El mar se muestra arisco y gris. Me echa de su lado, y me maltrata. Quiero acercarme más, pero no puedo, no me deja. No encuentro la salida, estoy ahí, atrapada, y no puedo seguir adelante, ni volver atrás.
El mar no me da tregua. Se muestra salvaje, quiero envolverme en sus olas, pero no hay otra solución que abandonar. Debo abandonar, no encuentro motivo para seguir, porque los embates de las olas me destrozan.
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La chimenea se hallaba encendida. El sistema de calefacción funcionaba a bajo nivel para economizar. Madame Jessica pidió que se apagaran las luces y que solo se mantuviesen las de un candelabro de cinco velas, que titilaban con las corrientes de aire circulantes por las antiguas habitaciones de Ashtoin House.
Thomas, el mayordomo, había colocado en medio del salón azul una mesa redonda y, cual caballeros de Camelot, los invitados de aquella noche se dispusieron sentados al rededor de ella. Ni qué decir tiene que Thomas, con las piernas temblando, se refugió en la cocina con la doncella, Luisa la cocinera y la marmitona, con el profundo sentimiento de que, aquella vez, sus amos se habían vuelto completamente locos.
Cuando todos estuvieron acomodados y el silencio reinaba en el salón azul, Madame Jessica, con las manos extendidas sobre la mesa, pidió que el resto hiciera lo mismo.
-Si todos ponemos las manos así, ¿quién va a mover la mesa?- preguntó lord Ashtoin sonriendo abiertamente.
Madame Jessica le lanzó una mirada de odio y dijo: -Lord Ashtoin, le ruego se abstenga de hacer comentarios; si no hay completo silencio no podré contactar con el espíritu.
-Solo una pregunta más:¿cuánto va a cobrar por esto?
-¡Alfred! ¡Cállate!- gritó lady Ashtoin mientras su marido reía con James Peabodyen complicidad.
Un momento después, cuando volvió la tranquilidad, Madame Jessica habló alargando las palabras: -Espiiirituuu...Háblanos, ¿estás ahí?
Tras unos segundos de silencio, Madame Jessica empezó a mover la boca sin pronunciar palabra y a suspirar. La señora Roger-Jones, lady Ashtoin y lady Stella la contemplaban extasiadas. La hija de la señora Roger-Jones, Kate, permanecía con los ojos cerrados lo cual hizo que lord Ashtoin pensara que, de un momento a otro, iba a pegar con la cabeza en la mesa.
Fiera hacía una noche de perros. Soplaba el viento frío y parecía que nunca había llovido antes, pues el cielo descargaba agua con violencia. Mientras, en la cocina de Ashtoin House, los criados terminaban de hacer sus tareas y de cenar. Para combatir el frío, Thomas había repartido un vaso de coñac a cada uno, para acompañar al té calentito. La doncella, Sally, comentaba su miedo a los espíritus.
-No me gusta que anden ahí al lado con esas cosas- afirmó. -Con los muertos no se juega, a mi entender.
-Tú, tranquila, Sally. De venir algún espíritu se llevará a alguno de los señores; tiene dónde elegir- dijo la cocinera.
El mayordomo hizo un gesto para que sus compañeras callasen.
-No habléis así de los señores. ¿Has cerrado la ventana del corredor norte, Sally? El tiempo es cada vez peor.
La doncella se llevó la mano a la boca con expresión de horror.
-¡Oh, no!- exclamó. -¿Tengo que hacerlo?
Thomas asintió simplemente. Entonces Sally supo que tenía que armarse de valor y subir las escaleras hasta el corredor del piso superior, donde solía dejarse abierta una de las ventanas, a instancias de lady Ashtoin.
Mientras Sally se dirigía escaleras arriba, los invitados a aquella velada tan particular junto con sus anfitriones asistían boquiabiertos al espectáculo de gestos extraños, acompañados de sonidos guturales poco civilizados, que realizaba Madame Jessica. Los ojos de la pitonisa hacían tal recorrido en sus respectivas cuencas que cualquiera habría dicho que daban una vuelta completa.
-Espiiirituuu...¿quién eres?- espetó.
-Puede que se trate de Cecil- susurró lord Ashtoin al oído del señor Peabody. -Me dijo esta tarde que tenía un recado que darme.
