaz de lanzarse al ataque con la velocidad del rayo.

Inmediatamente después de su chillido, cayeron sobre los exploradores. Jarja, valiéndose de su agilidad, rodó a un lado y se puso en guardia con su lanza. Ahax, dentro de su pesada cota de malla, se vio obligado a parar con su maza el asalto de la criatura. Hierro y madera se astillaron entre los hediondos dientes a pocos centímetros del saqueador de tumbas, caído en tierra.

Acto seguido, una lluvia de saetas se abatió sobre el monstruo. Toda la compañía disparaba sus arcos con determinación. Los proyectiles, certeros, se hincaron en la carne, y de la piel de la criatura empezó a manar una sustancia oscura y espesa que debía ser su sangre. Ésta, a pesar de la profundidad de las heridas, cicatrizaba rápidamente sobre los proyectiles, partiéndolos en el proceso como si fueran palillos. Además, sin sentirse afectada por las heridas, Screela continuaba sus ataques.

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Nihiriana se unió a los exploradores en el combate cuerpo a cuerpo. Fintaban y acosaban a la bestia distrayéndola mientras sus compañeros la asaeteaban. Mientras consiguieran mantenerse fuera del alcance de los colmillos, ocultándose tras las rocas o los escudos, estarían a salvo. Sin embargo, hacía falta una gran agilidad para ello.

La danza mortal continuó algunos minutos hasta que un fulminante ataque del ser pilló a Jarja a contrapié, y los colmillos abrazaron su torso, clavándose en la carne a través del cuero de su coraza. Con el espinazo destrozado, el bárbaro cayó inconsciente al suelo. Crai, empachado de muerte, abandonó su posición junto al noble Almack y fue a rescatar a su compañero. Su corazón ya no latía cuando se arrodilló a su lado presto a socorrerle. Su maniobra, no obstante, le aproximó lo suficiente a la bestia para ser su próximo objetivo.

Todavía entumecido por sus pasadas heridas, el mercenario no acertó a rodar a tiempo para esquivar el ataque del ser, quien mordió su cuerpo con saña, arrojándolo varios metros más allá. La coraza de bronce, por fortuna, se mostró más resistente que el cuero, y aunque perdió el sentido, el guerrero conservó la vida.

Sus compañeros no pudieron darse cuenta de inmediato. Su cuerpo, desmadejado como un guiñapo entre las rocas, se aparecía inerte. Era una imagen dura, la prueba de que la muerte se paseaba entre la compañía, e incluso para los curtidos veteranos era difícil mantener la disciplina. Ignorando que el ser se encontraba en sus últimos momentos de vida, Nekart se lanzó a la carga seguido del joven Darkoon. El enfebrecido muchacho no llegó a entablar combate con él: una nueva lluvia de flechas y la espada el capitán mercenario segaron su vida antes. Con un horrendo último alarido, el monstruo se desplomó en su guarida.

Cubierto de espesa sangre oscura, el de Kilimar observó con desolación al compañero caído. Otro hermano de armas que quedaba en aquel anónimo campo de batalla. La voz del brujo a sus espaldas le quitó las ganas de realizar comentario alguno.

-Acamparemos junto al cadáver de la bestia. Así podré estudiar este animal fascinante mientras recogéis hierbas comestibles y rellenamos nuestros odres con esta llovizna. Ha sido una suerte, sin duda, encontrar este lugar.

***

Darkoon y Crai permanecieron en el campamento mientras sus compañeros partían por toda la caverna en busca de alimento. Aquellos dos estaban demasiado débiles a causa de sus heridas para malgastar sus fuerzas. No obstante, aprovechando que el brujo estaba encenegado preparando una mixtura con la sangre de la criatura y el polvo extraído de los colmillos de la misma, dieron sepultura a Jarja.

Todo el material útil que portaba el cazador había sido ya repartido entre los mercenarios, por lo que le sentaron en un recodo de las rocas armado únicamente con su gran garrote de hueso. Adecentaron sus colgantes, su barba y su melena y le cerraron los ojos y la mandíbula en una expresión orgullosa. Después, sin rezar plegaria alguna, pues eran hombres de guerra, no de espíritus, cubrieron su cuerpo con piedras. Desde su tumba podría contemplar a la bestia contra la que les había prevenido, la misma que había acabado con su vida. Sin duda había sido una muerte digna para un cazador como él.

Ambos guerreros pensaron que, en el fondo, tampoco había corrido una suerte tan nefasta. Sin duda se habría reunido ya con su hermano Akena. Únicamente temían que sus espíritus no supieran encontrar el camino de vuelta a casa.

Cuando Sith le trajo al convaleciente Crai una estatuilla en terracota que representaba con bastante acierto a Screela, el mercenario no pudo evitar pensar que tal vez llevando ésta de vuelta al hogar podría ayudar a los espíritus de sus camaradas a seguirles.

Por supuesto, no compartió estas inquietudes con el único que hubiera podido arrojar luz sobre sus teorías. Draco, el dragón, estaba demasiado ocupado indagando en los secretos de aquella dimensión y en los de las criaturas que la habitaban.

 



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