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Las últimas palabras como escritor.
A cada palabra me sentía más vacío y a la vez más extraño, como si la vida se esfumase lentamente de mi cuerpo y viese cómo tomaba forma en pequeñas letras que hacían frases intrincadas. Supe en ese instante que lo que vendría a continuación, desde las palabras más rebuscadas hasta las frases con menos sentido quedarían marcadas en el cuaderno rojo de por vida. No habría un texto mejor, ni una prosa más fluida que la que contemplaban mis ojos en ese preciso momento. Era completar mi última obra como escritor.
A cada palabra que escribía daba aliento a la muerte y, mientras, saboreaba cada imagen, cada metáfora que salía de la tinta burbujeante, cada proyección que salía de mi cerebro o de mi corazón para clavarse de lleno en el papel. Pensé que era muy triste escribir lo mejor de mi obra en un cuaderno vulgar rojo, como la veintena que tenía guardados en el armario, todos iguales, con la misma letra, el mismo tipo de pensamientos abstractos que no llevaban a ninguna parte.
Ahora me sentía diferente, vivo a cada palabra que expulsaba. Sabía que todo había cambiado. Por ello, sin dejar de escribir, cogí un pequeño bloc de dibujo. La verdad, no me había servido más que para hacer bocetos de mujeres esbeltas con cuellos abultados, cabezas achatadas y ojos minúsculos y enfermizos. Todo era parte de la misma obsesión y del mismo ser, de la parte que llevaba unida a mí mismo que hacía que la mayor parte del tiempo pensase en cosas sin sentido.
Y sin embargo, en una noche todo había cambiado; a pesar de que utilizaba la misma tinta, de que utilizaba las mismas páginas cuadriculadas con fondo azul. Pero en esta ocasión era distinto el contenido, y eso era lo que importaba, ahora veía las palabras claras en mi mente, las observaba atento mientras cada una se organizaba y hacía turnos para salir de forma ordenada y coherente. Observaba cómo se replegaban juntas y formaban bellas imágenes que se traspasaban al papel, y fue en una de esas bellas miradas cuando me di cuenta de que el cuaderno rojo y vulgar que siempre había utilizado se me había quedado pequeño.
Era como retratar un paisaje colosal, con montañas picudas rasgando el cielo y amenazando con clavarse en el sol en una simple foto de carnet. Era simple: no cabía; daba igual quién fuese el artista porque la obra tenía un fin mayor. Por eso cogí el bloc de dibujo, porque me había dado cuenta de que no se trataba de narrar, de contar largas peroratas sin sentido al son de una voz interior falsa; ahora entendía que todo se resumía a los principios del hombre y de la humanidad, a plasmar la belleza de una historia en papel, daba igual la letra, la tinta y el cuaderno rojo que había quedado en un segundo plano.
Lo que me disponía a hacer era simplemente garabatear unas cuantas letras, esbozar una tímida historia con las palabras que a lo largo de mi vida habían estado aguardando en fila india para salir ahora en su orden, bailando un pequeño vals al son del rasgar de la pluma. El papel era grueso, con una textura rugosa que hacía que la pluma hiciese aún más sonido del habitual, y me imaginé un mar grandioso que se extendía ante mí, sentí esa profundidad oscura y tranquila a la que siempre había temido, pero ahora se encontraba de mi lado, estaba ahí para apoyarme en seguir lo que sin duda era el proyecto de mi vida.
Continué toda la noche, en busca de encontrar un final donde poder acabar a gusto la historia, un pequeño lugar de retiro donde enterrar los lápices de colores que había guardado con recelo desde la más tierna juventud. Y encontré la sombra de una secuoya, no más allá de las montañas picudas donde el sol llegaba reticente y la luna encontraba todo su esplendor. Y me dije que no habría lugar más bello donde arrastrar mi vieja pluma por última vez.
Por eso hice acopio de mis fuerzas, olí lo que sería la última bocanada de tinta, me entusiasmé con el chapoteo en el tintero y dejé que la mano del artista firmase con orgullo su obra, dejando, por decirlo de alguna forma, cerrada la obra, condenando a cada montaña picuda a que encontrase su vida entre los márgenes de la hoja para acuarelas, a que se acostumbrasen a convivir con la secuoya y el sol y la luna.
Y, sintiendo que esto era el final, que cualquier palabra que pusiese después saturaría la obra de color y cualquier retoque emborronaría el dibujo, dejé que la naturalidad de la noche, la espontaneidad de las ideas que se habían gestado en mi cerebro, cayesen en reposo sobre la acuarela, dejando que secase hasta el amanecer, y sólo me quedó una última mirada por la mañana, y un suave suspiro, y una olvidada palabra…”belleza”.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Magnífico |
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09-05-2008 09:53 |
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Me ha gustado mucho el relato, compañera. Últimamente te veo especialmente acertada con tus textos, con un toque muy sugerente y un acabado muy redondo. Un placer leerte.
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RE: Magnífico |
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17-05-2008 19:08 |
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Ciertamente un texto magnifico, evocador y lleno de sentimiento.Vine buscandote expresamente porque un amigo me dijo que tenía que pasar a leerte, que me encantaría, y en verdad no se equivocaba.
Pese a que está narrado de un modo magistral, creo que el texto hubiera ganado intensidad siendo algo más breve, pero en cualquier caso genial.
Pronto me veras por otros textos, hasta otro rato.;-)
Nos leemos.
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