-Espiiirituuu...¿estás ahí?- preguntó Madame Jessica.
De pronto, un enorme estruendo procedente del corredor estremeció no solo a los allí reunidos, sino a la pobre doncella que, en mitad de las escaleras y debido a un corte de la luz, se quedó completamente a oscuras. Sally pegó un grito y tanto lord y lady Ashtoin, como sus invitados, encadenaron una sucesión de suspiros y también de gritos en medio de la oscuridad.
-Cecil, ¿eres tú?- se atrevió lord Ashtoin a preguntar.
Lady Stella se desmayó volviendo a pegar con la cabeza en la mesa. El señor Peabody se agarró con las manos al borde de la misma. La señora Roger-Jones llamaba a su difunto marido, al igual que su hija a su padre, y lady Ashtoin estaba a punto de desmayarse también.
Entonces, con voz susurrante, Madame Jessica empezó a decir: -Sufro mucho aquí encerrado; ayudadme. ¡Ayúdame, Alfred! Tú eres mi descendiente. ¡Cuánto sufro!
Mientras, la pobre Sally llegó al primer piso, donde se dio cuenta de que por la ventana que había dejado abierta entraba viento y lluvia a partes iguales, ya que el cristal se había roto en miles de pedazos esparcidos por el suelo. De dos en dos bajó las escaleras para comunicárselo al mayordomo, quien había salido a subsanar el problema de la luz.
Cuando Thomas consiguió resolver ese asunto, Madame Jessica dejó de estar en trance y cayó en su silla hacia atrás, acompañando así a lady Ashtoin y a lady Stella.
-Ayúdame, James, con las sales, por favor- dijo lord Ashtoin aún tembloroso. -Tenemos trabajo con las damas.
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-Querida, le agradezco mucho que haya aceptado una invitación tan intempestiva- se disculpó lady Ashtoin.
Madame Jessica, bajita, regordeta y pelirroja, y con un marcado acento francés, dijo: -No tengo por costumbre aceptar una reunión como esta si no me avisan con dos semanas de antelación...
-¿Tardan tanto en llegar las llamadas al otro mundo?- interrumpió lord Ashtoin escéptico.
-Pero he accedido- continuó Madame Jessica algo molesta- por la señora Roger-Jones. Ella es una de mis más fervientes admiradoras.
-Clientes, querrá decir usted- apuntó lord Ashtoin.
En esa ocasión se encontraban cenando en el comedor de invierno de Ashtoin House los anfitriones; la señora Roger-Jones acompañada de su hija, la equina Kate; lady Stella Rutherford, amiga de lady Ashtoin y de la señora Roger-Jones; James Peabody además de la mencionada Madame Jessica.
La pitonisa, tocada con un turbante rojo de brillante seda, mantenía una actitud fría y distantes con el resto de invitados; ni siquiera parecía tener interés en la cena, con lo cual apenas tocaba los platos que se iban sirviendo.
-Percibo una gran negatividad en usted, lord Ashtoin- aseguró ante las manifestaciones del anfitrión.
-Le aseguro a usted que no necesita estar en trance para darse cuenta. Es evidente que no creo en estas paparruchas- afirmó lord Ashtoin mientras bebía de su fina copa de vino.
-Hace usted muy mal- dijo Madame Jessica mirando fijamente al noble.
Entonces, inexplicablemente, la copa de lord Ashtoin estalló en su mano.
-Pero, ¿qué demonios...-empezó a decir.
-¡Cristo bendito!- exclamó la señora Roger-Jones. -¿Es ese Rupert?- preguntó dirigiéndose a la pitonisa.
-Papá, papá ¿Eres tú?- masculló la joven Kate mientras su mirada se perdía en el aire.
-¿Cómo va a ser Rupert?- dijo lord Ashtoin enfadado consigo mismo por echar a perder un vino tan delicioso y tan caro. -No hemos invitado a Rupert, ¿verdad, Winnifred?
-¡Alfred! ¡Deja de decir tonterías! Si no se trata de Rupert quizá sea un espíritu residente en Ashtoin House, ¿no es cierto, Madame Jessica?
James Peabody, mientras, reía divertido y en seguida, lord Ashtoin se unió a su risa. De pronto alguien se dio cuenta de que lady Stella Rutherford se había desmayado sobre su plato de pudin con crema.
