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Aventado perro de presa (F) (17-07-2008 01:02) #1
palabras: 286575
Nivel: 2 - Casual
Mensajes: 17
Puntos: 207

AVEJENTADO PERRO DE PRESA

…con muchos hube de cruzarme, pese a mi reticencia. Un inefable elenco de individuos que trataron de encubrir sus carencias enarbolando, con aparente gallardía, una valentía de artificio que, en ocasiones, venía a culminarse con una fluida y embaucadora verborrea, tiempo atrás urdida, y tan concienzudamente cultivada como si de un noble arte se tratase. De no ser por que he sido testigo de ello, yo…
Cuesta creer que incluso entre la nobleza abunde gente de semejante ralea, tan dada a entregarse, sin mesura, a la primorosa recreación de un pasado tan exento de mediocridad como de realismo.

«¿Cuánta vileza ha de atesorar un espíritu insignificante para que se susciten en él esas desmedidas ansias de atención y protagonismo?»

«¿Pudiera un hombre preciarse de serlo si para vivir necesitara, más que el mismísimo aire,
una máscara con la que ocultar su alma
a los ojos de aquéllos con los que se relaciona?»

Aun siendo consciente de la amplia heterogeneidad que de ellas existían, encontrarlas nunca me resultó tarea difícil, puesto que dichas máscaras hubieron de compartir, hasta ese día, la vanidad como rasgo distintivo. Una vanidad que era adoptada para tratar de encubrir la esterilidad de un carácter que los predispone a intentar alcanzar las más altas cotas de una virtud que les es desconocida.

Es por ello que cuando uno de estos seres, llamados desde su nacimiento a carecer de autoestima y amor por su vida, decide dar ese execrable paso que los aleja de sí mismos, se condenan, para el resto de la existencia, a representar, sin descanso, un burdo y contrahecho papel que, a mi criterio, podría resultar apropiado para el más zafio de los bufones, de no ser porque el tema a tratar, y el modo de hacerlo, implicaría un alarde de deshonestidad que ni siquiera habría de ser común entre criaturas que, por su estatus, se encuentran tan alejadas del recato y las formas.
Todo en sus vidas acaba resumiéndose en la búsqueda de ese elogio fácil que siempre les fue negado, y la admiración de los que carecen de buen gusto o capacidad de discernimiento.

También he de decir, para aquéllos que crean que en vida tomé una actitud muy extremista, que existe una considerable diferencia entre los que poseen los dones y los que simplemente se los atribuyen para llenar el vació dejado por su falta de hombría.

«¿Dónde queda la memoria y el valor de los genuinos héroes?»

«¿Dónde el respeto por los mártires
que dieron la vida por causas que creyeron justas?»

«¿O es que ha de tenerse el mismo respeto
por aquéllos que derramaron su sangre,
que por cualquier petimetre que asegura,
sin más palabra que la hablada, el haberlo hecho?»

Muchos son los coyotes que vagabundean por los pueblos vistiendo piel de león para atribuirse quiméricas glorias pasadas. Supuestos grandes hombres que han caído en desgracia y venden sus desventuras por una mísera escudilla de caldo con la que calentar las tripas, y un lugar seco donde cobijarse de todas las inclemencias que la noche trae consigo.

«¡Que los dioses maldigan a estos mendigos de la pena que comercian impunemente con los valores humanos para exprimir con mayor facilidad el corazón del pueblo!»

Pero hubo de presentarse ese nefasto día en el que los dioses tuvieron a bien condenarme, por mi ingenuidad, al dolor que traía consigo aquel tardío descubrimiento.

«Y con el corazón y el alma rota hube de llorar,
hasta que mi cuerpo quedó privado de lágrimas».

Por más que me duela hoy debo confesar que, pese a ser considerado por muchos como uno de los mayores detractores de tan ignominiosos actos, y a tenerme, desde siempre, por un ferviente valedor de la verdad, que en todo momento se mostró resuelto y raudo cuando se trataba de hacer propias sus causas, he llegado a lamentar el hecho de que ésta última me fuere revelada. Y tal hubo de ser el influjo que dicha revelación causó, que llegué a sentir cómo se sacudieron dentro de mí todos y cada uno de los cimientos instaurados por la Fe.

«¿Por qué quiso el destino que, a mis años,
tuviera lugar el tardío despertar de una parte de mi conciencia que desde siempre se mantuvo ofuscada?»

«¡Cuán insufrible hubo de resultar aquel inesperado dolor venido a anunciarme que la prístina luz que manaba de mis preceptores no era tal!»

Tal vez fuese mi propio fervor lo que me cegase. O ese condicionamiento que hube de sentir hacia una Fe que estuvo llamada, en cada momento, a representar para mí la máxima expresión de virtud. Y por ende, nada que estuviera directamente relacionado con ella podría hallarse exento de pureza a mis ojos. Pero llegó ese aciago día… y como está escrito hubo de ser. Con toda claridad ha de leerse en las sagradas escrituras:

«Por más que se pretenda, cuanto nació del artificio terminará por sucumbir al l juicio de la razón».

