|
EL HABITANTE DEL ESPEJO.
Hay un espejo en mi casa… parece un espejo corriente, ni siquiera es antiguo…
En él me reflejo de medio cuerpo. Nunca me han gustado los espejos de cuerpo entero, la silueta parece deformarse en ellos si te aproximas demasiado, y si guardas la distancia, empequeñece los detalles. Por eso me gusta particularmente ese. La imagen aparece ante mí desde la distancia perfecta, como un desafiante que mira a los ojos, exacta. No me gustan especialmente los espejos. De algún modo me intimidan. Desde joven siempre he creído que el cristal no era tal y que en ocasiones uno podía traspasarlo como si fuese un manto de agua vertical… Imaginaba que al otro lado existía un duplicado exacto de la habitación, y tras ella de mi casa, como un mundo duplicado en negativo, conectado a otros tantos espejos, a los espejos del resto del mundo. En este mundo duplicado habitaban nuestros reflejos, que como aquél, eran copias de nosotros mismos, aquellas que nos miran tras el cristal, siempre a los ojos, condenados a imitar nuestros movimientos, persiguiéndonos con la mirada.
Siempre he querido saber qué pensarán de nosotros… ¿Se sabrán reflejo? ¿Sabrán de su existencia limitada por la nuestra? ¿Se sentirán copias? Puede que piensen lo mismo de nosotros, que piensen que nosotros somos sus sombras, sus reflejos… o puede que estén hartos de su papel secundario, hartos de nuestras muecas estúpidas frente al cristal, de ser meros títeres y un día decidan revelarse… ¿qué ocurriría si un día decidieran dejar de seguirnos? Espejos vacíos, sin habitantes… o peor aún ¿y si decidiesen salir… y usurpar nuestra identidad?
Aquellas preguntas de la niñez se volvieron obsesiones en la adolescencia y terrores en la madurez.
Ese espejo, el de mi casa, en aquel que me reflejo de medio cuerpo a distancia perfecta me atrae de manera extraña. No sé si será la forma en la que la luz incide en mi rostro cuando estoy ante él. No sé si por el contrario será el brillo del cristal que se vuelve un tanto filtro y tamiz del escenario que refleja. No sé si en realidad es porque tenga algo extraño que mi mente no puede captar pero que mis otros sentidos intuyen. No lo sé a ciencia cierta, pero no puedo pasar ante él simplemente. Necesito detenerme un instante, no importa mi urgencia, siempre me roba esos segundos. Necesito mirar a los ojos el reflejo que me ofrece, a ese otro yo atrapado al otro lado, un poco más frío, un poco más hostil que el nuestro. Miro sus ojos encadenados al cristal, me atraviesan, me observan, casi me llaman. A veces parecen suplicarme en silencio, como si en sus pupilas hallase una petición de auxilio… otras veces parecen amenazarme, decirme: te conozco, sé de tus secretos, conozco tus obsesiones, soy dueño de todos tus terrores. Me impone la frialdad de su mirada: firme, inextinguible, directa a lo más profundo. Apartar la mirada, entonces se vuelve una necesidad, mi única victoria, mi único poder sobre él… pero soy consciente que si me vuelvo, que si me armo de valor y le miro de nuevo, seguirá ahí, mirándome a los ojos. Parece una obviedad, pero es una obviedad que me aterra.
Siempre he temido que en algún instante decida revelar su verdadera naturaleza, que por un segundo decida no seguir mis gestos, que permanezca quieto mientras yo me muevo, que sus labios se estiren en una sonrisa maliciosa o que permanezca serio cuando yo decida sonreír; no sé qué opción de las dos me resulta más inquietante.
Yo sé que quien aparece tras el cristal no soy yo. Se parece a mí, sin duda, pero no soy yo. No se trata tan solo de la sutil deformación de observarnos invertidos… hay algo en su gesto, en sus rasgos, apenas perceptible, totalmente invisible cuando nos dirigimos al espejo en la cotidianidad. Sólo aparece cuando observamos con detenimiento, cuando toda nuestra concentración está dispuesta a captar esos matices. Es como si cuando miramos al reflejo directamente a los ojos, el supiera de nuestra intención, supiera que de algún modo podemos delatar su juego, que sabemos de su existencia más allá. Cuando le miramos de esta manera, él nos devuelve la mirada, se despoja de la máscara.