-¡Stella! ¿Qué te ocurre?- preguntó lady Ashtoin. -Todo esto es por tu culpa, Alfred.
-Menos mal que has venido, James; si no, yo solo en este corral ya habría subido a la azotea y me habría quedado allí toda la velada.
James Peabody, sin dejar de reír, dijo: -Esto es muy divertido, Alfred. Me siento como Alicia cuando toma el té con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo.
Inmediatamente después, el señor Peabody se levantó para ayudar a reanimar a lady Stella, que tenía todo el rostro manchado de deliciosa crema inglesa.
-¡Thomas!- llamó lady Ashtoin al mayordomo. -Trae las sales, por favor.
Mientras, la señorita Roger-Jones seguía con la mirada perdida llamando a su padre difunto: -¡Padre! ¿Estás ahí?
-Percibo una fuerza negativa...-empezó de nuevo Madame Jessica.
Lady Ashtoin, muy enfadada, dijo: -Sí, ya sabemos; es mi marido.
Un cuarto de hora más tarde todo pareció calmarse. Invitados y anfitriones terminaron el postre y pasaron a tomar el café y los licores al salón azul. Las damas hicieron un grupo aparte de los caballeros.
-¿Cómo explica usted que esa copa estallara, Madame Jessica?- empezó la señora Roger-Jones.
-Me he llevado uno de los mayores sustos de toda mi vida- aseguró lady Stella, ya recobrada del shock. -Pensé que alguien nos había disparado con una escopeta.
-No habría sido una mala idea, ¿verdad, James?- susurró a su amigo mientras se sentaban a beber sus coñacs.
Madame Jessica, muy seria y tiesa, dijo: -En esta casa hay un fantasma, si quiere saber mi opinión.
Las damas se entregaron a las exclamaciones de asombro y de temor. Lady Ashtoin, sin embargo, dijo: -Eso ya lo sé. Desayuno con él todos los días.
Madame Jessica afirmó de nuevo: -Me refiero a un espíritu, lady Ashtoin. ¿No han notado nunca nada extraño? ¿Se comportan con naturalidad los animales?
-Aquí nada es normal, Madame Jessica, ni siquiera los animales- dijo lady Ashtoin. -¿Qué se puede hacer al respecto?
-Es necesario contactar con él para que manifieste cómo podemos ayudarlo- aseguró Madame Jessica.
-¿Y de quién puede tratarse?- pensó lady Ashtoin emocionada. -¡Por fin un fantasma! Éramos los únicos de los alrededores que no contábamos con un fantasma en casa. Alfred, ¿qué antepasado tuyo pudo tener una vida desgraciada para convertirse en espíritu doliente?
-No sé, cualquiera; es bastante habitual en esta familia- contestó lord Ashtoin.
-Preparemos entonces la habitación para que sepamos quién es.
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-Me niego, Winnifred- dijo lord Ashtoin totalmente convencido. -Por ahí sí que no paso.
-¡Pero es la última moda! Todas nuestras amistades organizan esos encuentros. Mildred y yo vamos a ir esta tarde, pero me gustaría invitar a Madame Jessica a que viniera a casa.
Lord Ashtoin resopló como una vieja caldera a vapor.
-No pienso ir a ver a ninguna pitonisa y mucho menos estar aquí si tienes la ocurrencia de hacerla venir.
-Mildred me ha dicho que es muy buena en lo suyo y que adivina todo lo que te va a pasar en el futuro- continuó lady Ashtoin.
Su marido rió.
-Eso también te lo puedo decir yo. Voy directo a la estación para comprar un billetes, solo de ida, para Escocia. Estaré en paradero desconocido durante meses, quizá años.
-¡Qué humor tienes, querido! Madame Jessica puede decirnos si seguiremos juntos dentro de veinte años-aseguró lady Ashtoin.
-Si tengo un poco de suerte no viviré tanto- dijo su marido.
-Bueno,- terminó lady Ashtoin mientras se levantaba- yo pienso ir. Mildred quiere contactar con el pobre Rupert y yo me muero por oír la voz de un muerto.
-¿Por qué no dejáis al hombre en paz?-protestó lord Ashtoin. -Es que ni siquiera bajo una lápida le dejan a uno tranquilo.
