|
Se despertó con la boca abierta y los pulmones vacíos de aire, los ojos hinchados a límite de las cuencas, la garganta como si la hubieran rellenado de cemento. Enciende la luz pero sigue sin ver nada, la presión en los ojos es demasiado fuerte. Se levanta a tientas hacia el baño. Cada nochebuena la misma pesadilla. Enciende la luz del baño, pero sus ojos rechazan tanta luz así que la apaga de nuevo, solo el tenue resplandor de la calle ilumina el baño. Se moja las manos y deja que el agua fría recorra su occipuerto.
Cuando abre los ojos la figura de un niño se recorta contra el espejo. Tiene el cráneo medio aplastado, y el reguero de sangre le corre hasta el pecho. Xav lanza un sondeo mental, el occipuerto vibra, pero no siente nada, ni barrera de protección psíquica ni sentimientos, ni tan solo vida, el niño sonríe.
—Tus habilidades no darán resultado conmigo—dice el niño con voz divertida—. Estoy muerto, un camión nos atropelló a mi madre y a mí el día de Navidad, hace tres años.
—¿Quién eres?
—Quien te enseñará tu pasado, para que sepas lo que eres ahora. Acompáñame.
El niño le tiende la mano y Xav la acepta. Quizá todo sea una alucinación más del occipuerto, no sería el primer caso. La mano del niño lo transporta a un despacho recubierto de caoba, todo un lujo para la época. En mitad de la sala, sentado en una mesa enorme hay un niño... un niño terriblemente familiar.
—¿Recuerdas este día? Tus padres adoptivos te llevaron a casi una centena de psicólogos dado tu comportamiento en clase. Los profesores sabían que eras... anormal, tus capacidades telepáticas no se les escapaban. Seguro que no te has olvidado de las miles de visitas que te hicieron. ¿Y quieres saber el motivo? Ahí tenías trece años, no creo que recuerdes con claridad lo que te llevo a esta situación. Pero te lo puedo mostrar.
El contacto helado de la mano del fantasma lo transportó a otro instante, una habitación de matrimonio, se vio a sí mismo con seis años. El olor de las sábanas, el ruido de pasos subiendo las escaleras, el ruido de golpes al tirar abajo todas las puertas de la casa, el agudo y ligero silbido de los agentes de la corporación, subiendo con sus botas metálicas por las escaleras.
Aquella escena tenía demasiado en común con sus pesadillas. El niño se despertaba primero, zarandeaba a sus padres justo cuando los agentes entraban por la puerta de la habitación, negros, sus caras tapadas por el casco, las manos enguatadas, desprendían olor a látex y a algún agente químico que Xav recordaba en sus pesadillas.
—¡El niño!—Gritaron los agentes. Su padre intentó disparar con el arma que escondía en su funda debajo de la cama. Los agentes corporativos abrieron fuego. Las cortas y silenciosas ráfagas iluminaban la habitación con destellos naranjas. Sin dejar de sonreír el fantasma le cogió de nuevo de la mano. Se vio a sí mismo de nuevo, en el laboratorio de la corporación. A los dieciséis años le intervinieron para implantarle el occipuerto. Xav estaba acurrucado como un embrión en un tanque de líquido azul, mientras los brazos hidráulicos dirigidos por los biotécnicos insertaban la base de titanio en su nuca. El niño le apretó la mano, y de nuevo estaba frente al espejo de su baño, solo y tiritando de frío.
Cuando se dirigía otra vez a la cama se dio cuenta que su móvil sonaba. Un mensaje de voz. Era el doctor. Mañana, día de Navidad le harían el mejor regalo. La última intervención, después de eso, sería libre, la corporación lo dejaría ir. Llevaba treinta años esperando ese momento. Prueba tras prueba, operación tras operación, llegaba su jubilación, con dinero para vivir sin tensiones el resto de su vida. Era el conejillo de indias para las implantaciones biotecnológicas. El doctor seco directo y nada afectuoso le indicó la hora a la que debía ir, las doce de la mañana. Mejor acostarse de nuevo. Intentó recordar algo más de su niñez, pero todo quedaba tras un velo gris de olvido. Casi ni recordaba ya la cara de sus padres adoptivos, ni tan solo recordaba cuando se olvidó de ellos.
