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MALDITA LUNA
Acostumbrado a llegar a casa justo antes de la hora del crepúsculo ese día me desvié levemente de mi rutina llegando a casa acompañado de la oscuridad. La luna aparecía llena y egoísta aquella noche. Había abarcado el cielo haciendo desaparecer al sol de entre tanto espacio, y por un momento vi que se iluminaba maldad en sus rasgos cuando la miré estupefacto antes de adentrarme en mi hogar. Aquella noche no era igual a las otras desde luego, pero puede que tampoco fuera yo el mismo de siempre, pensé excusándola.
Para mi desgracia, llegar a mi morada y terminar durmiendo se había convertido en el único acicate de mi triste existencia. Mi vida se estructuraba en dos profesiones que a duras penas compensaba lo que pagaba de alquiler en aquel mugroso antro, y mis expectativas… ni siquiera recordaba el año en que las elimine de mi mente. Al menos la soledad en la que me veía sumido con cuarenta años y en aquel sitio se convertía en eterna, sumisa y extrañamente grata. Solo el alivio de esconderme entre esas cuatro paredes que apenas se sostenían convencía a mi subconsciente de que no cometiera algún atentado contra mi persona y permitiera que mi vida continuara a la deriva.
Por fin ya estaba dentro de casa. Salude al triste reflejo distorsionado que a mi paso mostraba el espejo de la entrada y me consolaba pensando que al menos había gente mas muerta que yo. Inmediatamente procedía a seguir el protocolo acostumbrado que se limitaba simplemente en abrir la nevera y coger lo primero que encontrara para echármelo a la boca, luego darme una ducha fría y por ultimo caer rendido en la cama. Aquel día, en el segundo de mis pasos permanecí más tiempo del acostumbrado. Después de un día entero trabajando, el agua marrón que caía de aquella ducha me sabía a purificación. Para cualquier persona con un mínimo síntoma de escrúpulos esa ducha podía convertirse en la peor de sus torturas.
Diez minutos pase bajo el agua hasta que note en mis piernas como se iba llenando la bañera. Parecía que algo había obstruido el desaguadero y salí al momento a por un destornillador para desatascarlo.
Cuando desatornille y quite el embellecedor del desaguadero pude ver que lo que obstruía aquello era un cúmulo de pelos que probablemente contuviera el ADN de todas las personas que habían pasado por aquella casa. Los elimine con repulsión viendo como el agua volvía otra vez a su cauce. Y justo cuando me disponía a colocar el embellecedor escuche desde el desaguadero una voz aguda y débil, como de alguien sin fuerza que estuviera pidiendo ayuda. Acerque mi oreja para escuchar mejor y oí la voz con la nitidez de quien te susurra al oído un secreto importante.
- ¡Ayúdame Jon, Ayúdame!
Era imposible creer lo que estaba oyendo. Eche un vistazo alrededor del baño buscando a mi cordura pero no la encontré, lo que significaba que ella estaba en su sitio y aquello estaba pasando realmente. Nadie del edificio sabia mi nombre, ¿Quién demonios me conocía y podía requerir mi ayuda? Entonces me atreví a preguntar.
- ¿Quién eres y porque sabes mi nombre?
De repente se hizo un silencio que duro cinco segundos, hasta que apareció otra vez la voz.
- Estoy en el aljibe de desagüe, rápido ayúdame Jon.
En cualquier otra circunstancia, habría hecho caso omiso a cualquier tipo de auxilio, pero quizás la curiosidad de saber quien sabía mi nombre me animo a ir en su búsqueda.
- No te preocupes voy para abajo.- Contesté para calmarlo.
Solo me dio tiempo de ponerme unos pantalones y coger una linterna antes de correr escaleras abajo hasta llegar a cuartillo del aljibe. Inmediatamente cuando entré, abrí la puerta oxidada que estaba en el suelo y caí dos pasos atrás por culpa del insoportable hedor que salía de dentro del aljibe. Cuando me levante de nuevo y casi sin respirar, me acerque a ese agujero y encendí la linterna.
Desde mi perspectiva proyecté la luz por todos los rincones del aljibe, pero no veía a esa persona por ningún lado.
- Oiga, ¿donde esta usted?- pregunté.
Otra vez volvía a callar la voz, y empezaba a llegar a mi cabeza la posibilidad de que se trataba de una broma.
- Voy a llamar a la policía y a los bomberos para que le ayuden- dije dándome media vuelta con la intención de subir a la casa a por el teléfono.
