La soledad del Emperador |
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06-10-2008 14:56
Por: MALTENOTH
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Daría su imperio por volver a ser aquel niño...
En medio de aquella gran ciudad, digna de dirigir al imperio que a sus pies se extendía alcanzando tantos lugares que ninguno de sus habitantes sería capaz de recorrerlos todos en una sola vida, en medio de todo aquel ajetreo, de los mercados en constante ebullición, había un gigantesco jardín rodeado por altas vallas y vigilado siempre por docenas de guardianes armados con aquellos rifles recién salidos de las mejores fábricas del imperio. Nada podía entrever un paseante que se asomase a la valla, pues el bosque que allí había ocultaba el preciado tesoro que en el interior del jardín se escondía.
Aquellos escasos afortunados que cruzaban las inmensas puertas hechas íntegramente con la más preciada plata del imperio tenían que recorrer la distancia que les separaba de su destino caminando, pues estaba prohibido entrar en carruaje por orden del Emperador, entre centenarios olmos y robles traídos desde los más bellos bosques con todo el cuidado posible sabiendo cuál era el castigo por decepcionar al Emperador. Aquellos quince minutos que duraba el paseo en verano se hacían eternos debido al recargado ropaje de la nobleza y el insufrible calor de aquella ciudad, apenas aliviado por la suave brisa que siempre recorría aquel bosque. Muchos de los visitantes cambiaban su vestimenta en palacio para no presentarse sudados ante el Emperador, y se habían habilitado un par de habitaciones en palacio a tal efecto. En invierno siempre se quedaban en el camino de entrada unos cuantos criados preparados para despejar el camino de cualquier copo de nieve o para acompañar con paraguas a los nobles si el tiempo lo requería, y aun así se hacía insufrible subir aquella pequeña colina bajo la brisa glacial que congelaba hasta el alma, y las habitaciones que en verano servían para cambiar de ropajes seguían usándose a tal efecto para quitar la ropa manchada de barro.
Pese a esto miles de personas pagarían millones por subir aquel camino con tal de poder ver el inmenso palacio que en lo alto del jardín se erguía majestuoso. El jardín era inmenso, y estaba situado en una pequeña colina, en cuya cima se encontraba el palacio. Los árboles interrumpían su dominio un poco antes de llegar a palacio. Allí comenzaba el dominio de las fuentes y las flores, que se extendían armoniosamente hasta la misma puerta de palacio, refrescando todo el ambiente. Miles de cristaleras orientadas a los jardines que había junto al palacio lo llenaban de luz y de vida. El mármol blanco de que estaba construido lo hacía parecer llegado de los cielos, siempre puro, parecía reírse de la escasa duración de la vida del ser humano frente a su eternidad. Nadie lo había recorrido entero nunca, tales eran sus dimensiones. Ni siquiera el Emperador, único habitante de aquella mole, reverenciado y temido a partes iguales por todos sus súbditos. Todo en ese palacio transmitía una sensación de inferioridad, pues la grandeza de aquellos pilares hacía sentirse a uno minúsculo. En el salón central, al que llegaban todas las visitas y donde estaba el trono, costaba ver el techo por las noches y había gente que se quedaba paralizada por la impresión al entrar allí. Obras de arte estaban dispersas por todas partes, estatuas que nadie contemplaría jamás. No había en aquel palacio corte que disfrutase de aquellos jardines, ni de aquel palacio, probablemente la obra más hermosa que jamás pudiese ver ser humano.
Y sin embargo, a las puertas de palacio, en un carruaje dorado un pequeño grupo de personas, un par de esas parejas sin amor, fruto de los matrimonios entre la nobleza, conversaba y todos coincidían en que no les gustaría vivir allí; una de las mujeres sintió un escalofrío de tan solo pensarlo. Y es que el palacio transmitía una honda amargura en los resquicios que dejaba la grandeza que allí había. Era terrible la sensación de vacío que aquel lugar transmitía, nunca nadie quería quedarse demasiado tiempo allí. Entraban deseando ver aquel palacio, y salían con prisa por alejarse de aquella fría mole de mármol, de todas aquellas obras de arte cubiertas de polvo, de todos aquellos tesoros.