Un contacto frío le hizo saltar de la cama. Una joven rubia estaba sentada, junto a él. La sondeo, pero ni el barrido de químicos, ni el de enlaces sinápticos arrojó nada sobre esa nueva visión. Xav no se asustó, aquella era una noche extraña. La mujer lo miró y le sonrío pálida y demacrada.
—Te enseñaré quién eres, a ojos de la única persona que siente algo por ti—.Le cogió de la mano, y de nuevo Xav se encontró en el laboratorio, tres días antes en su última intervención. La ayudante del doctor, un joven de pelo castaño llamada Rosa, se quedaba mirando la escena de su intervención, detrás de los doctores, a cierta distancia de la cuba de líquido azul. El fantasma se quedó al lado de Rosa, que suspiraba con unos ojos terribles de melancolía—. Lleva diez años viendo como te operan. Te ve cada día entrar y salir, cada intervención. Es la única persona en el mundo que siente algo por ti, y ¿Sabes que es?—Xav encogió los hombros— Te compadece. Siente lástima por ti, tan solo, tan frágil, tan títere en las manos del doctor. Y tú ni le has dirigido un saludo en estos diez años. Es la persona que más te conoce, la que sabe cada centímetro de tu evolución. Sabe en qué te están convirtiendo, por eso se compadece de ti. Ha visto como día a día ibas dejando de ser humano para ser...lo que eres. Mírala atentamente, porque es el único rostro amable que verás en tu vida.
Rosa se echaba a llorar cuando la intervención terminaba. Ese día cuando salió de la oficina, fue a comprar un billete de tren. Sus ojos demostraban algo que Xav no lograba entender, un aspecto de humanidad que nunca llegó a imaginar, a sentir o prever. Aquella mujer estaba preocupada por él, sentía un interés generoso. Dejó los billetes en una taquilla de la estación de tren, que cerró con una llave que depositó en un sobre, sobre el que escribió “para Xav de una amiga”. Siguieron a Rosa hasta su casa, llegó y besó a sus hijos, y lloró sobre el hombro de su hija mayor. “Aún tenemos una esperanza” le dijo entre sollozos.
El fantasma rubio le tomó de la mano. “Es la hora de las decisiones”, le dijo, y con una sonrisa lo devolvió a su habitación. El occipuerto le ardía en la cabeza, la frente sudada, la boca abierta aspirando aire, intentando ventilar el cúmulo de calor que su corazón producía al latir precipitadamente. Se levantó y como un muñeco guiado fue a la puerta. Bajo la hoja de madera un sobre que reconoció al instante. Dentro la llave de la taquilla, y una breve carta de Rosa. Comenzaba por presentarse, por darle detalles de todas sus intervenciones, el occipuerto, los capilares de Raid, los contenedores de proteínas, el potenciador de onda...le suplicaba, le imploraba por toda la vida de la tierra que a la mañana siguiente no acudiera a la corporación. Que cogiera el tren y se largara, en el destino había un antiguo compañero de la facultad, que cuidaría de él, en tres días prometía reunirse con Xav en Berlín. Xav se acostó en la cama. No comprendía nada de todo aquello. Quizá solo eran sueños dentro de sueños.
Cuando entró en la habitación de encontró con el otro. Xav dejó caer la carta al suelo al ver aquél rostro bañado en titanio. Solo su ojo derecho mantenía la piel humana. Sus labios, su cráneo su nariz, todo bañado en titanio. El pelo solo le crecía en el lado izquierdo de la cabeza y los tenía peinado como si fueran cristales rotos. Sus ojos relucían mostrando diafragmas electrónicos. Sus manos tachonadas de inquietantes pústulas que supuraban toxinas químicas.