- Nooo, me voy a ahogar, necesito tu ayud…
La voz apareció y desapareció como si estuviera a dos metros de mí y retumbando por el eco que provocaban las paredes del aljibe convirtiendo sus palabras en estremecedoras.
Casi no tuve tiempo para reaccionar ante eso, me quede inmóvil por un momento sin saber que hacer, hasta que sin pensarlo, porque no podía ser de otra manera, me tire por ese agujero putrefacto al rescate de ese hombre.
Entre la densidad de aquellas aguas residuales intentaba hallarlo palpando las profundidades hasta donde alcanzaran mis manos, pero después de un rato empezaba a darlo por imposible, y el sufrimiento al que yo estaba siendo sometido por salvarlo no compensaba mi solidaridad. Así mi heroicidad acababa justo cuando mi raciocinio se daba cuenta de donde estaba metido.
Al momento busque la salida a la superficie y justo cuando me disponía a subir mi corazón explotó al ver como se cerraba la puerta del aljibe de un fuerte portazo.
- ¡Socorro, socorro, estoy aquí!- Grite sin parar a la vez que golpeaba la puerta con todas las fuerzas de mi desesperación.
Permanecí en esa constante durante un par de horas hasta que mi voz o quizás mi alma se debilitaron. Entonces deje de gritar. Intente razonar de qué manera podía salir de allí, pero el olor insoportable nublaba mi mente y apenas podía mantener la conciencia.
Me agarre a un tubo oxidado que asomaba y espere a recargar fuerzas para seguir pidiendo auxilio. Apenas pasaron segundos cuando el agua empezó a burbujear. Sumido en la incertidumbre note de inmediato que algo de había enganchado a mis piernas agarrándome y tirando de mi hacia las profundidades de ese foso convirtiendo en inútil la poca resistencia que oponía yo por culpa de mi debilidad. Así caí sumergido perdiendo el conocimiento al instante.
Cuando desperté entre tanta oscuridad y un pequeño hilo de luz, el olor persistente y al que mi pituitaria se estaba terminando por acostumbrar delataba para mi desgracia que no había sufrido ninguna pesadilla, más bien esta parecía comenzar. La adaptación de mis ojos a la oscuridad fue rápida y pude observar al momento que me encontraba dentro de una gran tubería. El hilo de luz conducía a un orifico de pocos centímetros en su parte mas alta y dejaba verse a la luna. Luego, al final de aquella tubería, me pareció ver una extraña silueta humana.
- ¡Auxilio, necesito ayuda!- dije comprobando la realidad.
Entonces aquella silueta empezó a cobrar vida a la vez que mis esperanzas renacieron. La silueta se acercó lentamente hacia donde yo estaba y se paró a pocos metros de mí.
- Necesito salir de aquí, he quedado atrapado intentando salvar a una persona- le dije eufórico viendo mi salvación mas cerca.
Aquella persona se quedó quieta y callada varios segundos hasta que se escuchó retumbando por la tubería una especie de carcajada muerta que parecía provenir de él. Era sin duda la risa mas triste que había escuchado en mi vida y empezaba a intuir que el encuentro no pintaba nada amistoso.
Dio dos pasos más hasta colocarse bajo el orificio de la tubería. Y bajo la luz que prestaba la luna, dejó mostrar su engendro rostro. Tenía la cara desgarrada y llena de erupciones, los dientes negros y afilados, y por sus labios caía un líquido marrón que a saber de dónde provenía. Lo único humano que contaba yo eran sus ojos entristecidos, su silueta y el momento en el que se pronunció a hablar.
- Hola Jon, siento decirte que ya jamás podrás salir de aquí, yo llevo quince años intentándolo de todas las maneras y mírame, aquí sigo, además para cuando puedas, ¿crees que allí arriba te van a aceptar cuando tu cara y tu cuerpo se deformen?
El solo hecho de ver la cara a aquel ser abominable motivaba a quedar paralizado, pero sus palabras… solo caer en mi cabeza la posibilidad de no poder salir de allí escuchado de sus palabras firmaba toda credibilidad y a la vez ahogaba mi existencia dejándome inmóvil.
Comencé a llorar al acordarme de todo lo que dejaría atrás, de las cosas que hice y sobre todo de las que dejé de hacer y ya nunca haría. Mi pena se consumía en esa pesadilla real y me maldecía a mí por no encontrar otro culpable. Entonces me acordé.
Entre lágrimas miré por el agujero que mostraba a la luna, y al ver que su rostro iluminaba satisfacción, supe en seguida que ella era la culpable.
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