Continuaron hablando de la tristeza que notaban allí, de las docenas de habitaciones que nadie había usado jamás, y ya en susurros, temerosos de ser oídos, comenzaron a hablar de la excentricidad del Emperador, un hombre que había convertido una vieja gloria venida a menos en el mayor imperio que jamás había conocido la humanidad. Decían que en los confines de aquel reino se encontraba el mar de barro que anunciaba el fin de la tierra. Lisboa, Londres, Moscú, Alejandría y lugares exóticos de los que nadie había oído jamás hablar estaban ahora unidos bajo el mando de una sola persona. Todo lo que aquel hombre hacía era grande, y sin embargo apenas nadie le conocía, no tenía amigos, y mucho menos familia, nadie sabía nada de sus padres o de si tenía hermanos. Parecía haber nacido única y exclusivamente para ser el más grande de todos los hombres.
Delegaba su poder en los virreyes, en príncipes y marqueses. Cuando conquistaba un nuevo país tan sólo se encargaba de recuperar el orden que toda guerra perturba y cuando esto estaba conseguido nombraba a un nuevo virrey con la mente puesta ya en otro territorio que conquistar. Él tan sólo pensaba en cómo agrandar su imperio, planeaba batallas, creaba guerras, pero nunca pudo hacer uso de las poderosas alianzas matrimoniales: él parecía ser el único de su estirpe. En su beneficio hay que decir que también se preocupaba por sus territorios. Intervenía en las disputas entre nobles, y su palabra era ley, siempre obedecida en cualquier conflicto interno. Había prohibido algunas de las leyes más denigrantes para los plebeyos de menor rango, evitando así revoluciones populares, y se había convertido en un ser idolatrado por todo su pueblo. Pese a todo, aquel Emperador no era más que una figura lejana que les permitía dormir tranquilos.
Mientras la conversación del mencionado carruaje derivaba hacia temas más banales, sobre cosechas y cacerías, un hombre espiaba su marcha de palacio desde una de aquellas imponentes cristaleras. Erguido y algo escondido tras una de las lujosas cortinas de seda oriental veía el ajetreo que provocaba. Era un hombre moreno, de estatura mediana, parecía no destacar en nada, ni siquiera sus ojos mostraban la acostumbrada sagacidad del soldado que ha luchado en mil batallas, ni el poderío deslumbrante a la hora de negociar de quien mil disputas ha resuelto. Tan sólo reflejaban la profundidad de sus apenados pensamientos. Su pelo denotaba que ya no era un joven conquistador, pese a que no perdiese oportunidad de adquirir nuevos reinos; cada vez se preguntaba más el por qué de ese ansia. ¿De qué le servía?
Tras recibir las visitas del día se había retirado a sus aposentos, y se desvistió, ya que pese a que era considerado una actitud de pobres hacerlo, a él le gustaba hacer todo lo posible por sí mismo, sin ayudas, y ése era uno de los motivos de que no tuviese más criados que los estrictamente necesarios para mantener el palacio en condiciones. La nobleza, como siempre, intentaba imitar a su superior, y no pocas situaciones cómicas se vieron cuando comenzaron a vestirse por sí mismos. Muchos desistieron a los pocos días. El Emperador, por su parte, mantuvo esta costumbre durante toda su vida, y no sólo eso, sino que en sus aposentos nadie entraba, y pese a ello se mantenían impecables. Una limpieza que nunca nadie vio, exceptuando, por supuesto, al Emperador.
Rara era la vez que no tenía que acudir a alguna engorrosa comida, rodeado de patanes vulgares obsesionados por conseguir un palmo más para sus terruños mientras sus cosechas morían bajo el sol. Cuando tenía un día de descanso, y podía comer en palacio, hubo un tiempo en que pasaba a una habitación del piso inferior, donde comía la comida recién hecha que allí habían dejado los criados, tapada para que no se enfriase. No llegaba a tener contacto alguno con ellos, y tampoco veía la necesidad. Una vez casi murió envenenado, y desde entonces se reafirmó en su soledad y comenzó a prepararse su propia comida, aunque eso casi nadie lo sabía. Si el pueblo se enterase lo considerarían un loco, excéntrico, así que sus ministros ocultaron este hecho como buenamente pudieron. Cuando las guerras aún azotaban aquellas tierras pasaba gran parte del tiempo reunido con sus generales previendo el próximo movimiento, aunque nunca fue a una sola guerra a animar a su ejército: las guerras le parecían demasiado sucias. Aquel olor a pólvora, los gritos, los cañonazos golpeando sus tímpanos, la sangre, las vísceras, le ponían enfermo. Tampoco acostumbraba a desfilar por ciudades conquistadas ni a darse baños de masas; toda aquella gente junta, aquellos griteríos exagerados, la suciedad y el desagradable olor que desprendían todos aquellos seres le daba asco. Nunca estuvo muy a gusto rodeado de gente, y sin embargo allí se hallaba, adorado por medio mundo. Quizás su aislamiento voluntario lo había convertido en una especie de dios para sus súbditos. Desde el principio aquel misterioso ser había propiciado que los demás le idealizasen, lo veían poco y cada uno en su imaginación lo imaginaba de un modo. En palacio, uno de los pocos lugares donde se dejaba ver por la gente, todos estaban demasiado deslumbrados por el lujo allí reinante para fijarse en el Emperador, y sus generales tan sólo pensaban en la siguiente batalla: su presencia allí no constituía más que un nexo entre todos ellos.