Cuando lady Ashtoin salió de la habitación dejó solo a su marido. Este empezó a sentir el frío del exterior, propio de febrero, que se colaba por las rendijas. A pesar de que aún no era la hora establecida por su mujer para encender la chimenea, lord Ashtoin llamó a Thomas para que lo hiciera. Después, y para entrar en calor, se sirvió una copa de oporto y pronto, lord Ashtoin comenzó a sentirse reconfortado.
De repente, pareció que el fuego se había apagado y lord Ashtoin volvió a sentir ráfagas de aire frío a su espalda. A continuación, una voz en susurro pronunció su nombre. "¡Alfred! ¡Alfred!.
-Winnifred- dijo lord Ashtoin. -Deja de hacer estupideces y dile a Thomas que vuelva a encender el fuego.
-No soy Winnifred- dijo la voz susurrante. -Soy Cecil.
Lord Ashtoin se rió a carcajadas.
-¡Cecil! ¿Cómo vas a ser Cecil si estás muerto, muchacho? ¿No recuerdas que te pegaste un tiro con la escopeta por equivocación?
-Alfred, debes ir a ver a Madame Jessica.
-¡Deja la broma ya, Winnifred! ¿Es que ni tú ni la cotorra de tu amiga podéis respetar a los muertos? Espero que cuando yo muera, no esté alguien dándome la lata.
-Vuelvo a decirte que soy Cecil. ¿Quieres que te dé una prueba? Solo Cecil sabía que fuiste tú quien cogiste el plumín de Peabody y no se lo devolviste, cuando estudiabais en Eton.
Lord Ashtoin pegó un respingo.
-¿Cómo es posible? Solo había una persona en el mundo que supiera eso: ¡Cecil! ¡Cecil!
La voz de lord Ashtoin fue elevándose hasta acabar gritando. En ese momento entró lady Ashtoin en el salón azul.
-¡Alfred! ¿Qué haces? ¿Por qué gritas y por qué está la chimenea encendida?Aún no son las tres.
Lord Ashtoin despertó de lo que parecía haber sido una pesadilla y comprobó que el fuego seguía vivo.
-Pero...si hacía frío...,el viento...Winnifred, invita a Madame Jessica a cenar; tengo algo que tratar con ella.
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Llevada por mi afición a novelar, una de las ilusiones que tenía al ir a Inglaterra era visitar alguna de las fantásticas mansiones que suelen verse en las películas y series de época. Muchas de estas propiedades han sido dejadas o vendidas al National Trust, pues sus dueños no pudieron encargarse de ellas. Los voluntarios de esta organización se dedican a vigilar y enseñar todos los edificios y construcciones pertenecientes al Patrimonio Nacional.
Aquel día habían decidido llevarnos a ver The Vyne. The Vyne es una propiedad de más de 14 acres: mansión, parque, extensos jardines y bosque, en Sherborne St. John, cerca de Basingstoke, en el condado de Hampshire. Hacía una maravillosa mañana de primavera, húmeda y con amenaza de lluvia. El viento hacía mover los árboles y esparcía sus semillas. Olía maravillosamente.
Una vez aparcado el coche y pagadas 9 libras por persona, accedimos a los jardines. Un camino de grava llevaba a la mansión, y yo me sentí como dentro de una película. Parecía que el señor Darcy fuera a salir por algún sitio cabalgando.
La zona del parque es gratis y los dueños permiten que la gente vaya a hacer picnic y a pasar un agradable día en plena naturaleza.
La casa conserva elementos de su construcción primitiva, hace 400 años, en época Tudor. Posteriormente fue vendida a Chaloner Chute, en el siglo XVII, hasta que hace 50 años fue dejada al National Trust. El interior tiene elementos de diferentes épocas. Fue curioso descubrir cómo los criados no podían ser vistos en las habitaciones con lo cual, se habilitaba un sistema de estrechas puertas y pasadizos para que pudieran presentarse en el lugar requerido sin recorrer toda la casa.
Todo en su interior está expuesto: mobiliario, decoración, vajillas, alfombras..., todo con sus cartelitos y sus folletos preparados para los visitantes; además de un pequeño ejército de simpáticos jubilados dispuestos a aclarar cualquier duda a los turistas.