Una vez probé a aguantarle la mirada, sin pestañear, aceptando su duelo. Dicen que si miras fijamente al espejo puedes ver el rostro de tus vidas pasadas. Yo lo hice… y la experiencia es espeluznante.
Enseguida escuecen los ojos, pican como una legión de insectos correteando por ellos. Las lágrimas acuden y el cerebro, consciente de que abres una puerta peligrosa, manda insistentemente, casi desesperadamente el mensaje de cerrar los ojos y apartar la mirada.
Pero igual que con otras reacciones, como el sueño, si logras sobreponerte, si consigues mantenerte firme, los ojos dejan de escocer… la visión se abre, se vuelve extrañamente nítida, y la frontera que divide los dos mundos desaparece.
Debes seguir imperturbable, con la mirada clavada a los ojos de aquel que aparece al otro lado, bajo ningún concepto puedes desviar la mirada o estarás perdido.
De mantenerte firme, el rostro ante ti comienza a cambiar. Primero sus rasgos se emborronan, como una extraña nube de color que vagamente mantiene tu silueta. Poco a poco vuelven a definirse, como a brochazos, como esbozos de un cuadro sin terminar. Sigues reconociéndote en ellos, a grandes rasgos, pero ya es inevitable pensar que ahí, ante ti, hay otra persona.
Sus rasgos se deforman lentamente… los ojos se tornean, las mejillas se estiran, la mandíbula se desencaja, se ensancha o estrecha, el cabello cambia de textura… La transformación se opera ante ti, angustiosamente lenta y, al tiempo, desesperadamente rápido. Todos los rasgos se mueven y se matizan, pero sin orden, como en un puzzle en perpetuo movimiento… Y en un instante, en un segundo toda la imagen cobra sentido y aparece un rostro, un rostro ajeno, inexplicablemente cercano… distinto, que te mira a los ojos, que te observa en silencio… puede ser de mujer o de hombre, parece de otro tiempo, sin duda de otro lugar. En ese segundo, en ese instante, parecen concentrarse todas las edades del hombre, el tiempo deja de tener sentido, nuestra identidad es solo una bruma pasajera. En ese segundo entramos en un extraño vórtice, en una marea que nos arrastra inexorable, que funde el latir del paso de los minutos, ahora sin medida. Tal vez solo parezca un segundo.
Entonces el rostro se disipa y quedamos como testigos de algo que nunca ha ocurrido, concientes de conocer la identidad del habitante del espejo.
Sé que sabes de lo que hablo. Sé que a medida que hablo algo en tu interior reconoce estas palabras, estas sensaciones. Quizá tú también tienes un espejo especial en casa. Uno al que no puedes rechazar reflejarte. Es posible, quizá sólo posible, que hayas contemplado tu rostro con miedo en alguna ocasión. Quizá tu mente te ha advertido sutilmente que debes mantener distancias con ese reflejo. Quizá sabes, no conscientemente, pero sabes, que no eres exactamente tú quien ahí aparece.
Puede que hayas tenido la tentación de aguantarle la mirada. Quizá has sucumbido al picor de aviso, has apartado la mirada a tiempo, te has liberado de la seducción que llama desde el otro lado.
No obstante, el género humano es curioso por naturaleza, curioso y estúpido… y estoy seguro que esta historia se clavará en tu cabeza, que la próxima vez que estés a solas ante el espejo pensarás en lo que has oído y le mirarás con temor. Algo te impulsará a probar a aguantar su mirada, a aceptar su reto, a jugar este juego. Espero que no me culpes, porque aunque no lo creas trato de disuadirte de ello, pero sé que no lo conseguiré.
Sólo me queda una última advertencia, en este caso. Quien desvela el verdadero rostro del habitante del espejo ha de saber que él también habrá desvelado el tuyo. Desde entonces ambos os conoceréis, ambos sabréis de la existencia del otro… ambos.
Desde aquel día temo pegar mis manos al cristal de ese espejo, porque desde entonces sé que sólo nos separaría un delgado grosor, apenas nada… que sus manos estarán entonces demasiado cerca de las mías… En ese instante en el que me mira, directamente al alma, sabiendo quién soy, sabiendo que sé quien es… sospecho que cerrará sus dedos sobre los míos, atrapándome, clavándome en el cristal… y un terror sin nombre me cruza la espina dorsal y eriza mi nuca sólo de imaginarlo.
Por ahora el títere sigue jugando a ser mi sombra… pero no puedo dejar de pensar que un día se aburrirá del juego.
Por Dios, no digas que no te he avisado.
|