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Cuento: Tiempo para Luciana (Autor: leomontero)
Tiempo para Luciana
Todo acabó cuando esos desalmados sabihondos encontraron la forma de controlar el tiempo y su distribución.
Hasta ese momento los pobres éramos unos infelices que no tenían nada material con qué paliar su infortunio. No poseíamos ni un acre de tierra ni un miserable nicho para descansar nuestros huesos después de muertos; pero teníamos tiempo, todo el que queríamos.
Gastábamos nuestros días caminando la ciudad en busca de un mendrugo que nos quitara esa asquerosa sensación que acompaña al hambre. Y por las noches nos calentábamos alrededor de un fueguito que hacíamos con maderas robadas de un aserradero. Pero desde que nos quitaron el tiempo, todo se acabó para nosotros.
No soy un gran sabio, sin embargo, no hace falta ser Samuelson para darse cuenta de que aquel anuncio del diario El País que afirmaba que “El tiempo es ahora un bien económico” no podía significar nada bueno para personas alejadas de cualquier esfera de poder, como yo.
La idea era simple y terrible: unos graduados de la Universidad Steimberg de Estados Unidos habían logrado controlar el tiempo y podían fraccionarlo, manipularlo y venderlo como si de jamón serrano se tratase. Claro está, no fueron estos graduados quienes tuvieron la iniciativa de vender tiempo, sino la compañía que había financiado el proyecto, una tal Time Trading Ltd.
Mi buen amigo Ignacio, un licenciado en economía desocupado, me explicó el asunto más en detalle. Él me dijo que cualquier cosa para ser un bien económico debe ser escasa, necesaria y manipulable. El tiempo, para los humanos, es escaso y muy necesario, pero no podía ser manipulado hasta que llegaron los de Steimberg.
Según sus teorías, el tiempo para toda la humanidad suma una cantidad finita, por lo tanto es escaso. Y la única forma de darles más tiempo a algunos es quitarles esa misma cantidad a otros. Ignacio lo entendía bien, aunque a mí me hizo falta un buen ejemplo para comprenderlo.
Supongamos, dijo Ignacio, que tú vivirás ochenta años; supongamos, también, que Mister Smith vivirá sesenta. Si Smith quiere vivir, pongamos, hasta los cien años, lo único que debe hacer es dirigirse hasta una sucursal de Time Trading, desembolsar unos cuantos dólares y comprar los cuarenta años que desea.
Eso es sólo el principio, la gran pregunta es ¿de dónde saca Time Trading esos años “extra” para Smith? Como el tiempo no se puede fabricar, es menester conseguirlo de personas que lo posean. Y ahí está la parte triste del asunto, a nadie le gustaría desprenderse de su tiempo. A nadie que tuviera los suficientes recursos como para vivir bien ese tiempo. Pero si eres pobre, muy pobre, y te ofrecen una cierta cantidad de dinero por apropiarse de parte de tu tiempo, ¿qué harías? En vez de vivir ochenta años como un mendigo, podrías vivir cuarenta como un hombre digno. Es un buen trato, ¿o no?
Entonces te diriges a una sucursal de Time Trading y les dices que quieres vender tu tiempo. Ellos te dicen el precio al cual están comprando tiempo y te preguntan cuánto quieres vender. En nuestro ejemplo supondremos que les vendes cuarenta años; te conducen a una sala equipada con los instrumentos pertinentes, te adormecen y te quitan la mercancía. Smith recibe ese tiempo y tú vuelves a tu casa con el sobre que te dan en la compañía. Si suponemos que tienes treinta y ocho años, te quedan dos años de vida.
Muy simple, y terrible.
