El ajedrecista más espectacular |
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23-09-2008 14:13
Por: LucHamill
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“Ataque, siempre ataque”. (A. Anderssen)
Si se quiere acariciar lo místico con los pies en el suelo, mi recomendación es que se pruebe con el ajedrez. Pero no vale de cualquier forma, hay que saborear la esencia del juego que mostrara al mundo el ajedrecista más poético de todos los tiempos: Adolf Anderssen.
Este alemán del siglo XIX era un matemático (como quien yo sé) que en sus ratos libres jugaba al ajedrez (a ése también me lo sé) con tanta pasión que llegaría a ser uno de los mejores, a pesar de no haber disputado ni un campeonato mundial, entre otras cosas porque en su tiempo aún no existían. No obstante, que está entre los mejores es discutible para quien esto escribe. Lo que sí que tengo claro es que es mi favorito y ha sido el más espectacular. Tanto fue así que quienes veían sus partidas alucinaban. Lo que veían estaba claro: aunque iba perdiendo piezas, sin jamás ponerse a la defensiva el maestro Anderssen daba un inesperado mate.
A eso se le llama el “ajedrez romántico”, más propenso a buscar la victoria con jugadas de elegante estilo y sublime belleza que el que se juega hoy, totalmente estudiado, cobardica y, por qué no decirlo, a menudo aburrido. Esta poesía se veía representada en el tablero la mayoría de las veces con los famosos gambitos, que no son los hijos del mutante de la Patrulla X sino esas jugadas por las que uno se deja pillar piezas para conseguir ventajas tácticas como ganar una posición, poner en peligro otras piezas o, directamente, hacer jaque mate.
¿Y dónde quedaba el honor en todo esto? El honor, que por cierto hoy no se ve en ninguna partida, estaba en que el otro de alguna forma “colaboraba” aceptando todos los gambitos para que la lírica no se rompiese. Para muestra un botón: si el rival me ofreciese descaradamente un alfil, no dudo, lo mato y para la caja. Si después me cruje por quitarle el alfil pues mala suerte, pero así son los gambitos, así era el “código de honor”, y así se conseguían las partidas más hermosas.
Lo que ahora se juega, y desde hace tiempo, deja mucho que desear para los que no buscamos ganar a cualquier precio. Ahora prima la desconfianza, la prudencia, y sin reparos un ajedrecista puede no aceptarte el gambito. En el último campeonato que estuve, y fue hace mucho, uno de mis rivales se fue al baño y no volvió. Me dieron la partida por ganada, pero... ¡yo quería jugar! Y uno de los árbitros se puso a jugar conmigo mientras otro me regalaba un caramelito. Bueno, como decía, ciertamente el conseguir la victoria de forma romántica tenía un mérito doble: primero se ganaba, y segundo se daba un buen espectáculo demostrando cómo la eficacia está en golpear donde se debe (puro espíritu Bruce Lee), no en quitar del camino todo lo que haya.
Pero volvamos a nuestro protagonista. Cuando Anderssen, no el escritor de cuentos sino su contemporáneo ajedrecista, contaba con nueve añitos descubriría su gran pasión por el juego de casillas blancas y negras. Sus primeros instructores en el juego fueron su padre y el libro Cincuenta partidas entre Labourdonnais y McDonnell de William Lewis. Si alguien se espera que con esto ya todo iría sobre ruedas, está equivocado. Para Anderssen llegar a la élite no fue nada fácil. Su visión de juego no era nada extraordinaria, pero esta falta de creatividad estratégica se compensó con horas de estudio. En efecto, el ajedrez también se estudia, y en Rusia es una asignatura del cole como cualquier otra. Y no estaría mal que aquí lo fuese. Al menos antes que esa chorrada de ciudadanía, ministra...
Nuestro amigo alemán hizo su primer aterrizaje en este mundillo al vincularse a la revista Schachzeitung (el ajedrez tiene sus revistas, lo mismo que las motos o las consolas). El talento demostrado en una partida de 1848, cuando ya tenía treinta años, hizo que fuese invitado a formar parte del equipo alemán que en tres años iba a disputar en Londres el primer torneo mundial (no confundir con campeonato, que como dije aún no existían). Anderssen no estaba muy decidido a meterse en este fregao: el viaje sobrepasaba su presupuesto. Sin embargo, el maestro ajedrecista inglés Howard Staunton, en un acto de cortesía, se ofreció a pagarle esos gastos. De esta forma pudo asistir y ganar a Kieseritzky, Szén, Wyvill y... Staunton, que dijo que ya no pagaba más billetes (mentira, lo supongo yo). Ganador del torneo: Anderssen. El muchacho valía para esto.
Soy consciente de que aún no he dado motivos para pensar que sea el jugador más espectacular. Ahí van dos: la Inmortal y la Siempreviva. ¿Qué son? Partidas. Dos partidas de ajedrez que perdurarán por su espléndida belleza. Si hay que elegir una, esa es la Inmortal. La disputó con blancas contra Kieseritzky en un café de Londres, en 1851. En ella nuestro campeón sacrificó un alfil, dos torres y la reina, elaborando una estrategia que, a mitad de partida, dejó sus piezas casi como al inicio. Perder las piezas antes mencionadas duele (quien sepa de ajedrez lo sabrá y se estará retorciendo ahora mismo), es casi un suicidio, pero en el movimiento veintidós logró el mate con el alfil que le quedaba y los dos caballos... PARA QUITARSE EL SOMBRERO. La Siempreviva se jugó un año después, en Berlín, nuevamente llevando blancas y ahora frente a Jean Dufresne.
Es con la Inmortal, al menos para mí, donde se alcanza la esencia del ajedrez romántico, aunque luego se hayan encontrado fallos por ambos jugadores, pero bueno, partidas perfectas no conocemos ni yo ni el Deep Blue. En la Inmortal las blancas se sacrifican en aras del mate ante unas negras acaparadoras. Como explicar mejor esto... Supongo que todos (si no, deberían hacerlo ya) habéis visto Blade Runner. Sabed que en ella tiene lugar una partida de ajedrez, ¿y adivinan cuál? Bingo, la Inmortal. No fue elegida al azar. Además del elemental guiño, la historia de la peli se aprovecha de ese tiempo que va devorando las piezas de Kieseritzky, esa materia que se desvanece. El rival no puede hacer nada más que ver cómo se consume su tiempo.
En fin, esta es la magia del ajedrez, la magia de un juego con más partidas posibles que átomos hay en el universo. Un juego que en su razón de ser le demostró a un rey que sin los peones no era nada. Queridos amigos, con total sinceridad, memoricen esto: la Inmortal de Anderssen. Si alguna vez pueden verla, si acaso tienen sangre caliente en sus venas y emociones en su ser, háganlo que no se arrepentirán. Bueno, quizás a alguno no le maraville ni le impresione, eso según sensibilidades, pero las cosas hermosas como ésta nos demuestran que el ajedrez no es sólo un juego sino que también es ciencia y, desde luego, arte.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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brillante |
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23-09-2008 21:05 |
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enhorabuena, un artículo muy bueno, muy dinámico, muy ameno y en el que aprendes. Yo por lo menos no conocía a Andersen ni sus partidas, así que las buscaré y observaré cómo fueron, porque me llama la atención, sobretodo esa Inmortal. También muy acertada la comparación con el ajedrez actual, tan profesionalizado y tan frío
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RE: brillante |
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24-09-2008 10:29 |
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Coincido con el arriba escribiente, que de ajedrez sabe un rato.
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