Otra de las cosas que más me llamó la atención fue una especie de placas decoradas que se sujetaban en un bastidor al lado de las chimeneas. Pensé que eran para abanicarse, pero me dijeron que servían para evitar en la cara el calor directo de la chimenea, pues en épocas en que la viruela atacaba sin piedad, a los supervivientes les quedaba un rostro tan desfigurado que se maquillaban con gruesas capas de afeites, y para que no se les derritiera se colocaban detrás de aquellas placas.
Todo fue especial: la galería, con paredes y vigas de madera de época de Enrique VIII; el invernadero, donde las damas de la familia confeccionarían sus ramos; los poyos al lado de las ventanas, donde bordarían aprovechando la luz exterior, las formidables escaleras neoclásicas con esculturas romanas, la capilla...
Luego salimos a los jardines, visitamos el huerto, nos acercamos al lago, todo a través de los caminos de grava. Al rededor del lago se levantan altos sauces; los tilos se plantaron en los siglos XVIII y XIX. Un roble de más de 600 años es la joya de este lugar, y hubo quien intentó comprarlo a la familia. Los magnolios se agitan desprendiendo su aroma en el lado sur de la casa, las campanillas se esparcen por doquier.
Como muchas cosas, hoy en día, consta de restaurante, tienda, etc. y pueden organizarse bodas y fiestas a título privado, además de existir una amplia variedad de eventos como teatro, fines de semana temáticos con actores vestidos de época, almuerzos y tés en los jardines, etc.
Fue una visita interesante, curiosa y de inolvidable recuerdo. Lo que más, el aroma del viento entre los árboles.
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-¿Así que todo acabó?- preguntó Beatrix McLeary.
Aquel día habían acudido a las carreras de trotones con enganche lord y lady Ashtoin junto a James Peabody, su novia y Mildred Roger-Jones.
-Ha sido todo un éxito para ti, Alfred- afirmó la señorita McLeary.
-Sí, aunque a algunos les cueste reconocerlo- dijo lord Ashtoin mirando a su mujer.
Esta se levantó y dijo: -Voy a apostar. ¿Vienes conmigo, Mildred?
-Sí, sí- susurró lord Ashtoin. -Apuesta que volverás a perder. Es que Winnifred se niega a reconocer que yo descubrí al asesino de Jenny- dijo a su amigo y a la novia de este.
-Cuéntanos todo con más detenimiento, Alfred- pidió Peabody. -Realmente es increíble que Jenny perdiera la vida por culpa de un osito de peluche.
Lord Ashtoin se aclaró la garganta antes de hablar.
-Las cosas estaban medianamente claras una vez que sir Hugh Jenkins fue tan explícito la noche de la cena en el club, ¿te acuerdas, James? Sir Hugh tenía mucho interés en que su nombre no se relacionara con el asesinato; para él es más importante su reputación que el dinero. Su dedo acusador se dirigía implícitamente a sir Edward Romney-Abbot. Después de la conversación con Mortimer Spencer, era evidente que este hizo algo, cuando eran niños, de lo que sir Edward podría haber querido vengarse.
Esto se lo conté al inspector Williams porque me parecía que su investigación se encontraba en terreno baldío. El inspector fue tan amable de permitir que lo acompañase a casa de Sweetbutter, aunque no hizo más que protestar sobre la nobleza durante todo el camino.
-Ya he apostado, al tres y al cinco- anunció lady Ashtoin interrumpiendo a su marido.
-Muy bien, querida, pero sigo con mi historia que es más interesante.
-Tienes un marido fantástico, Winnifred- dijo Mildred Roger-Jones con una sonrisa. -No puedes aburrirte con él.
-Con él no pero de él, sí- confesó lady Ashtoin.
-Como iba diciendo, fui a entrevistarme con Sweetbutter. Sabía que iba a resultar difícil pero estaba seguro de que él tenía todas las respuestas. Cuando llegamos a su casa, él intentó mostrarse amable y despreocupado pero le confesé que sabíamos que él había asesinado a Jenny Spencer. Entonces sir Edward empezó a sudar y tartamudear, y tuvo que servirse una copa para tranquilizarse. No sé por qué, pero el inspector Williams me miraba con cara de odio, quizá era algo de envidia, pues era evidente que yo había puesto contra las cuerdas al asesino.
