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F - Pepa vive encima de mí
Pepa es mi amor.
Pepa vive justo encima de mí, y la oigo cuando se mueve, sé cuando no está y si tiene visita. Su casa debe de ser muy bonita porque siempre la siento feliz en ella, como así también a las visitas que recibe. Además, todos deben ser muy educados, pues nunca he escuchado algarabía o corrimientos de muebles o pateos por el suelo. Hay veces que según quién le viene me dan ganas de espiar porque tengo una sensación extraña de paz y tranquilidad.
Yo vivo en un piso alto y, claro, el de Pepa está más arriba. Siempre estoy solo porque no tengo familia, pero me arreglo muy bien, porque Pepa me ayuda mucho, sobre todo me da fuerzas para limpiar el baño y la cocina, que me cuesta bastante poner manos a la obra. Y los viernes por la tarde, sé que ella ha estado, porque cuando llego todo está más limpio, ha quitado el polvo y, sobre todo, noto su olor, ese aroma a campo fresco que no da ningún perfume.
La conocí hace dos años, cuando llegó al barrio con sus padres. Se pusieron a vivir justo enfrente de mí, y los primeros días ya me llamó la atención por su forma de andar, muy gallarda, pero a la vez muy sencilla. Aún no cumplía los diecisiete años, pero su apariencia era de mujer madura con rostro infantil. Nunca cambió de peinado, una melena larga que a veces recogía en cola de caballo y que siempre mantuvo en una largura a media espalda. Sus ojos eran azules transparentes, de transparencia infinita con la profundidad de un alma serena. Una boquita minúscula parecía que a cada momento enviaba un beso de bienvenida, labios gordezuelos y rosados. De frente casi no apreciaba su nariz, y las mejillas le hacían al rostro un contorno redondeado. Llegó a ser alta y muy esbelta.
_Tú eres Miguel, ¿verdad?
_Sí, ¿cómo lo sabes?
_Tu portera me lo ha dicho.
Esas fueron las primeras palabras que cruzamos, ya para mí palabras de amor. Y su contenido es muy importante y significativo. Después de que durante más de cuatro meses yo la observaba sin ser visto, ella ya sabía más que yo de ella. Supo mi nombre y dónde vivía, ¡qué sorpresa! Pero lo más importante, lo más, lo más, es que ella se había interesado por mí. ¡Le había preguntado a la portera!
Aquello fue el principio de una relación maravillosa.
Desde entonces, dejé de observarla por la ventana y, con su voz grabada dentro de mí, podía imaginármela mucho mejor. Así, por las noches, comencé a dormir abrazando la almohada como si abrazara a Pepa, y soñaba que éramos novios desde chiquititos, y recordaba todos mis juegos de infancia como si los hubiera jugado con ella. No digamos cuando ya nuestra relación se basó en conversaciones cada tarde, al regreso de mi trabajo. ¡Cuántas veces ella debía decirme:
_Miguel, despierta, ¡que estás en las nubes!
... y es que yo perdía el hilo para fijarme en el sonido de su voz, como cuando escuchas cantar en otro idioma.
Al cabo de los tres meses de hablar por primera vez, ella me propuso que ya era hora de hacernos novios, poque el tiempo pasaba y era cuestión de aprovecharlo en esa sensación tan linda. Le contesté que sí, que deseaba ser su novio, pero que no había tanta prisa, pues éramos muy jóvenes y teníamos toda la vida por delante. Entonces ella se puso a llorar muy amargo, casi sin ruido... y la abracé con mucho miedo para consolarla. Siguió llorando por un rato mientras sus brazos se iban fundiendo con mi espalda... hasta que levantó su cabeza de mi hombro... y me besó.
Cuando sus padres me conocieron, pudimos salir los sábados y los domingos por la tarde, y nos íbamos al centro, a pasear y alguna vez al cine. Me llamaba la atención que nunca deseara ver películas de amor, salvo si los personajes eran sólo novios y de nuestra edad aproximada. Tiene su explicación, claro.
Empecé a quererla tanto...
Pepa era misteriosa y ya es conocido que las mujeres misteriosas atrapan de una forma que no se sabe por qué. Siempre estaba alegre, eso sí, y nunca cambiaba de humor, pero a días parecía que se me escapaba de las manos porque me miraba de una manera que nadie mira en este mundo, con una belleza fantástica, con una bondad exquisita, y yo creía que se iba muy alto, como ahora. En cambio, otros días, generalmente al atardecer, cuando está desapareciendo la luz, la sentía triste, muy de despedida, y entonces yo la besaba y, aunque sus labios estaban cálidos, los besos eran de compasión.
También descubrí que su inteligencia era proverbial. Se anticipaba a todos mis deseos y utilizaba la palabra justa en cada momento, por lo que yo me sentía amado y protegido. Sí, es verdad, tal como ahora desde el piso de arriba, yo me sabía muy protegido junto a Pepa, porque su presencia iba más allá de los contactos físicos.
A los seis meses, le hablé de matrimonio, y entonces ella fue quien me dijo que iba demasiado deprisa. Le reproché su contestación y no supo responderme, pero todo siguió siendo igual de maravilloso.
Se encendía cuando paseábamos por los bosques. Yo entonces la sentía como dentro de la Naturaleza y la abrazaba queriendo participar también de la unión, pero no podía siquiera acercarme un poquito a su felicidad. Al verla de esa manera, mi amor aumentaba y me crecía el orgullo por estar junto a una mujer así. Por cierto, Pepa me quiso siempre con la misma intensidad; no puedo decir si más o menos, si mucho o poco, sino que me daba un sentimiento de calidad que me hace sentirme pleno y contento de la vida.
A los nueve meses, un domingo de sol radiante me propuso ir a pasear al bosque de las afueras, y hacia allí caminamos con la misma ilusión de cada día... quizá ella más encendida. Al llegar junto a los primeros árboles, Pepa empezó a correr sorteando los troncos, se escondía detrás de alguno y me gritaba:
_¡Ven a por mí!
Me incluí en el juego y poco a poco nos introducimos en un lugar del bosque que yo no conocía.
Empezaba el atardecer. Pepa continuaba sus travesuras tan feliz y no parecía importarle que nos alejáramos tanto. Me acerqué hasta ella y le hice saber mi temor. Me abrazó con dulzura, como quien abraza a un bebé y, en silencio, comenzó a besarme por la frente, por las mejillas, por la comisura de los labios; movía su cuerpo en arrullo y la sentí triste, como de despedida, como tantos atardeceres desde tiempo atrás. Noté sus lágrimas resbalando por mi rostro.
Cuando Pepa se desnudó, todo el bosque comenzó a ulular en un canto de alegría y, al unísono con los acordes su cuerpo, parecía volatilizado en un haz de luz que rodeaba el perfil de nuestro abrazo. Cuando Pepa me desnudó, se hizo un silencio radiante, un silencio de espera. Cuando Pepa y yo nos unimos, el bosque desapareció y en su lugar un universo indescriptible formó un entorno que nos envolvió mientras nos demostrábamos que sabíamos amar.
Pepa es mi amor.
Ahora, ese universo indescriptible ya no me resulta tan extraño, porque cada vez que hacemos el amor nos envuelve sin falta ni retraso. No he podido descubrir de dónde viene, pero creo que reside en el piso de arriba, justo donde Pepa vive.
Al día siguiente del que nos perdimos en el bosque, el barrio se sorprendió de que Pepa Guzmán, sin haber dado muestras nunca de ninguna enfermedad, apareciera muerta en su cama con una sonrisa de iluminación.
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