—¿Quieres ver la última parte del viaje, lo qué será de nosotros?—le preguntó el fantasma. Sus palabras sonaban como si frotaran cristales rotos en las orejas—.Toma mi mano, te mostraré lo podrías ser si no piensas más allá de mañana.
El contacto de su mano anuló a Xav. Se sintió encoger como papel ante las llamas. Su consciencia se retorció de dolor dentro de su pecho, sus tendones se crisparon, sus dientes chocaron entre sí con tanta violencia que uno de ellos se fracturó. Cuando abrió de nuevo los ojos estaba sobre un edificio de cien plantas. El aire frío y negro le heló hasta el tuétano. A sus pies la ciudad apenas se sostenía sobre un amasijo de hierros que apenas sostenían ya pedazos de cemento. Solo se intuían lo que algún día esos edificios fueron. Muchas de las calles estaban intransitables por los cascotes caídos. El fantasma extendió sus manos y abarcó aquél enorme cementerio.
De un salto descendieron el edificio y se posaron sobre los cascotes. El fantasma lo guió con sigilo entre las ruinas, en un imperceptible sendero entre los cascotes más grandes. Un olor acre inundaba todo. Entre los cascotes se veían brazos y medios cuerpos pugnando más allá de la vida por salir de entre las ruinas. Se adentraron en lo que un día fue una bocana de metro. Del interior ascendía algo de humo, y calor de un fuego. Unos doscientas personas se reunían alrededor del fuego, todas con convulsiones tan violentas que eran una unidad de comportamiento. Algunos se arrancaban la piel a tiras a cada espasmo de sus músculos. Otros intentaban injertarse trozos de metal o de roca abriéndose un muslo. Los ojos de todos perdidos, blancos, sus bocas abiertas y húmedas de salivación incontrolada.
—Así quedan los que te ven, los que escuchan tu voz. Cada ciudad que pisas se hunde en la locura de tu desesperación. Quien te ve y sobrevive se arranca los ojos—un estruendo resonó cerca. Como si una bota gigante pisara ramas secas. La gente enloquecía, se rasgaban la carne y se arrancaban los ojos—Ahí llegas...—dijo el fantasma sonriendo. Xav se quedó inmóvil, una espesa sombra empezó a perfilarse pro el umbral, una sombra que gritaba algo ininteligible, pero cargado de desesperación, tan grande profunda y siniestra que lo único que deseabas era salir de ti para dejar de sentirla. Algo que resultaba tan insufrible que rogabas por morir y no padecerlo. Era su voz, la voz de Xav gritando al mundo entero...la sombra dejó perfilar una figura, Xav se reconoció solo por el modo de andar, sus manos aparecieron como filamentos de metal, largas finas...sus ojos brillaban en la penumbra, se miró en ellos y la oscuridad se hizo dueña de su mente.
Se despertó de nuevo en su cama, y cuando se dio cuenta de dónde estaba vomitó sobre la colcha. Cogió aire y vomitó de nuevo, vomitó con tanto ímpetu que creyó se le saldría la laringe y se le reventarían las venas de la garganta. Se levantó mareado, el despertador sonó... era la hora de ira al laboratorio. Se dirigió al baño para ducharse, y cuando cruzaba el marco de la habitación, algo se le clavó en el pie. La sangre manchó la moqueta. Se agachó, y vio el sobre roto, y las llaves de su interior clavadas en la planta de su pie.
Sopesó la llave, la alzó y la miró atentamente, goteante de su propia sangre. Recogió la carta de Rosa. Una promesa salida de la nada. Limpió la llave con las yemas de sus dedos. La olió, el olor de Rosa estaba en la carta, su fragancia, su esperanza, su ilusión, estaban volcados en aquella carta. Y él tenía la llave en su mano, la opción de algo diferente. Y le pareció por primera vez en su vida, que no era tiempo de desaprovecharlo.
|