Después el inspector le preguntó qué sucedió el día de su catorce cumpleaños en Eton y qué era lo que le había molestado de Mortimer Spencer para querer matarlo. Sir Edward se dio cuenta entonces de que no tenía escapatoria. Su rostro se llenó de ira y de rabia y, enrojecido, confesó que nunca había pensado en matar a Jenny pues ella no era su objetivo.
-¿Por qué Mortimer?- le pregunté. -¿Qué es lo que le hizo?
-Se lo merecía por lo que le hizo a Pots- contestó sir Edward.
Tenía los ojos llenos de lágrimas y el inspector Williams y yo nos sentimos conmovidos. Volví a preguntar quién era Pots.
-Mi osito de peluche- respondió Sweetbutter. -Aquel día, el de mi catorce cumpleaños, mis padres me regalaron un maravilloso tren como regalo. Entonces Mortimer cogió a Pots y, diciendo que ya era mayor para ositos, empezó a arrancarle los brazos, las piernas. Lo destrozó delante de mí sin el mayor reparo. Mi osito...
El inspector Williams y yo nos miramos sin poder creer lo que estábamos oyendo. Sir Edward lloró como un niño al recordar al pobre Pots y luego, cuando se repuso, nos dijo lleno de rabia que aquel día juró devolverle a Mortimer Spencer el daño que le había hecho destruyendo a Pots.
Lord Ashtoin terminó su relato conmovido.
-Pareces afectado- dijo Peabody.
Lady Ashtoin dijo con una sonrisa: -Afectado está siempre. ¿También perdiste a tu osito, Alfred querido?
-Me parece que has perdido tu apuesta, querida; acaba de de entrar en meta el número cuatro- dijo lord Ashtoin y, en voz baja, confesó a James Peabody: -Que no sueñe con que le voy a decir que tengo escondido mi osito, Mister Pea. Winnifred sería capaz de buscar por toda la casa para acabar con él.
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-Es usted muy amable por haberme invitado, lord Ashtoin- agradeció un más que intrigado Mortimer Spencer.
Lord Ashtoin había salido a montar con Rainy Day y había pedido al señor Spencer que lo acompañara, tras desayunar en Ashtoin House. Si bien es cierto que el tocino había desaparecido de las bandejas del desayuno, como nueva víctima de la política económica de lady Ashtoin, los dos caballeros habían podido dar cuenta de los huevos y de las tostadas con mermelada de naranja.
Aquella invitación había sorprendido a Mortimer Spencer, ya que consideraba que, en los últimos tiempos, lord Ashtoin tenía demasiado interés en él.
-La amabilidad es suya por haber venido- dijo el anfitrión.
-Últimamente lo veo a usted más que a mi efímera esposa.
-¡Otro que ve fantasmas!- exclamó Rainy Day.
-Veo que sigue sin perder el sentido del humor- confesó lord Ashtoin. -¿Podría hacerle una pregunta, señor Spencer?
-Adelante, lord Ashtoin- invitó el aludido.
-He sabido que usted fue muy amigo del conde de Sweetbutter, sir Edward Romney-Abbot, cuando ambos estaban internos en Eton.
Mortimer Spencer se mostró muy sorprendido pero afirmó con la cabeza.
-Es cierto, lord Ashtoin.
-Pregúntale por qué se disgustaron-propuso Rainy Day.
Lord Ashtoin, dando unas palmaditas al caballo, dijo. -¿Y a qué se debió que rompieran su amistad?
Mortimer Spencer hizo un gesto quitando importancia al hecho.
-Realmente no rompimos. Seguimos siendo amigos- afirmó. -De hecho, lo invité a la boda personalmente. Siempre hay que mantener el contacto con las personas influyentes- confesó Spencer.
-¡Qué asco me da este tipo!- exclamó Rainy Day lanzando un escupitajo que fue a impactar en la chaquetilla del señor Spencer.
Lord Ashtoin intentó calmar a Rainy.
-Pero es cierto que no eran tan íntimos como en su niñez- siguió el aristócrata con su profesional interrogatorio.
-Bueno...es que Edward siempre fue un poco...no sé cómo decir...Se tomaba las cosas demasiado en serio.
-¿Qué sucedió el día del cumpleaños de su amigo, señor Spencer? ¿Quizá le llenó usted los libros con demasiada tarta de nata?
