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El encuentro I


Relatos de Ciencia Ficción

20-05-2008 16:47
Por: manheor


cifi, ciencia ficción, relato
Pero Dean notaba que, día a día, los silencios entre explicación y explicación eran más prolongados, silencios en los que Melanie se quedaba con la expresión congelada en sus facciones, la boca entreabierta y la mirada en el infinito. Dean a menudo tenía que limpiar los hilos de saliva que resbalaban por su barbilla antes de que volviera en sí y secarse luego las lágrimas...

Melanie parpadeó lentamente, mirando a su alrededor con asombro, como un náufrago que de pronto despertara entre las sábanas limpias de un camarote después de tantas noches sufriendo la intemperie. Dos gruesas lágrimas sin tristeza recorrieron sus mejillas. Dean cogió otra servilleta de la mesilla al pie de la cama y enjugó las huellas húmedas; Melanie aún sonreía, radiante.

-¿Me he vuelto a marchar, verdad? -Dean detectó el timbre del pánico disimulado en la voz de Melanie, su Mel. Le partió el corazón-. Cada vez me pasa más a menudo, y luego lloro como una idiota por tener los ojos tan abiertos. Pero es que es tan hermoso, Dean, ¿lo sabes, no?

Dean asintió, absorto, viendo cómo los labios de Melanie se movían pero sin escuchar ni una palabra, como en una película muda.

(era mostaza...)

-Dean, tengo que decirte algo...

(mostaza...)

-¡Dean!

Dean volvió a la realidad y sonrió con su mueca triste, apretando un poco más fuerte la palma de Melanie, notando sus frágiles falanges, huesecillos de pollo.

-Parece que tú también te has ido de excursión, ¿no? -frunció los labios. Parecía una niña disgustada con sus trenzas; “Mami me las ata con lazitos, pero es taaaan cursi”-. Pero no me extraña, no es que sea muy divertida esta habitación -y la sonrisa se evaporó sólo un instante de sus labios, para volver a renacer como la floración acelerada de un documental-. Pero te estaba hablando de ellos, Dean, son tan, tan hermosos...

Un aguijonazo frío penetró la columna de Dean con un espasmo eléctrico. “¿Ellos?” Oh dios, que no se haya vuelto loca, por favor que no se haya vuelto... Melanie le clavó la uña en la palma de la mano.

-Señor Archer -los ojos de Melanie brillaron con algo parecido a la furia. Oh sí, estaba furiosa. Y asustada-, preste atención. Y no, no me he vuelto loca.

Un leve sonrojo (¿vergüenza?, ¿furia, tal vez?) tiñó las mejillas macilentas y agudas de Melanie. Dean pensó en el color de su cabello aquella tarde de picnic. Consiguió sonreír sin convicción.

-Ya lo sé, Mel -contestó pensando “ojala fuera cierto”-. Cuéntame.

Mel le sostuvo la mirada por unos instantes, con un brillo de miedo en los ojos, el brillo de un animal acorralado. “Sabe que no la creo”, pensó Dean. “Pero cómo voy a creerla”.

(¿Ellos?)

El aguijonazo volvió a estremecerlo. Melanie se volvió y dejó de mirarle, apuntando los ojos al resplandor del tubo fluorescente. Su voz se hizo monocorde, átona, sin alegría fingida, como la voz robótica de una mala película de serie B.

-Está bien, te lo contaré.

El Dr. Forrester bostezó sin molestarse en disimularlo cubriéndose con la mano. Dean lo miró con ansiedad mientras se sentaba tras su escritorio, se sacaba las gafas de montura metálica, limpiaba las lentes con parsimonia y las alzaba a la luz. Arrugó el ceño con desagrado.

-Hay días que no se limpian... -musitó-. Bueno, Dean, cuéntame. Sé por lo que estás pasando pero hoy era mi primer día libre en tres meses muy jodidos, y perdona que sea tan brusco, pero es que quiero saber qué es tan importante para no poder esperar once horas.

Bolsas fláccidas y carnosas colgaban de los párpados de Forrester, aumentadas por el cristal de las lentes. “Se está haciendo viejo”, pensó Dean. “Papá no podría creerlo. ¿El bueno de Forrester con patas de gallo? Imposible...” Forrester le sonrió con comprensión, adivinando sus pensamientos.

-Sí, el jodido de tu padre se reiría de mí si pudiera verme ahora. Se reiría tanto que se le caerían los dientes.