Tras establecerse como Emperador de aquellas tierras dejó de ir de país en país y se asentó en otro palacio cercano, a las afueras de aquella ciudad, rodeado continuamente por la corte y por cientos de criados que le acompañaban a cualquier lugar, por no hablar de su guardia privada. Aquello afectó a su ánimo de tal manera que a los pocos meses sufría de terribles migrañas, y su comportamiento comenzó a rayar la locura. Fue entonces cuando se construyó el palacio en el que ahora se vivía, yéndose el a vivir a éste y dejando a la corte y a la gran mayoría de los criados en el otro. Al principio siguió recibiendo docenas de visitas diarias, pero poco a poco se fueron reduciendo a las estrictamente necesarias. Se fue convirtiendo en una mera referencia, una imagen lejana de poder, pues conforme pasaban los años repelía más el trato con la gente. Lejos quedaban sus años de esplendor mientras se refugiaba en aquella inmensa cárcel.
El Emperador se quedó mirando al carruaje que se alejaba mientras se preguntaba en qué había fracasado para que cuando había conquistado medio mundo y se le adoraba en todas partes como a un dios, él se sintiera tan tremendamente solo. Ya apenas recibía visitas, por su propia iniciativa se había ido aislando, y en el final de sus días envidiaba al más pobre de los campesinos, aquél que, pese a su miseria, cada día al volver de una dura jornada de trabajo se encontraba con su mujer, con la cena hecha y sus hijos que le atosigaban a preguntas. Se imaginaba su vida si no se hubiese visto envuelto en aquella guerra hace ya tantos años. Si aquel maldito guardia no le hubiese atrapado mientras cometía sus pillerías nunca hubiese visto el horror de las guerras, ni la inhumanidad de muchos capitanes, ni la esclavitud o la miseria de muchas almas. Siendo ladrón era un villano, pero a fin de cuentas un villano feliz, que compartía las ganancias de cada día con sus compañeros de rapiña, con quien luego se iba a la taberna más cercana a hablar de mil estupideces. Siendo emperador era un héroe, pero un héroe desconocido por todos, y que había aprendido a despreciar a los demás en aquellos campos de batalla.
Aquellos años que pasó entre ladronzuelos y niños sin otro medio que la picaresca para conseguir el pan fueron los mejores de su vida. Daría su imperio por poder ser aquel niño durante el resto de su vida.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Una idea interesante |
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06-10-2008 15:00 |
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Me ha gustado el relato, aunque creo que podrías haberle dado más intensidad. Me ha parecido interesante que te centraras en sus sentimientos, puesto que la idea en sí no es totalmente original (me viene a la mente "Príncipe y mendigo"). Creo que podrías haberlos intensificado si hubieras dejado la narración en manos de un único foco. Por ejemplo, el pasaje del carruaje quizás hubiera funcionado mejor si sólo hubiéramos tenido el punto de vista del emperador ermitaño.
En cualquier caso, un placer leerte.
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RE: Una idea interesante |
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06-10-2008 17:33 |
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Me alegro de que te gustase. No había caido yo en la coincidencia con "El príncipe y el mendigo" con la rabia que me da escribir algo y darme cuenta después de que existe algo parecido.
Quizás podría haberle dado más iontensidad, pero en fin, practicando se aprende, a ver si puedo ir mandando alguno de vez en cuando.
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RE: Una idea interesante |
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07-10-2008 14:52 |
MALTENOTH dijo: No había caido yo en la coincidencia con "El príncipe y el mendigo" con la rabia que me da escribir algo y darme cuenta después de que existe algo parecido.
No te preocupes, escribir algo total y absolutamente original es muy díficil.
A mi también me ha gustado el relato, animo con el siguiente.
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