Mortimer Spencer se rió a carcajadas, lo que provocó que Rainy Day volviera a escupir.
-¿Quién le ha contado eso, lord Ashtoin? Esas cosas eran simples gamberradas de niños.
-Hay delincuentes que empiezan así- aseguró Rainy Day. -Yo ya sé dónde le metería la tarta a este.
Lord Ashtoin también rió, pero por el comentario de Rainy.
-¿Pudo usted haber hecho alguna de esas cosas y que a Sweetbutter le molestara tanto como para romper su amistad con usted?
Mortimer Spencer parecía estar cansado de tantas preguntas por lo que lord Ashtoin dijo: -Volvamos a casa, señor Spencer. Tengo un oporto que quiero que pruebe; es magnífico.
-Oblígalo a contestar- pidió Rainy Day.
Con la esperanza de probar ese oporto, Mortimer Spencer no tuvo reparo en seguir con la conversación.
-Eso será mejor que se lo pregunte a Edward, lord Ashtoin. Pregúntele si lo que le hice fue tan terrible; a fin de cuentas solo teníamos catorce años.
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Se encontraba lord Ashtoin una tarde cenando en el club con varios socios, entre ellos lord William Urchin, James Peabody y sir Hugh Jenkins.
-Estoy cada vez más cerca, James- afirmó lord Ashtoin con satisfacción. -El inspector Williams tendrá que agradecerme mi eficaz colaboración para resolver este crimen.
-La verdad es que Beatrix te ayudó un poquito- recordó Peabody. -Ella te dio la pista sobre esos dos tipos- dijo mientras miraba de lejos a sir Hugh.
Lord Ashtoin afirmó con la cabeza.
-Estoy convencido de que fue Sweetbutter; él pudo perfectamente aprovechar el momento de la caída del ciervo para poner el veneno en la bebida de Mortimer Spencer.
-Pudo ser sir Hugh igualmente- propuso Peabody.
En ese momento el mencionado se acercó a los dos amigos.
-¿Siguen las sospechas sobre mí, Alfred?- preguntó sonriendo. Su frágil y aburrido aspecto era más evidente con una copa en la mano. -Caballeros, permítanme acompañarlos- dijo, mientras con un gesto a un camarero, pidió más bebida para los tres.
-Es evidente que usted tiene sus motivos, sir Hugh- reveló lord Ashtoin.
-Sí, pero tendría mucho que perder; quizá usted no lo entienda- dijo con cierto aire de superioridad.
Lord Ashtoin empezó a sentirse algo molesto en la compañía de sir Hugh.
-Lo entiendo perfectamente; si yo perdiera mi maravillosa colección de pipas también me sentiría muy desgraciado.
Sir Hugh sonrió.
-Me refiero a mi reputación y a mi posición en el mundo de los negocios. Si Mortimer Spencer no paga sus deudas es algo que todo el mundo sabrá e irá en prejuicio suyo. Yo solo pierdo unos miles de libras, -dijo sir Hugh- pero no mi reputación. No voy a mancharme las manos con sangre.
La mente de lord Ashtoin burbujeaba.
-¿Está usted dándome a entender que fue Sweetbutter quien tenía más motivos?- preguntó mientras pedía otras tres copas al camarero.
La débil constitución de sir Hugh cayó en la trampa del alcohol y el noble parecía sentirse con ganas de hablar.
-Puede ser. Hace años que la relación de Edward y Mortimer no es la que fue. Sé que algo sucedió que provocó en Edward un terrible disgusto.
-¿Y quién puede saber eso?- preguntó Peabody interesado.
-Solo Dios lo sabe- afirmó sir Hugh mirando al cielo.
-¿Y alguien más cercano a quien podamos preguntar?- sugirió lord Ashtoin.
Sir Hugh sonrió y dijo: -Pensé que usted no tenía límites, lord Ashtoin. Solo Edward y Mortimer lo saben. Solo puedo decir que, el día en que Edward cumplió los catorce, tuvieron una discusión y desde entonces todo cambió.
-Se olvidaría de felicitarlo- apuntó lord Ashtoin. -Pero ese es un motivo menor en comparación con el vengar el impago de una deuda.
-¡Ah, lord Ashtoin!- suspiró sir Hugh. -El mundo da vueltas por millones de pequeñas cosas.
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