¡Cuánto amaba aquel venerable lugar! La parsimoniosa templanza de aquella imagen preconcebida que, a mi criterio, estuvo llamada a representar en su conjunto el más heterogéneo jardín de virtudes que pudo concebirse jamás.

Tras el mirar de aquellos ojos que se congregaban en torno a mí, pude encontrar santuario. Un paraíso en la tierra que ha sido, y será, el único lugar donde verdaderamente he sentido que la quietud estaba a mi alcance.

«¿Hasta qué punto puede resultar censurable la nobleza de unos sentimientos que hubieron de nacer del engaño?»

Pero incluso en aquel remanso de moralidad, donde nunca pensé que iba a poder ver más que lo visible, terminó por prevalecer una verdad no deseada. La férrea comunión que se estableció entre tan comedidos progenitores hubo de servir durante años de holgado sustento a aquella mentira. Y aun así ésta fue degenerando; hasta que ajada y marchita terminó por perecer, aferrándose en su caída, con una fiereza y precisión inusitada, a cada uno de los motivos que hacían que para mí el hecho de vivir tuviera sentido.

Verdad arremetió implacablemente contra cada uno de ellos; y fue al verse desguarecidos y carentes de todo sustento, cuando su auténtica naturaleza afloró.
Una tras otra cayeron ante mí aquellas máscaras llamadas a ennoblecer sus almas, para mostrarme, paradójicamente, que el único brote de falsedad que no pude detectar era aquél al que yo pertenecía aunque fuera de un modo indirecto.

Una vez perdido su halo de respetabilidad se mostraron como seres mezquinos, hermanados por la hipocresía y huérfanos de virtud; los cuales, aún así, y pese a todo, se vanagloriaban de haber podido vivir aquella mentira.

«¿Puede existir mayor maldad que aquélla que valiéndose
de la mentira condiciona a los hombres de bien a pecar?»

En cuestión de un instante pasé de amarlos más que a mi propia vida, a sentir por ellos un rencor que hasta entonces me era desconocido.

Fuese como fuere me vi forzado a odiarlos. Y sólo cuando, momentos más tarde, pude reflexionar sobre la acción emprendida, descubrí que no la llevé acabo por saberme engañado, ni tan siquiera por el hecho de que hubiera malgastado la vida. Por absurdo que pudiera parecer, sé que en realidad lo hice porque ellos asesinaron impunemente aquel preconcebido espejismo de pureza.

«¡Malditos sean por siempre aquellos hombres sin alma que,
ajenos a todo remordimiento, optaron por prostituir la palabra,
haciendo de la mentira un sacrílego instrumento!»

«¡Malditos todos y cada uno de aquellos falsos profetas
que hubieron de apartarse del camino para transitar,
con todos los que optaron por seguirlos, una senda de perniciosos ideales!»

«¡Malditos por utilizar el más nocivo de los métodos para propagar,
como si de una plaga se tratase,
aquella fe enferma y contrahecha
que desde un principio supo fingir a mis ojos su virtud!»

«¡Malditos por condicionarme, valiéndoos del engaño que, sin esperarlo, ha terminado por convertirme en un sicario sin alma!»

Desde el día en que tuve uso de razón supe que quería entregarme por entero a la fe, para servirla y honrarla allí donde hubieran de llevarme mis pasos. Pero en lugar de eso, he sido un diligente peón. Un esbirro que ha entregado la vida a sus detractores.
Mortales que se sustentan de hombres como yo para erigirse dioses en la tierra.

Ahora, pese a seguir entre ellos, estoy solo. Y ha sido mientras contemplaba con insólita apatía aquellos desvencijados recuerdos de lo que hubo de ser su existencia, cuando he sentido ganas de partir. Y es por eso que me dispongo a ello; para ir en busca de aquéllos que, de seguro, estarán exentos de todo mal al carecer de una humanidad que ha demostrado ser fácilmente corruptible.

«Tras haber sentido durante toda mi vida la plenitud de formar parte algo, descubro, escasos instantes antes de que la llama de mi existencia se apague, que no soy más que uno de tantos ilusos al que supieron vender su pena».


N. del autor: Pese a que aquel texto seguía escrupulosamente todos los preceptos necesarios para poder ser utilizado en una ceremonia de purificación, no hubo de ser enviado a los dioses por el método habitual de la sangre y el fuego. En lugar de eso, fue encontrado junto al altar de ofrendas de uno de los principales templos de la capital. Y dentro de la pira hecha a imagen y semejanza del símbolo representando al Sol, bajo el nivel del suelo, yacía el exánime cuerpo de aquél que la había redactado, atravesado de parte a parte por la espada que volvió contra sí.
Todo indicaba, por la forma en que se encontró el cuerpo, que hubo de morir desangrado mucho antes de que los guardias del exterior prendieran, con la llegada del ocaso, los canales colmados de brea, los cuales, velozmente, eran surcados por llamas que se adentran en el templo confluyendo en dicho altar, recibiendo la comunión de un fuego que allí permanecía hasta despuntar en el horizonte los primeros rayos de la mañana.




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RE: Aventado perro de presa (F) (18-07-2008 10:53) #2
PedroEscudero: 266977
Nivel: 5 - Veterano
Mensajes: 573
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