Lo entendí, perfectamente. Y también llegué a entender por qué el precio mundial del tiempo era tan bajo a los pocos meses del lanzamiento de su comercio. Oferta y demanda, dijo esta vez Ignacio, todo gira alrededor de la oferta y la demanda. Cuando mucha gente quiere comprar un bien que pocos quieren vender, su precio sube, y, por el contrario, cuando muchos quieren vender lo que pocos quieren comprar, el precio de la mercancía baja. Contrario a lo que todos pensaban, había mucha más gente dispuesta a vender su tiempo que gente con ganas de comprarlo. No es que los demandantes fueran pocos, eran miles, cientos de miles; pero los oferentes eran muchos más. Más de la mitad de la población mundial estaba decidida a vender años de su vida para poder satisfacer necesidades básicas como comer y estar sano.
Pronto, las sucursales de Time Trading Ltd casi colapsaron, incluso la casa central en Boston sufrió el asedio de inmensas muchedumbres que se apiñaban contra sus elegantes puertas de vidrio opaco. Muchos resultaron ser especuladores, es decir, tenían la esperanza de vender algo de su tiempo al precio actual para poder comprar con ese mismo dinero mucho más tiempo cuando su precio bajara más. Se desataron verdaderas fiebres del tiempo. El objetivo de los especuladores era poder vivir más, arriesgando para eso su tiempo de vida, paradójico.
Algunos se arriesgaban demasiado, vendían casi toda su vida con la esperanza de volver al día siguiente, con un precio más bajo, y recobrar su tiempo más un plus fruto de la especulación. Sin embargo, no tenían en cuenta los percances que podrían retrasarlos más de la cuenta al volver a comprar su tiempo. Un caso muy comentado fue el de una mujer de Berlín que un lunes vendió todo su tiempo menos un día. El martes perdió el taxi, no pudo llegar a tiempo a una sucursal de Time Trading y murió en la calle.
Y había otro problema para los pobres. En el ejemplo de Ignacio, yo podía vivir hasta los ochenta años y Smith hasta los sesenta; algo bastante lejano a la realidad. Los pobres, los marginales, los parias, viven mucho menos que los ricos y los poderosos. Nuestra esperanza de vida es muy inferior a la de la gente con un buen pasar. Si vas a vivir noventa años y vendes diez no te haces mucho problema, pero si vas a vivir cuarenta y te quitan esos mismos diez años, la cosa no es tan divertida.
Como el precio bajaba a cada instante, para poder cobrar un dinero apreciable, la gente vendía un mayor porcentaje de su tiempo. He conocido a muchos que han vendido casi el noventa por ciento de sus vidas, y con el dinero recibido han podido comprar no más de un mes de comida; aunque, claro está, comida de la buena.
No pretendo hacer una descripción finamente detallada de las implicaciones mundiales del comercio de tiempo por la sencilla razón de que no me queda mucho tiempo. Calculo que me restan no más de diez minutos de vida.
Pero, contrario a lo que podrían llegar a pensar, estoy feliz. Perdón, estamos felices, todos los que me acompañan y yo estamos felices. ¿Por qué? Porque hemos aprovechado muy bien nuestro tiempo.
Somos treinta. Un grupo de mendigos que aprendieron a compartir sus sufrimientos y felicidades; hombres y mujeres marginados por el sistema. Estamos muy cómodos aquí; en una gran sala contigua a una sucursal local de Time Trading. Acabamos de vender nuestras vidas completas. Y no nos arrepentimos de ello.
Claro que no, estamos orgullosos de nuestra decisión. Reinvertimos todo el dinero que nos dieron para comprar más tiempo.
Sí, estamos muy contentos.
Hay una niña en nuestro grupo de mendigos. Se llama Luciana.
Es hermosa y muy inteligente. Quiere ir a la universidad cuando sea grande.
¿Me entiendes? Cuando sea grande. ¿Cómo podría hacerlo si nunca llegara a ser grande?
Ella será muy grande.
Hemos decidido reinvertir nuestro dinero para comprar tiempo. Tiempo para Luciana.
Le hemos comprado una vida.
Ella vivirá mil años.
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