Dean sonrió con franqueza y se maravilló de poder hacerlo. Forrester amplió aún más la media luna de sus labios, pero pronto perdió la sonrisa y miró a Dean con seriedad. Arrugas de preocupación surcaban su frente como un fuelle gastado.

-Cuéntame -dijo Forrester, disparando una mirada penetrante por encima de sus lentes cuadradas-, ¿qué ha ocurrido?.

Dean comenzó vacilante, pero pronto lo soltó todo sin detenerse a respirar, como un corredor de maratón que aún tuviera fuerzas para sprintar los últimos y agónicos cien metros de una carrera angustiosa. Forrester, no lo interrumpió, aunque sus dedos presionaban cada vez más compulsivamente el muelle de un bolígrafo que reposaba sobre su escritorio y sobre el que sus dedos se habían aferrado inconscientemente. Dean le contó todo lo que Melanie le había descrito, hasta el último detalle. Las criaturas luminosas que la habían visitado hacía un mes, la beatífica aureola de paz que emanaba de sus cuerpos inmateriales, un aura de curación y bienestar y la fantástica ciudad espacial en la que vivían, un paisaje de ensueño poblado de torres, patios con balaustre e inimaginables palacios de murallas festoneadas de relieves orgánicos que se alzaban por encima de la atmósfera encarnada de su planeta, acechando a las estrellas.

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Dean le contó también lo último que le había dicho Melanie, tomándolo de ambas manos con una fuerza inesperada, antes de caer en un sopor repentino: “Vas a ir allí, Dean, vas a conocerlos. Pero yo”, y un velo de tristeza cubrió sus ojos al continuar, “yo no podré estar allí contigo. Lástima, querría estar allí contigo, Dean, querría...” Y, de pronto, se quedó con la boca entreabierta y la mirada extraviada, como tantas veces y lentamente, cerró los párpados y se durmió. Dean apretó la servilleta húmeda entre sus dedos y se la guardó en el bolsillo de los tejanos. Luego tomó el móvil del bolsillo y telefoneó a Forrester a su domicilio, sabiendo que habría apagado el móvil en su día libre.

-Y así lo hice -le confesó Forrester sonriendo de nuevo, aunque de manera más tenue. Dean se acercó al borde de la silla y se inclinó hacia delante. Las palmas de sus manos entrelazadas estaban pegajosas y frías. Forrester inhaló profundamente antes de hablar-. Dean, me... temo que las cosas no van bien, no voy a mentirte. No creo que vayan nada bien. -Dean sintió que su estómago, sus intestinos y riñones, su páncreas y su hígado, incluso su corazón, se habían volatilizado. Era un tronco hueco y carcomido por las termitas-. Sospecho que el tumor de Melanie ha crecido y está presionando la médula espinal.

(Un tronco carcomido, un saco de carne muerta)

-No quiero precipitarme...

(Carcomido, muerto)

-Pero me temo que podemos estar cerca de un...

(Muerto, oh dios, Melanie...)

-Desenlace...

El chirrido del teléfono interrumpió la voz del doctor como el tajo seco de una guillotina. Una luz roja brillaba y parpadeaba sobre la carcasa, como el ojo de un diablo. Brillaba y parpadeaba. Forrester rodeó el escritorio, descolgó el auricular y tras un “diga” escuchó en silencio. Miró dos veces por encima del hombro hacia Dean y se cubrió los labios con la palma de la mano, mientras se esforzaba en girar sobre sí mismo, como una peonza gruesa, inquieto porque Dean, que era logopeda, pudiera ver lo que estaba diciendo. Sus hombros se alzaron un instante, como si esperaran una respuesta y luego se hundieron. Se quitó las gafas, las miró a contraluz, las dejó caer sobre el escritorio y se aferró a él con fuerza, sus nudillos pálidos como metal al rojo blanco. Cuando se volvió Dean vio una capa húmeda brillando en sus ojos, los ojos de un verdugo cuando sueña...

Los dígitos pasaban cansinamente:

8...........................................7...............................................6

Dean se obligó a apartar los ojos del led luminoso. La mano de Forrester le apretó el hombro. Dean no se atrevió a mirarlo. Estaba seguro de que, en aquel instante, si lo miraba, si veía detrás de aquella cara bonachona -que en un pasado remoto lo había alzado en brazos en el jardín de su casa mientras decía: “¿Cómo hace el avión, chaval, cómo?” y él respondía, con los brazos en cruz suspendidos como alas pálidas y pecosas: BRRRRR- la más mínima muestra de piedad, lo golpearía, lo golpearía sin parar. Lo mataría.

 

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