|
Mi opinión respecto a este concepto
La libertad. Nunca ha existido un término tan... relativo. La libertad nos permite hacer lo que queramos, nos abre un abanico de posibilidades, una baraja entera en la que se pueden elegir varias cartas.
Pero, al igual que una carta tiene dos lados, la libertad también. Técnicamente, debería terminar donde nosotros quisiéramos, extenderse hasta donde ordenásemos. Pero no es así. "Mi libertad acaba donde empieza la tuya". Esta frase trae consigo consecuencias marcadas: la libertad es finita y está basada en el respeto.
Si todos usásemos nuestra condición de seres libres sin unas reglas que nos regulasen, todo esta ciudad, todo el mundo, estaría sumida en el caos. Y, para algunos, ese caos es la representación de lo perfecto.
No siempre es así, por supuesto. Hay personas que se encargan de que prevalezca el respeto. Hay personas que renuncian a parte de su libertad, que dejan de alimentar sus deseos, para seguir la senda en pos de una vida mejor, de una vida tranquila, sin incidentes.
Y, como he dicho antes, la libertad es un término relativo. Para una persona que esté encerrada, la libertad significa salir. Para hombre ocupado, ir a pescar o cualquier cosa que le guste. Y para otros, la libertad es escapar al dolor, un dolor infringido por otros.
Por tanto, este término viene dado por tres cosas, tres requisitos importantes para una vida tranquila: respeto, autocontrol y paciencia. Grandes dosis de paciencia. Si falla uno de los tres, una pequeña piedra de los cimientos en los que hemos asentado las bases de nuestra sociedad, sucumbe. Y, cuando caen muchas piedras, por pequeñas que sean, la estructura la seguirá.
¡Oh, la libertad! Qué palabra tan exquisita, tan perfecta. Qué apetitoso pastel del que todos queremos tomar una parte. Algo amado y deseado por todos. Algo que ha originado guerras, cambios trascendentales.
Y, al contrario que miles de personas en el mundo, atentas a cazar unas migajas de tan suculento pastel, yo ya tengo mi parte.

|
|
 |